CARTA PARA LOS GRUPOS - DIC.07

Gustavo Berti-Alicia Schneider Berti

Como se acerca la Navidad les hemos adjuntado una carta para los grupos con tal motivo.

Es una puesta al día de una carta que nosotros enviáramos a los grupos en el 2001, pero en la medida en que la problemática continúa pensamos que podía tener vigencia nuevamente.

Con el cariño de siempre

Gustavo y Alicia

21 de diciembre de 2007

 

Queridos hermanos de Renacer:

Nos acercamos ya a la más cristiana de todas las ocasiones, aquella que representa la venida al mundo de un mensaje de amor incondicional que no hace distinción de hombre alguno sobre la faz del planeta, un mensaje de amor que comprende por igual a santos y pecadores. Un mensaje que debería iluminar nuestro camino bajo toda circunstancia, aun las más adversas, y de estas últimas, nosotros, padres que enfrentamos la muerte de hijos, tenemos, sin duda, conocimiento.

Estos últimos años han sido, en cierta medida especiales para Renacer. Al margen de los momentos difíciles por los que ha atravesado el mundo y por los que aún atraviesa nuestro país, debemos decir que el mensaje de Renacer no sólo se ha afianzado, sino que ha sido validado por la misma fuerza de los hechos del 11 de Septiembre y las acciones que se han desencadenado a continuación.

Cuando nosotros comenzamos esta tarea, hace ya 19 años, en Río Cuarto, intuíamos que para continuar con una vida plena después de haber perdido uno o mas hijos, era necesario que fuésemos capaces de pensar o imaginar algo en nuestro futuro que tuviese el mismo significado, el mismo valor que esos hijos, de lo contrario sabíamos, y esto ya con certeza, que nuestra vida sería distinta y de menor calidad, ensombrecida por la posibilidad de un lamento pertinaz, de una victimización, y enfrentados al miedo y desesperanza de un futuro opaco y vacío.

Esa luz en el camino, que por entonces éramos capaces de imaginar, tenía que ser una luz que brillara con intensidad propia, que tuviese vida propia, una luz que fuera objetiva, un valor tan importante que nos convocara a levantarnos por encima de nuestro dolor y decirle sí a la vida. Esa luz debía ser lo suficientemente poderosa como para abrirse paso entre la maraña de emociones y sentimientos negativos que dominan ese tiempo durante el cual resuenan en nuestra alma esas “crepitaciones de un pan que en las puertas del horno se nos ha quemado” En otras palabras, esa luz tendría que estar en el mundo, fuera de nosotros pero a la vez cubriéndonos, protegiéndonos y alimentándonos, y la única luz que nos protege y nos alimenta y en la cual podemos vivir en plenitud es la luz del amor incondicional, el mismo amor que sentimos por nuestros hijos, ya sea que estén de éste o del otro lado de la vida.

Esta capacidad del amor incondicional para abrirse paso entre esa maraña de sentimientos y emociones negativas propias de los períodos iniciales pero tenaces e insistentes y por cierto, muy capaces de perpetuarse si les damos permiso, nos llevó, por su propio peso, a diferenciar entre el amor y nuestros sentimientos. Si bien al principio nos faltaban las palabras para explicar esta intuición, con el tiempo nos fueron muy útiles los conceptos de Martín Buber sobre el amor y los sentimientos de Jesús: nos dice Buber que los sentimientos de Jesús por sus discípulos bienamados y por los fariseos eran distintos, sin embargo el amor por ambos era el mismo. Continúa Buber diciendo que, mientras los sentimientos y emociones habitan en el hombre, el hombre habita en el amor.Así, de esta manera comenzamos a trabajar, ayudando a otros padres que habían perdido hijos, llevándole a ellos una palabra de esperanza y tratando que ellos también pudieran ver la pequeña luz al final del túnel, y haciéndolo en nombre del amor que sentíamos por Nicolás y que, por cierto, no había muerto con su partida. Por eso podemos decir, sin ninguna duda, que Renacer nació como una obra de ese amor en el que todos habitamos.

Este mensaje fue muy difícil de transmitir al principio. Nuestra cultura indicaba que lo acostumbrado era trabajar con las emociones y sentimientos y así, cuando nos encontrábamos con padres cuyos hijos habían sido víctimas de hechos violentos y les decíamos que Renacer era un mensaje de amor y que en nombre de nuestros hijos sólo tenía sentido devolver una obra de amor a la vida, esos mismos padres nos miraban con desconfianza y en ocasiones hasta con desagrado, y nos hablaban, una y mil veces, sobre sus emociones y sentimientos. A pesar de todas estas dificultades iniciales, continuamos mostrando a Renacer como un mensaje de amor y sosteníamos que, para ver y mostrar a otros padres a Renacer como una obra de amor, no era necesario hacer catarsis en las reuniones. Decíamos, por entonces, que se podía ver a Renacer de varias maneras, entre ellas como un lugar a donde íbamos a que alguien pusiera un brazo en nuestros hombros y nos dijera “pobre, yo se lo que se siente, yo pasé por lo mismo” y esto es importante, pero no alcanzaba… , también, les decíamos, pueden ver a Renacer como un lugar donde van a dar algo de ustedes en memoria y en homenaje a ese hijo que partió; luego preguntábamos a los padres como preferían ver a Renacer y la inmensa mayoría respondía que les agradaba más verlo como un lugar a donde iban a dar algo de ellos en homenaje a sus hijos. Ahora venía la pregunta obligada: “¿Qué van a dar en homenaje a ese hijo? ¿Llanto, dolor, desesperación, bronca, odio, deseo de venganza? ¿O preferían dar amor, ese mismo amor que sentían por sus hijos? Así se hizo patente que, para dar amor, para devolver ese amor a la vida, no era necesario analizar nuestras emociones, no era necesario hacer catarsis. Este tema de la catarsis fue incomprendido durante mucho tiempo, a punto tal que recién en el 2001, 13 años después, en una editorial del boletín electrónico de Renacer se reconoce que no es necesaria la catarsis en las reuniones de grupo, y que, por el contrario, hasta es contraproducente.

En este momento se preguntarán ustedes el porqué de este énfasis sobre las emociones y la catarsis y para esto es necesario remitirnos al párrafo inicial de esta carta, allí donde se decía que, merced al atentado del 11 de septiembre y los años subsiguientes, se había demostrado la validez y vigencia del mensaje de Renacer.

Desde ese nefasto día vemos, en todos los canales del mundo, incluida Argentina, múltiples expresiones de congoja, llanto y pesar, repetidas hasta la exasperación a causa de una violencia desaforada y absurda. Vemos en nuestro país vidas jóvenes tronchadas irracionalmente por un par de zapatillas, una bicicleta, o unos misérrimos centavos y horas y días después se puede ver el aspecto emocional de la tragedia: los familiares y el resto de la gente comenzaron a pedir justicia. Hay, en nuestra sociedad, miles de padres que enfrentan la muerte violenta de sus hijos y muchos de ellos reclaman justicia, algunos serenamente y otros con una actitud también de violencia, opuesta, por cierto, al mensaje de Renacer. Es así que hemos visto proliferar en los últimos años múltiples grupos de padres que han basado la continuidad de sus vidas en lograr justicia. Justicia que llega tarde y cuando llega es no podría ser de otra manera siempre escasa, dejando una nueva estela de desencanto y desesperanza, engendrando más violencia en las personas que la sufren. Vemos así cómo el mensaje de Renacer se ha tornado incompatible con el de los grupos que se basan en el reclamo de justicia, hemos visto también como la globalización nos va llevando a separarnos entre padres que enfrentamos el mismo hecho, y a todos nos duele ver esta separación e incompatibilidades que deseamos no existieran.

Esta realidad debe hacernos cuestionar nuestras propias creencias con el fin de poder ver ya sea la verdad del otro, nuestra verdad o ambas y a partir de nuestra propia critica asumir entonces la actitud de Gandhi, quien cuando enfrentaba un dilema de deberes dejaba siempre que fuese la pequeña y sosegada voz de su conciencia la que decidiera lo que era correcto.

Cada uno de nosotros deberá hacer su propio examen de conciencia y decidir cual es la postura correcta. Pero una vez tomada esa decisión será también necesario un firme compromiso existencial con esa postura. En estas situaciones no se puede ser ambivalente. Si decidimos llevar a otros padres y a la vida misma el mensaje de amor que nuestros hijos nos han legado, debemos hacerlo con entereza, con dignidad pues esto es lo que la vida y nuestros descendientes esperan de nosotros; no que nos disolvamos en un mar de lamentos, reproches de victimizados o conductas nihilistas. No, no es esto, sino la actitud mesurada y, porqué no, optimista; aunque no sea un optimismo a corto plazo sino uno más bien mediato y basado en lo que Tillich ha llamado “fe absoluta”, que refleja la fe, no en algo o alguien, sino como una manera de ser del hombre, una forma de relacionarse con la realidad caracterizada por coraje, aceptación del destino y compromiso total con la obra a realizar. Si así no lo hiciéramos estaríamos dejando a nuestros descendientes el peor legado posible: aquel que dice que el hombre sólo es lo que recibe de la vida y no lo que ese mismo hombre decide devolver a ella.

Gustavo Berti-Alicia Schneider Berti

1 comentario

  1. mirta bilotta dijo:

    Lunes 24 Diciembre 2007 en 3:08 pm

    MUCHAS GRACIAS POR SU CARTA…REALMENTE PIENSO EXACTAMENTE IGUAL QUE USTEDES….RENACER ES AMOR Y A MI ME AYUDA Y ME AYUDO DESDE EL PRIMER DIA QUE LOS ENCONTRE…UN BESO Y ABRAZO

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