DEL LADO DE LA VIDA.
Jueves 15 Noviembre 2007 en 6:54 pm (Publicaciones)
Publicado en Revista Viva del diario Clarín el domingo 25 de Marzo de 2007.
La muerte de un hijo es una de las experiencias más devastadoras que se
pueden vivir. Pero hay vida después del dolor. Y vida con dolor y todo.
Fabiana Fondevila (ffondevila@clarin.com)
Sonríen, se burlan unos a otros. Se dan la mano, uno palmea el brazo de otro mientras habla, cruzan miradas cómplices. Hay entre ellos una familiaridad que dice más de lo que dicen. Las cinco personas reunidas en torno al mate en esta tarde de fin de verano no ertenecen al mismo club, ni fueron al mismo colegio. Comparten, en tiempo presente más que pasado, el peor desgarro de sus vidas: todos perdieron a un hijo, y en parte gracias a este grupo que conforman, vivieron para contarlo.
Si toda muerte hace temblar los cimientos de una vida, la muerte de un hijo los hace añicos con tal encono que, tras el estallido, cuesta volver a encontrarlos. “Es como una bomba -dice Ana Climis, de 56 años- o Después de la muerte de mi hija Silvina, no sabía ni qué quería, funcionaba como en piloto automático, era toda dispersión.” A Ana un consejo oportuno la salvó de caer en una depresión: “Una compañera de trabajo que había pasado por lo mismo me aconsejó que volviera lo antes posible a trabajar. Eso fue importante porque te obliga a salir de la cama, a vestirte, a hablar con otras personas, a hacer todas las cosas que te cuestan”. Ana tiene otros dos hijos, Andrés y Leticia… que hoy tienen 26 y 30 años. “Así como cuando se enfermó Silvina reuní a mis hijos y les dije: ‘De ahora en más, vamos a tener que ser los padres de Silvina’, después de que ella murió, tuve muy claro que ellos ya habían perdido a una hermana, no podían perder a su mamá.” La mamá que tuvieron en esos pri1Eeros años fue la que ella pudo proveerles. “Intenté estar lo más dignamente posible, a pesar de que tenía mis momentos de llanto y mi tristeza.” Hoy, uando le preguntan a Ana cuántos hijos tiene, responde “tres”. Si hace falta aclarar, aclara: “La mayor, Silvina, ya no está conmigo, pero va conmigo”.
EN BUSCA DE UN SENTIDO
Cinco años de duelo más tarde, Ana conoció al grupo Renacer. Renacer es la obra de Alicia y Gustavo Berti, un matrimonio de Río Cuarto, Córdoba, que perdió a un hijo en un accidente, en diciembre de 1988. Poco tiempo después de la pérdida, decidieron juntarse con otros padres para buscar un camino distinto para su dolor. Pusieron toda su inteligencia al servicio de ese trabajo grupal, buscaron inspiración en los escritos de Viktor Frankl (El hombre en busca de sentido), Elizabeth Lukas (En la tristeza pervive el
amor) y Elizabeth Kübler Ross (La muerte, un amanecer), y partieron de la siguiente premisa: “Después de una conmoción existencial como la pérdida de un hijo, no podíamos seguir siendo las mismas personas que antes, algo en nosotros había cambiado para siempre, la vida se había invertido como un guante sobre sí mismo, y a partir de entonces sólo podíamos ser o mejores o peores personas, pero nunca más las mismas”. Les parecía claro que estarían trabajando, entonces, en el plano de lo moral. Establecieron otros dos
lineamientos. Primero, priorizar la finalidad (para qué se reunían) por encima de la causalidad (cómo y por qué habían muerto los hijos de los integrantes del grupo). Segundo, concebir a Renacer no como un “lloratorio” sino como un oasis de paz y esperanza en medio del mar embravecido de sus emociones.
El modelo que construyeron reconocía al ser humano la libertad de elegir no sólo el para qué de su sufrimiento, sino el mismo sufrimiento como condición esencial de la existencia. La iniciativa creció y se expandió a otras ciudades. Hoy existen grupos Renacer en casi toda la Argentina, y también en Uruguay, Paraguay, Chile, Panamá, México y España.
Con los primeros grupos, los Berti fueron descubriendo verdades inesperadas:
en el duelo de un hijo, al parecer, la edad del fallecido cuenta poco, y el tiempo transcurrido desde la muerte menos. Así, había padres que se acercaban al grupo a la semana de la pérdida con una actitud positiva, buscando ayuda para poder transformar el dolor en impulso vital. Y familias que arrastraban varias décadas de duelo y aún no salían del pozo depresivo.
En cuanto a la edad del hijo al momento de morir, nadie puede dar mejor testimonio que Marcelo Miró (45). El perdió a Malena a los 48 días de vida.
Pero de escuchar su relato, parecería que él y su hija compartieron siglos.
“Los que llegamos al grupo lo hacemos con el mismo dolor, el más grande de nuestras vidas. Cuando se muere un hijo, uno también se muere. Estuve dos años sin ir al grupo, aunque sabía de su existencia, porque me parecía que lo único que me cabía en la vida de ahí en más era sufrir.”
La culpa -omnipresente entre los padres que pierden hijos, cualquiera sean las circunstancias de la muerte-, se había ensacado de tal forma con Marcelo que en poco tiempo logró liquidar, más o menos a conciencia, todas sus pertenencias terrenas. Marcelo y su esposa tenían otro hijo, Matías, que hoy tiene 10 años, pero esa relación, como todo, tomó un segundo lugar al duelo desenfrenado. “Iba al cementerio todos los días, me molestaba todo, que la gente se acercara y que no se acercara, que me preguntaran y
que no lo hicieran. Iba a verlo al padre Farinello, porque necesitaba una explicación para seguir viviendo. Pero Farinello, que es un hombre íntegro, me decía que tenía derecho a estar enojado con Dios, con él, conmigo. Hoy sigo creyendo en un Ser Superior, pero creo que es un déspota.”
CAMINO DE VUELTA
El enojo duró dos años y, por fin, viendo que ese estado de cosas causaba gran sufrimiento a su familia, se animó a participar en un grupo. “Por mucho tiempo no pronunció palabra. Veía que otro padre se reía y pensaba:
‘Qué puede saber ese tipo, yo hace dos años que lloro y él se ríe’… Pero lo cierto es que eran pares, no eran teóricos que hablaban desde el deber ser, entonces yo los escuchaba. Y un día escuché algo que me tocó en el alma. Si uno está mal, dijo alguien, todos van a culpar al hijo muerto por ese malestar, pensando ‘pobre, está así por su hijo’. Y ellos no tienen la culpa de eso, ningún hijo vino para destrozarnos la vida. Ahí empecé a cantar.” No a cantar solo, en su casa, en la ducha; a componer y cantar profesionalmente. “Hoy, si a alguien le gusta lo que hago, le digo ’se lo debo a mi hija’. Yo jamás hubiera cantado en público si no fuera por ella.”
También reinventé la relación con Malena de otra manera:
“Yo siempre la siento presente, entonces me cuido de ser una buena persona, de no pensar mal ni contestar mal porque siento que ella siempre me escucha. Y tengo que ser la mejor persona que puedo para algún día reencontrarme con ella. Es un laburo cotidiano”.
“Fijate que la hija de Marcelo tenía 48 días, y mi hijo 45 años cuando murió, y la perdida es igual de terrible”, aporta Negrita López (74), algo así como la madre protectora del grupo. Su hijo murió de un infarto masivo mientras manejaba, y dejó un agujero igual de masivo en el corazón de su madre. “Tengo un esposo extraordinario, dos hijos hermosos, bisnietos, pero me falta él. Al principio fue como una amputación, pero con el tiempo aprendí a llevarlo conmigo. Hoy, si me río, siento que Beto se ríe conmigo.
De todos modos, tengo un cuarto en mi casa lleno de sus cosas, me hace bien tenerlas.”
LA LEVEDAD DE LAS COSAS
En cambio, Silvia Reyna (52), que perdió a su hijo Tomás -de 22- hace sólo dos años, tuvo hace poco una epifanía. “Mi hijo se ocupaba del gimnasio familiar. Hace poco pensé que tendría que cambiar las máquinas, pero supuse que no podría, porque él se ocupaba de limpiarlas y arregladas, entonces están como llenas de él. Y de pronto me di cuenta: ‘Si puedo vivir sin Tomás, puedo vivir sin nada. Sin techo, sin aire, sin nada’,” A Silvia el
grupo le brinda “un lugar donde hablar de Tomás sin que a los demás les duela, como en casa. Es un espacio en el que puedo estar con mi hijo, pero con la contención de otros padres. Además, el grupo me ayudó a entender que tengo que estar bien no sólo por mis otros hijos sino también por Tomás, porque donde yo esté, va a estar él.”
Silvia también cuenta que los otros miembros del grupo logran sacarla de su melancolía cuando ella “se pone en víctima”. “Otros te pueden tener lástima, pero entre nosotros no, todos vivimos lo mismo, entonces podemos sacudirnos de ese lugar con autoridad”, señala. “La verdad es que, cuando uno se acerca a un grupo como Renacer, ya está eligiendo a favor de la vida. Por eso buscamos alimentarnos en la libertad y la transformación, no
en el dolor”, acota Marcelo.
En un encuentro reciente de los grupos Renacer de La Plata, a causa del aniversario número 15, Silvia Reyna coordinó un taller de actividades sanadoras. Explica:
“Son actividades que te ayudan a no quedarte anclado en el pasado. Puede ser cantar, pintar, escribir o jugar con tu perro. Transforman tu estado de ánimo, y hay que permitírselas”.
Hay algo que todos recalcan: la muerte de sus hijos no los cambió como personas. Siguen teniendo los mismos miedos (a veces más), ansiedades y dificultades. “La muerte de un hijo no te da patente de bueno, como piensa mucha gente. A partir de la pérdida de mi hija Marina, nada en la vida me es indiferente, me conmueve todo lo que sea inherente al ser humano, pero ser buena persona es una construcción permanente, nada te acredita”, dice
Maita Cardinal e (55). Sin embargo, admite que transitar ese dolor mayúsculo le cambió la escala de valores. “Pude haberme hecho una persona menos frívola, menos arrogante, menos dueña de la verdad. Fui una mujer autosuficiente toda la vida. Desde que perdí a mi hija aprendí a vivir con humildad. Es un trabajo permanente.”
Marcelo se lanza de lleno al meollo de su vivencia común cuando dice:
“Nosotros sabemos la verdad. Sabemos que no hay tal ley natural de que primero mueren los abuelos, después los padres, después los hijos. Sabemos que si hoy se te tiene que caer una casa encima, se te va a caer. Esto al principio te paraliza: yo veía a mi hijo subirse a un tobogán y me subía corriendo a bajarlo. Hoy quiero que no se pierda nada.”
Aun con la advertencia de Maita, es difícil no pensar que en estos sobrevivientes del despojo pulsa algo diferente. ¿La batalla librada contra el cinismo? ¿El esfuerzo por recuperar la alegra, la esperanza, el sentido?
Más que eso. Lo que despierta respeto, silencio, reverencia casi, es la presencia de quien ha parido el peor de los dolores, y aún quiere hablar de amor.







Elisa dijo:
Viernes 16 Noviembre 2007 en 3:43 pm
Acuerdo en todo, somos “sobrevivientes” y también una raza distinta con la particularidad misma de las razas, diferentes al resto de las razas, ni mejor ni peor, otros seres en busca de la luz, Elisa mamá de Erica( 1974-2005) que aún canta el Ave María desde otro lugar.