Muertes Anunciadas, Muertes Sorpresivas
Jueves 22 Noviembre 2007 en 6:37 am (Material de Lectura)
Capítulo I del libro “Muertes Inesperadas” de Carlos H. Grecco.
La muerte y el amor son por entero carnales; de ahí su gran magia y terror. jamás pueden ser contados. No se los puede poner en palabras. Y el amor inesperado, como la muerte inesperada, nos dejan con la sensación de habernos topado con el árbol del bien y del mal, las puertas del abismo y la libertad, con algo ya sabido, y al mismo tiempo, muy desconocido.
G. ROHEIM
La muerte es algo que siempre acontece. Cuando aparece coloca al hombre ante la imagen de la finitud, ante la vivencia de los tiempos concluidos y de las vidas agotadas.
Sin embargo, por alguna razón, la humanidad ha emprendido siempre la búsqueda de puertas de escape a la clausura de la muerte. El “más allá”, la “reencarnación”, la inmortalidad y mil formas más que intentan dar razón y sentido a este día de colegio que es cada existencia. Pero lo cierto es que, aunque continuemos, hay siempre una encrucijada en donde la muerte es límite.
La muerte siempre ocurre. Es un hecho ineludible, y al tener que enfrentarse con lo cotidiano de la muerte el hombre se vio impelido a tener que aprender, a lo largo de su evolución, a plantear este tema desde otros ángulos y perspectivas. Una es, por ejemplo, decir que lo importante no es la muerte sino cómo se vive la muerte. Vivir la muerte, que es lo mismo que plantear (a la manera de Sartre) que la muerte no es algo que nos sucede sino lo que hacemos con lo que nos sucede. Introducir conciencia en la muerte es un tema que ha preocupado en las últimas décadas a muchos pensadores y conlleva el abordar las actitudes del hombre frente a ella. Porque es bien cierto que cada cual, frente a la muerte, es “alguien diferente”, que la muerte siempre singulariza y dramatiza el recorrido de una vida. “Murió como vivió”, suele decirse a esa coherencia de historia y final de una existencia. Pero tras esa diversidad pueden encontrarse ciertas regularidades, ciertas posturas del hombre frente a la certeza próxima del final de sus días carnales. La conciencia de la muerte no es entonces una cuestión menor. En los umbrales de la “partida”, ser consciente de que se está partiendo permite una mirada diferente. Morir es romper con los lazos que nos atan y frente a ese acontecimiento, suceso, experiencia, partida y conciencia se responde de muchas maneras, algunas de las cuales vamos a analizar a lo largo de este capítulo. • MUERTE Y TRAUMA • Todo organismo vivo tiene una capacidad determinada de asimilar estímulos y experiencias. Este umbral de reacción está construido a partir de patrones propios de la especie, a los que se agregan otros que pueden ser hereditarios, constitucionales o experienciales. Esto hace que cada quien tenga un grado de mayor o menor resistencia que otros ante las mismas situaciones. Cuando la excitación recibida va más allá de este límite se puede producir un desequilibrio que se traduce en una variada gama de reacciones, de acuerdo con la naturaleza de los factores que lo están causando, e inclusive puede alcanzar a convertirse en “trauma”. Un trauma es un monto de excitación que la persona no puede descargar y que, al quedar dentro de ella, la desorganiza, lastima y hace sufrir. Esta energía inasimilable que queda dentro del sujeto, que no encuentra caminos de salida, altera su conciencia de un modo radical, lo conmociona tanto psíquica como orgánicamente hasta tal punto que la persona se siente extraña y desconectada de la vida. La muerte sorpresiva tiene este color traumático para quienes quedamos vivos. Es algo que no logramos metabolizar, incorporar y transformar en acción efectiva. Y, como en todo trauma, existe en esta experiencia una tendencia a la rememoración dolorosa de este episodio, a veces en sueños, a veces en plena vigilia. Sin duda cualquier muerte, aun la esperada, posee algo de este carácter, pero ya nos hemos ido preparando de tal modo que el impacto queda amortiguado por la elaboración de la espera. Uno fue acondicionándose lentamente a una situación que, cuando sobreviene, no lo estremece por la sorpresa sino que lo sobrecoge por el dolor. La muerte inesperada sobresalta, asusta, pone al hombre frente a un peligro inexplicable, del que se quiere huir, que desordena y hasta paraliza. Por eso frente a ella la mayoría de las personas se desconciertan y van de un lado al otro en busca de una liberación y una comprensión que no llegan. Así, entre la muerte anunciada y la inesperada, se abre un abismo de vivencias sobre el terreno común de la pena por lo perdido. Ambas son traumáticas, pero una bajo la forma del sobresalto y otra del sobrecogimiento. • NO LO PUEDO CREER • Carlos era un amigo. Solidario y buena persona como pocos. Me encontraba con él a desayunar y a hablar de la “vida y del corazón”. Un día me entero por el diario de que lo habían matado. No lo podía creer. “No, no puede ser posible”. Hasta el punto que pensé, el primer día en que leí la noticia: “Mira qué casualidad, llamarse de la misma manera”. Frente a la muerte inesperada ésta suele ser una reacción habitual: la incredulidad. Nadie puede imaginar que esto sea posible. • NO LE PUDE DECIR… • Otra cosa que pensé cuando me confirmaron el asesinato de Carlos: pero, todas las cosas que me quedaron en el tintero. Tantas cosas que teníamos para hablar. Habíamos quedado en hacer tal proyecto.Ésta es otra importante circunstancia: ya no voy a poder cerrar lo que no cerré. Cuando mi padre se estaba muriendo, estando aún en su casa, lo fui a ver. Le hablé y le dije que me perdonara todo lo que debía perdonarme, que lo quería. Me despedí anticipadamente, cancelé, internamente, las cuentas pendientes. En las muertes inesperadas esto no es posible, siempre nos quedamos en vilo, con palabras en la boca y caricias en las manos. Las muertes inesperadas son irreparables. • Y AHORA QUÉ VOY A HACER • ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo reaccionar? Las muertes inesperadas nos dejan sin libreto, nos conmueven hasta tal punto que uno pierde las referencias habituales y hasta puede parecer torpe, incapaz de desarrollar una conducta coherente. En algunos casos hay alejamiento total. Una especie de fobia a todo lo que se relacione con el muerto. En otros surge la negación: si hay dolor que no se note. En otros, descontrol. Y así muchas respuestas diferentes. Pero pese a la diversidad hay una sensación en común: algo ha cambiado, ya nada es igual. • EN SUMA • En suma, la muerte inesperada aparece como un acontecimiento inexplicable, sorpresivo y sorprendente, conmocionante y desbordante, increíble e imprevisible, pero sobre todo como una experiencia transformadora y violenta. La vida no nos dio tiempo, nos cambió los libretos y ahora nos hace actuar la obra con un personaje menos. Frente a esto podemos reaccionar de mil modos, pero no podemos ser indiferentes. Hay algo en la muerte inesperada que nos toca. Tal vez, el hecho de que, aunque organicemos nuestras vidas hasta el mínimo detalle, la muerte es una variable que no podemos controlar y esto es lo que asusta y lo que nos recuerda la muerte inesperada.
MEDITACIÓN Juan, un maestro, estaba próximo a su muerte. Sus discípulos se acercaron a él, con preocupación, para preguntarle si tenía miedo a morir. “Sí, tengo miedo de encontrarme con Dios”, fue su inesperada respuesta. “¿Cómo puedes tener miedo, Maestro? Has vivido de un modo ejemplar; fuiste sabio como Buda, misericordioso como Cristo, ascético como San Francisco…”, le decían sus discípulos. Juan respondió: “Cuando muera y me encuentre con Dios, no me va preguntar si he sido como Buda, Cristo o Francisco. Sólo me preguntará: ¿Has sido tú mismo?”.
EJERCICIO Luego de leer este capítulo haga un inventario de las muertes inesperadas que acontecieron en su vida comenzando por la más reciente. Trate de recordar cuándo fueron, cuáles eran sus afectos hacia esas personas, dónde estaba usted, qué sintió entonces, cómo reaccionó, si tuvo alguna enfermedad orgánica posteriormente, y cualquier otra circunstancia que aparezca en su mente, aunque crea que es insignificante. Si durante la rememoración le dan ganas de escuchar alguna canción o leer algo, hágalo y medite sobre la relación que puede haber entre la persona que estaba recordando y esa canción o ese libro. Anote todo lo que pueda sobre cada uno de estos sucesos y vea si hubo algún cambio en su vida a partir de estos hechos. Por último, ordénelos cronológicamente de la primera muerte a la última, a la inversa de como los fue recordando. Tómese todo el tiempo necesario. No es una carrera. No hay apuro. Una vez que haya hecho esta lista deje pasar un tiempo, que las emociones que puedan haber surgido se serenen. Cuando esté preparado para el siguiente ejercicio, hágalo. Siéntese de un modo cómodo, en un lugar tranquilo. No importa si se sienta en el piso o en un sillón, lo importante es que esté relajado y en paz. Piense en la lista de muertes inesperadas que escribió. Luego tome la lista y con una soga haga un nudo -de un modo libre y espontáneo-pensando en la más antigua de las muertes inesperadas que tenga en la lista. Continúe muerte por muerte haciendo nudos hasta la más reciente. Cuando vaya haciendo los nudos indague lo que siente. Puede ser que una sesión no le alcance. Puede tomarse todo el tiempo que quiera. Una vez que haya terminado de hacer todos los nudos trate de deshacer los y vea en cuáles hay más dificultad. En cada nudo que desata despídase de quien corresponda, dígale todo lo que sienta que le quedó pendiente. Cuando termine este ejercicio, que a veces puede llevar días, semanas y hasta meses, usted sentirá una gran liberación interior y habrá avanzado un gran paso en el camino de comprender las enseñanzas que pueden haberle trasmitido esas muertes inesperadas.







Ana María dijo:
Viernes 30 Noviembre 2007 en 9:42 pm
Me pareció muy claro este análisis. Gracias.