A 1 año del Encuentro del Huerta Grande por el 20 Aniversario de Renacer publicamos el índice con el material de ese encuentro.
Miércoles 30 Septiembre 2009 a 8:00 am (20 Aniversario de Renacer, Berti, Alicia y Gustavo)
A 1 año del Encuentro del Huerta Grande por el 20 Aniversario de Renacer publicamos el índice con el material de ese encuentro.
Martes 15 Septiembre 2009 a 12:08 pm (Kübler Ross, Elisabeth, Material de Lectura)
“Lecciones de vida” Elizabeth Kübler- Ross y David Kessler Capítulo 4
Un estudiante de psicología que estaba terminando la carrera se debatía interiormente debido a la pérdida que supondría la muerte de su abuelo, el cuál había contribuido a su educación y estaba gravemente enfermo. Según dijo, parte de su conflicto residía en la decisión de aplazar su último año de estudios para pasar más tiempo con él. Pero también se sentía impelido a terminar la carrera en aquel momento porque estaba aprendiendo mucho sobre la vida. -“Lo que estoy aprendiendo ahora en la facultad- explicó-, me está ayudando de verdad a crecer como persona.” -“Si quieres crecer como persona y aprender, debes darte cuenta que el universo te ha matriculado en un curso de postgrado de la vida llamado “pérdida”, le respondí”.
Al final perdemos todo lo que tenemos, sin embargo, lo que de verdad importa no se pierde nunca. Nuestras casas, coches, empleo y dinero, nuestra juventud, e incluso nuestros seres queridos son sólo un préstamo. Como todo lo demás, nuestros seres queridos no nos pertenecen. Pero esta realidad no tiene que entristecernos, sino todo lo contrario, pues nos permite valorar las múltiples y maravillosas experiencias y cosas de las que disfrutamos durante nuestra vida en este mundo. Si la vida es una escuela, la pérdida es, en muchos aspectos, la asignatura más importante del programa de estudio. Cuando sufrimos una pérdida, experimentamos también el cariño de nuestros seres queridos ( y a veces inclusos los desconocidos) sienten por nosotros en nuestros momentos de necesidad. Una pérdida es un vacío en nuestro corazón, pero es un vacío que reclama más amor y que nos permite albergar el de los demás.
Martes 28 Julio 2009 a 10:00 pm (Frankl Viktor, Material de Lectura)
Del libro “El hombre en busca de sentido” de Viktor E. Frankl
Nada hay concebible que pueda condicionar al hombre de tal forma que le prive de la más mínima libertad. Por consiguiente, al neurótico y aun al psicótico les queda también un resto de libertad, por pequeño que sea. De hecho, la psicosis no roza siquiera el núcleo central de la personalidad del paciente. Recuerdo a un hombre de unos 60 años que me enviaron a causa de las alucinaciones auditivas que padecía desde hacía décadas. Tenía frente a mí a una personalidad totalmente derrumbada. Cuando pasaba por algún lugar, cuantos había en su derredor le tomaban por un idiota. Y sin embargo, ¡qué extraño encanto irradiaba aquel hombre! De niño había querido ser sacerdote, pero tuvo que contentarse con la única alegría que podía experimentar y que era cantar los domingos por la mañana en el coro de la iglesia. Pues bien, la hermana que le acompañaba nos informó de que, a veces, se ponía muy excitado; pero, en el último momento era capaz de dominarse. Me interesó sumamente la psicodinámica que acompañaba al caso, ya que pensé que el paciente tenía una fuerte fijación en su hermana; así que le pregunté como hacía para controlarse: “¿Por quién lo hace?” A continuación siguió una pausa de unos segundos y entonces el paciente contestó: “Lo hago por Dios.” En ese momento, lo más profundo de su personalidad se hizo patente y en el fondo de aquella hondura se reveló una auténtica vida religiosa a pesar de la pobreza de su formación intelectual.
Un individuo psicótico incurable puede perder la utilidad del ser humano y conservar, sin embargo, su dignidad. Tal es mi credo psiquiátrico. Yo pienso que sin él no vale la pena ser un psiquiatra. ¿A santo de qué? ¿Sólo por consideración a una máquina cerebral dañada que no puede repararse? Si el paciente no fuera algo más, la eutanasia estaría plenamente justificada.
Enlaces relacionados:
Conceptos básicos de logoterapia
Sábado 25 Julio 2009 a 8:05 pm (Kübler Ross, Elisabeth, Material de Lectura)
Del libro “La muerte y los niños de Elisabeth Kübler Ross”
Estoy en la sala de estar, tras pasar una larga semana en Nueva York, en un encuentro con unas ochenta y cinco personas, muchas de las cuales padecían una enfermedad terminal o tenían ante sí la miseria y la insensatez de la vida o del suicidio. Otras habían perdido un hijo o a su pareja, y algunas venían para crecer, para apreciar la vida con más intensidad, o simplemente para «cargar las baterías» y trabajar mejor con quienes las necesitan.
Y desde aquí, sentada delante de la máquina de escribir, veo por el ventanal azulejos y colibríes, un conejillo que cruza el patio, una salamandra que mira hacia la casa, y luego aparece un águila, sobrevolando los árboles del jardín. El paraíso debe de ser algo así: árboles y flores en un marco de valles y montañas, con un cielo azul, un lugar apacible y tranquilo que invita a descansar.
Pienso en los indios que recorrían esta tierra y despedían a sus muertos. Oigo sus oraciones al viento y sus lamentos al paso de uno de sus niños.
Como si viese una película de aquellos tiempos, imagino la llegada de los colonizadores, de los jóvenes durante la fiebre del oro, con sus sueños sobre el «Lejano Oeste», donde esperaban encontrar una tierra para trabajar, tener una familia y ganarse la vida. Veo sus caravanas, avanzando con dificultad; a sus mujeres, abatidas, acaloradas y cansadas; las veo cocinando en una marmita y refugiándose de la tormenta. Las veo embarazadas y temiendo el viaje; oigo el llanto del recién nacido, y veo el orgullo y el sudor en la cara del padre que contempla a su primer vástago. Veo cómo la joven pareja cava una fosa en el camino hacia el Oeste y reemprende la lucha para sobrevivir, para empezar de nuevo, una y otra vez. En los últimos miles de años apenas ha habido cambios: los seres humanos siempre han luchado, esperado, soñado, triunfado, perdido y vuelto a empezar.
En ese momento una mujer entra en mi sala para traerme algunas cosas y, al salir, mira la máquina de escribir y pregunta: «¿Cómo puedes haber escrito siete libros sobre los que se mueren y sobre la muerte?». Y se va, sin esperar mi respuesta. No deja de ser una curiosa pregunta. Las bibliotecas de medicina están atiborradas de centenares de libros sobre embarazo, parto, nacimientos en casa, niños que nacen muertos, cesáreas, alimentación para las embarazadas, la diferencia entre amamantar y alimentar al recién nacido con productos lácteos del mercado, y sobre todos los aspectos imaginables en torno a la concepción, al desarrollo del futuro ser humano en el útero y finalmente su alumbramiento.
Todos los seres humanos son diferentes, incluso antes de aparecer en escena. Se concibieron en distintas circunstancias, compartieron diferentes vidas y experiencias en el seno de sus madres, fueron amados o rechazados, se vieron amenazados por un aborto u otros traumatismos, se rezó por ellos, fueron escuchados y acariciados con amor, o fueron maldecidos incluso antes de nacer.
Y ahora están aquí para compartir el mundo con nosotros. Todos los seres humanos tienen vidas y experiencias distintas, y personas a las que tratar y de las que aprender a lo largo de su vida; y cada encuentro de sus vidas siembra la semilla del mañana. Apenas somos conscientes de la infinidad de posibilidades que la vida nos ofrece.
Y lo mismo ocurre con la muerte, la culminación de la vida, el tránsito, la despedida antes de entrar en otro lugar; el fin, antes de otro principio. La muerte es «la gran transición».
Al observar, analizar y tratar de aprender y comprender las distintas maneras, los miles de formas en que las gentes de todas las edades y culturas realizan esa transición, se aprecia un milagro tan grande como el nacimiento. O incluso mayor, pues es la puerta de la comprensión de la naturaleza humana, de la lucha y la supervivencia humana y, en última instancia, de su evolución espiritual. Muestra las claves del PORQUÉ y el DÓNDE, y la finalidad última de la vida con todos sus sufrimientos y toda su belleza.
Es cierto, he escrito siete libros, pero, cuanto más estudio al ser humano frente a la muerte, más aprendo sobre la vida y sus recónditos misterios. Quizá los pensadores antiguos ya poseían ese conocimiento cuando, expresándose mediante la pintura, la poesía, la escultura, las palabras, o de cualquier otro modo, dejaban traslucir un concepto de temor, misterio y enigma sobre esa cotidiana compañía a la que con tanto desprecio llamamos MUERTE.
Los que aprenden a conocer la muerte, más que a temerla y luchar contra ella, se convierten en nuestros maestros sobre la VIDA. Hay cientos de niños que saben mucho más de la muerte que los adultos. Hay adultos que restan importancia a lo que dicen los niños y pasan por alto sus ideas, pues piensan que los niños no comprenden la muerte. Pero quizás un día, al cabo de unos años, cuando tengan ante sí al «último enemigo», recuerden sus enseñanzas, y se den cuenta de que esos niños eran sabios maestros, y ellos, alumnos principiantes.
En numerosas ocasiones me han solicitado que expusiese mis ideas sobre los niños y la muerte, dado que la mayor parte de lo que he publicado está relacionado con los adultos. Este libro trata de responder a las siguientes preguntas: ¿En qué medida se diferencia la actitud de los niños de la de los adultos ante la última fase de la enfermedad? ¿Son conscientes de su inminente muerte, incluso si los padres o sus cuidadores del hospital no les explican la gravedad de su enfermedad terminal? ¿Cuál es el concepto de muerte según las diferentes edades, y la naturaleza de la tarea que ellos dejan inacabada? ¿Cómo podemos nosotros aportar la ayuda más eficaz a sus padres, abuelos y hermanos en ese período que precede a la separación? Y ¿cómo podemos reducir el porcentaje cada vez más elevado de suicidios infantiles, que constituye una de las más dolorosas separaciones?
He basado este libro en mis diez años de trabajo con niños de todas las edades, recogiendo en él la experiencia de familiares que han pasado por ese trance, de padres que han perdido uno, dos o incluso tres hijos, de familias que han perdido un hijo asesinado, a quien no pudieron proteger y que se fue sin un adiós.
Aprovecho esta oportunidad para agradecer a los que me han permitido ampliar mis conocimientos sobre el tema, al compartir conmigo, en encuentros o por cartas, su tristeza, su dolor y su maduración y crecimiento de su sabiduría.
Quiero compartir con el lector el conocimiento interior de esos niños que mueren, para que también pueda crecer y comprender la importancia de la voz interior, que es tan necesario escuchar. Estoy convencida de que este aspecto intuitivo, espiritual —la voz interior—, que nos habita, nos da el «conocimiento», la paz, y nos señala la dirección que debemos seguir en las tormentas de la vida, sin ser destrozados por ellas, sino enteros, unidos en el amor y la comprensión.
Gracias por permitirme compartir con vosotros lo que aprendimos de nuestros hijos.
Martes 21 Julio 2009 a 8:00 am (Kübler Ross, Elisabeth, Material de Lectura)
Fragmento del Capítulo10 del libro “La muerte y los niños” de Elisabeth Kübler Ross.
Tras la muerte de un niño, el mundo parece detenerse, no sentimos ningún interés por lo que ocurre a nuestro alrededor. Mecánicamente sacamos a pasear el perro, ponemos el abrigo al crío y lo despedimos cuando se va al colegio; preparamos la cafetera totalmente absortos y contestamos aturdidos al teléfono. Cuando la florista llega con flores nos acordamos vagamente de darle una propina. Tenemos un gesto de agradecimiento para con la vecina que nos trae una apetitosa tarta de manzana, aunque estemos totalmente en otro lugar. Lo que queremos es que el tiempo retroceda; oír llegar a Jim saludando alegremente: «Hola, mamá». Volver a ver sus zapatillas, las que se ponía para ir a jugar al fútbol, llenas de fango en la entrada. Queremos oírlo tocar la batería, su querida batería. Nos negamos a creer que sus manos, ¡tan bonitas y especiales!, no volverán a tocarla.
Jueves 11 Junio 2009 a 10:33 pm (Kushner, Harold, Material de Lectura)
El dios en quien yo creo no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo.
Las circunstancias de su vida le han singularmente calificado para hacer una contribución. Y si usted no hace esa contribución, nadie más puede hacerlo.
La diversión puede ser el postre de nuestras vidas, pero nunca su plato principal.
Prefiero pensar en la vida como un buen libro. Cuanto más lo conoces, más le das sentido.
No te preguntés cómo pasó algo, preguntate cómo vamos a responder, qué vamos ha hacer con eso que pasó.
Lunes 8 Junio 2009 a 6:47 am (Frankl Viktor, Material de Lectura)
Se culpa con frecuencia al psicoanálisis de lo que se llama pansexualismo. Yo, por mi parte, dudo de que tal reproche haya sido alguna vez legítimo. Ahora bien, sí hay algo que a mí me parece todavía una presunción más errónea y peligrosa, a saber, lo que yo llamaría “pandeterminismo”. Con lo cual quiero significar el punto de vista de un hombre que desdeña su capacidad para asumir una postura ante las situaciones, cualesquiera que éstas sean. El hombre no está totalmente condicionado y determinado; él es quien determina si ha de entregarse a las situaciones o hacer frente a ellas. En otras palabras, el hombre en última instancia se determina a sí mismo. El hombre no se limita a existir, sino que siempre decide cuál será su existencia y lo que será al minuto siguiente.
Análogamente, todo ser humano tiene la libertad de cambiar en cada instante. Por consiguiente, podemos predecir su futuro sólo dentro del amplio marco de la encuesta estadística que se refiere a todo un grupo; la personalidad individual, no obstante, sigue siendo impredecible. Las bases de toda predicción vendrán representadas por las condiciones biológicas, psicológicas o sociológicas. No obstante, uno de los rasgos principales de la existencia humana es la capacidad para elevarse por encima de estas condiciones y trascenderlas. Análogamente, y en último término, el hombre se trasciende a sí mismo; el ser humano es un ser autotrascendente.
Viernes 29 Mayo 2009 a 7:10 am (Berti, Alicia y Gustavo, Esencia de Renacer, Material de Lectura)
Homenaje a Nicolás
Estrella fugaz que surcó el firmamento, iluminado nuestro camino
De parte de quienes vinimos, entramos, nos ayudaron, nos abrazaron cuando
“Renacer era una cosa ya hecha”
Por Ulises, Ana y Enrique de Renacer Congreso- Montevideo Uruguay
“Por la Esencia de Renacer”
20 de Mayo de 2009
“A través de estos años que fueron años duros y difíciles, tuvimos muchas
dificultades y tuvimos problemas y tuvimos enemigos; tuvimos problemas
de afuera y tuvimos problemas de a dentro […] queremos contarlo, porque
para muchos de ustedes Renacer era una cosa ya hecha que estaba
cuando vinieron, entraron, los ayudaron, los abrazaron, pero se preguntaron
¿cómo nació Renacer? ¿cómo se originó? ¿qué dificultades tuvo que pasar?
¿cómo creció? ¿cómo llegó a ser lo que es ahora?”
Gustavo Berti en Huerta Grande 2003
Martes 19 Mayo 2009 a 2:00 pm (Lukas, Elizabeth, Material de Lectura)
Del libro “En la tristeza pervive el amor” de Elizabeth Lukas.
Sólo quien ha visto
las oscuras nubes
puede mesurar
el azul del cielo.
Sólo quien ha estado
a solas en la orilla
aprende a preguntar
dónde están los puentes.
Sólo quien la soledad
ha respirado
puede deleitarse con la sonora turbulencia
del firmamento.
Sólo quien ha atravesado
los silenciosos valles del sufrimiento
puede deleitarse
con las flores del desierto.
HERMANN TRAUB
Lunes 27 Abril 2009 a 6:45 am (Berti, Alicia y Gustavo, Material de Lectura)
“Qué difícil que es hablar de la muerte cuando afuera el sol ilumina el verde brillante de las hojas, las gotas de rocío en el pasto, las flores blancas del laurel… en realidad es difícil hablar de la muerte en cualquier circunstancia, en cualquier lugar. Tiene que ver con negar la existencia de una certeza. Todos sabemos que vamos a morir, que es inevitable y, sin embargo, haremos lo imposible por negarlo y damos la espalda cuando “le pasa a los demás”. Hasta que un día nos pasa a nosotros; le pasa a seres que amamos más que a nada en el mundo… le pasa, incluso, a nuestros hijos, quienes nos enseñaron una insospechada forma de amar, que teníamos reservada sólo para ellos. Y de entre todas las diversas formas de morir un hijo, el suicidio está entre las más duras y trágicas para los seres que quedan, generalmente, sumidos en un dolor que no conoce iguales y en una incredulidad que les hará repetirse, una y otra vez: ¿por qué? al mismo tiempo que se reprochan el “no haberse dado cuenta” de lo que iba a suceder para evitarlo y, de aquí en más, comenzarán el largo y angustiante camino de las culpas que los acosarán día y noche y no los dejarán vivir, dormir, respirar. Se culpan ellos, culpan a otros, culpan a Dios y aún quizá, lo que les causa tanto más desasosiego, culpan a los hijos que decidieron irse de esa manera. El dolor no parece tener límites, las nociones de castigo los asechan y quizá, también, la mirada de los demás que creen verlas, aun cuando no lo sean, como acusadoras. Pero, así como sabemos poco y nada sobre la muerte y el proceso de morir, lo que nos hace difícil consolar a los que sufren, especialmente a un padre que pierde hijos, menos sabemos sobre cómo hablar al padre cuyo hijo se quitó la vida. Y lo que es más aún, poco y nada sabemos de lo que lleva a un niño o a un joven a suicidarse. A veces “parecen” haber causas directas, muchas otras no, y los padres se debatirán en un sin fin de explicaciones tentativas, buscando el sosiego y la paz que parece haberlos abandonado para siempre. Y es tratando de comprender qué llevó a su hijo de apariencia y vida normal, a tomar decisión tan extrema, como los padres de los hijos que deciden terminar con sus vidas, pueden perder la paz. Elizabeth Lukas, discípula de Víctor Frankl, llega a una conclusión: “cada persona responde a la vida de una manera individual.” Víctor Frankl, dice en sus libros, que el hombre en su búsqueda de un sentido para su vida, a veces, pareciera no encontrarlo en esta tierra, lo que puede motivarlo a esperar hallarlo “del otro lado”, porque si así no fuese, no tomaría decisión alguna. Se fueron de nuestra vida “dando un portazo”, sin pedirnos permiso, pero se fueron. Consideremos, por un momento, dárselo para que la partida sea menos dolorosa, para que ellos sepan que los amamos por sobre todo y a pesar de todo, y que no los juzgamos. Respetémosles su decisión de partir, aún de esa manera, a pesar del dolor. Quizás palabras similares a éstas puedan señalar el comienzo del retorno a la paz interior: Hijo querido, hasta aquí llegamos juntos. Tú has decidido seguir tu propio camino, has decidido partir. Yo te respeto, te quiero y deseo que seas feliz, que Dios te bendiga. Es el amor que nos enseña, porque, detrás, alrededor, y dentro del dolor que debemos vivir, está el amor, que es lo único que nos puede salvar del abismo. Elizabeth Lukas reflexiona que no importa cuan irrevocables sean los hechos, la logoactitud “ayuda a la gente a darse cuenta que todavía les queda una elección: elegir la actitud que adoptarán frente a esas situaciones. Pueden aceptarlas o condenarse a sí mismos o al mundo, pueden mostrar coraje y confianza en el futuro, o desesperanza. Es su decisión: el destino más cruel no tiene el poder de decidir cómo deben ellos enfrentarse a él.” Si encontramos una actitud positiva, al enfrentarnos a circunstancias extremadamente negativas, encontramos un gran consuelo en el hecho de que no necesitamos perder autoestima; podemos, aún, con orgullo, llevar nuestro sufrimiento con dignidad y ser, así, un ejemplo para otros padres en sus propias tragedias. Por su parte, Elisabeth Kübler-Ross nos dice que las partidas prematuras – sean cuales fueren las causas – son una lección de amor incondicional, y, nuestros hijos, los maestros del verdadero y desinteresado amor, aquel que no tiene reclamos ni expectativas, que ni siquiera necesita de su presencia física. Dejando fluir estos sentimientos en nuestro interior, daremos paso al nacimiento de un nuevo ser en nosotros. Un ser capaz de disfrutar nuevamente del sol y de la naturaleza en todo su esplendor, un ser que no resentirá la vida, porque ha comprendido la muerte. Que no rechazará el dolor, porque ha sabido aprender de él, y que se acercará a otros que sufren, ayudándolos a realizar su propio aprendizaje hasta encontrar la luz”.
Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti
Este es un aporte a la difusión del pensamiento de Renacer, a través de la palabra de los creadores de los Grupos Renacer, Alicia y Gustavo Berti. Abril de 2009.
De Renacer Congreso – Montevideo Uruguay, “Por la Esencia de Renacer”
Martes 21 Abril 2009 a 8:32 am (Berti, Alicia y Gustavo, Videos)
El próximo mes se realiza el encuentro por el 16 Aniversario de la creación del Grupo Renacer Tucumán. Recordamos momentos de encuentros anteriores:
Charla de Alicia y Gustavo Berti en el IX Encuentro de Grupos Renacer del N.O.A.
Realizado en mayo de 2006 en Río Hondo, Santiago del Estero, República Argentina.
Viernes 17 Abril 2009 a 6:52 am (Lukas, Elizabeth, Material de Lectura)
Del libro “En la tristeza pervive el amor” de Elisabeth Lukas.
Las enormes cotas de sabiduría interior y heroica conformidad con el inconcebible destino a las que es capaz de elevarse el espíritu humano en situaciones de profundo duelo aparecen magistralmente retratadas en la novela corta del siglo XIX La reliquia viviente, del ruso Iván Serguéyevich Turguéniev. Dejémonos llevar por su voz literaria.
Durante una travesía por el bosque, un cazador entra en un cobertizo medio abierto y halla en su interior una pequeña figura bajo unas mantas.
La cabeza completamente avellanada, color bronce; parecía un icono antiguo; la nariz estrecha como el lomo de un cuchillo; los labios apenas perceptibles; sólo relucían los dientes, blancos, y los ojos, y por debajo del tocado caían finos mechones de cabello rubio sobre la frente. Junto a la barbilla, sobre un pliegue de la manta, se movían lentamente dos manos diminutas, también de color bronce, tanteando con los dedos como palitos. El rostro no era en ningún modo desagradable, era hasta bonito, aunque espantoso e insólito. Todavía fue más espantoso cuando sobre sus metálicas mejillas empezó a brillar una sonrisa que pudo acabar de esbozarse.
Miércoles 15 Abril 2009 a 9:42 pm (Kushner, Harold, Material de Lectura)
Por Harold Kushner
Hace unos años, mi prédica de Iom Kipur se había centrado en la capacidad de perdonar. Al día siguiente, una mujer vino a verme, muy preocupada por el sermón. Me contó que, hacía diez años, su marido la había dejado por una mujer más joven, y había tenido que criar sola a sus hijos. Y me preguntó, enojada, “¿Y usted quiere que yo le perdone lo que nos hizo?”
Yo le dije, “Sí, quiero que lo perdones. No que lo excuses, no que digas que lo que hizo es aceptable, pero perdonarlo como una forma de decir que alguien que hizo eso no tiene derecho a vivir dentro de tu cabeza, así como ya no tiene derecho a vivir en tu casa. ¿Por qué vas a darle a un hombre así el poder de convertirte en una mujer amarga y vengativa? No se merece ejercer ese poder sobre vos.”
El perdón no es un favor que les hacemos a las personas que nos ofendieron. Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos, limpiando nuestras almas de pensamientos y recuerdos que nos conducen a vernos como víctimas y a no disfrutar de la vida. Cuando entendemos que no podemos elegir lo que otras personas nos hacen, pero siempre tenemos la posibilidad de decidir cómo responder ante lo que nos hacen, nos libramos de esas memorias amargas y comenzamos el Nuevo Año limpios y frescos.
Sábado 28 Marzo 2009 a 8:08 pm (Berti, Alicia y Gustavo, Testimonios)
Gustavo Berti-Alicia Schneider Berti
“Para Renacer no hay, realmente, una fórmula, nosotros siempre pensamos que hay que alentar el pensamiento positivo y amoroso de los papás que van ingresando y hacerles ver que todavía en su vidas hay un horizonte pleno de posibilidades para que ellos elijan como vivir su vida y que cada uno tiene que hacer su mejor esfuerzo y que la responsabilidad de cómo vivimos nuestra vida es siempre nuestra, desde el primer día.
El desafío para nosotros, no es lamentar lo perdido, sino encontrar los nuevos caminos que se abren a partir de esa pérdida; nuevos caminos de esperanza, de amor, de solidaridad, de compasión, de tratar de ser mejores. Ese es el desafío al que nos enfrentamos todos los días de nuestra vida.
No todo termina cuando se va un hijo, más bien, muchas cosas comienzan cuando se va un hijo.
La tarea es descubrir que es lo que comienza en la vida después que se va un hijo.
En el futuro están todas las posibilidades, de las cuales tenemos que elegir aquellas que tengan sentido.
¿Cuáles son las posibilidades con sentido?
Aquellas que sean buenas para mí, buenas para los que me rodean y buenas para la vida; si no cumplen la triple condicionalidad, no es una elección plena de sentido.
Sepan que es así, debemos abrirnos a esas posibilidades, tenemos que abrir los ojos, abrir el corazón y abrir la mente para descubrir que detrás de este dolor que hoy muchos de ustedes están sintiendo, sepan que ahí no se agota todo.
Al sentir esperanza, no estamos negando que las cosas sean como “parecen ser”, simplemente estamos afirmando que en ese “parecer ser” no se agota todo lo que esas cosas son.
La vida tiene tesoros para descubrir y cada uno de ustedes puede descubrirlos, pero depende de cada uno de ustedes.
En cada uno de nosotros está la semilla que debe germinar y ser regada cada día, la semilla de la comprensión, de la solidaridad, del abrazo fraterno, del olvidarme de mí para pensar en el otro, para pensar en el bien común.
Nosotros tenemos para dar cosas valiosas por la vida y tenemos en nombre de quien darlas, porque podemos darlas en nombre de nuestro hijo y hacer que el recuerdo de nuestro hijo perdure en la vida.
De esa manera, muy de a poquito, podemos lograr cambios perdurables, ya no sólo en nosotros mismos, sino a través de esta actitud, en la comunidad en la que vivimos.
No va a ser con lágrimas que vamos a demostrar cuanto los amamos o los extrañamos, es a través del amor que demostremos, a través del amor que demos.
Está bien llorar, pero hay un tiempo para llorar, no se puede llorar eternamente, porque si se llora eternamente se destruye la familia, se alejan los amigos, los otros hijos pronto se alejan también de nosotros; sería una serie de pérdidas sucesivas, no solamente la pérdida del hijo, otras pérdidas que vendrán después, eso es lo que nosotros tratamos de evitar ofreciendo un camino.
En los grupos se les muestra a los padres que hay un tiempo de llorar, pero también hay un tiempo de levantar la frente y caminar por la vida con dignidad, haciéndose responsable por la manera en que cada uno de nosotros vivimos nuestra vida.
Si el resultado de la muerte de un hijo, es hacer una persona más solidaria, más compasiva, más receptiva al dolor y al sufrimiento de los demás, entonces, su muerte no habrá sido en vano.
Estamos en Renacer porque queremos aprender a vivir de una manera que incluya amorosamente a nuestros hijos, que recupere el recuerdo amoroso de nuestros hijos sin lágrimas, que podamos hablar de ellos sin lágrimas y que cuando nos toque partir no nos haya quedado nada sin hacer, no nos haya quedado amor por dar.
A Renacer no voy a dar tristeza, llanto, bronca o rabia, pues si voy a dar algo en memoria de mi querido hijo, tengo que dar algo hermoso, y lo único que tengo para dar es amor; todavía podemos sentir y dar amor en nombre de los hijos que no están.
Renacer ofrece la posibilidad de hacer una transformación interior, un crecimiento interior si tú así lo eliges hacer, pues, como siempre, depende de tu elección y es tu responsabilidad.
Para llegar a la meta es necesario tener en primer término fe en el camino que se va a iniciar y en el proceso, luego dar el primer paso y finalmente perseverar. Si alguno de esos pasos no se cumple no llegaremos a ningún lado.
Vemos a personas que de acuerdo a muchos estándares podrían estar destruidas porque han sufrido la tragedia, que representa el peor de los miedos para las personas que tienen hijos, es decir, la realidad de haber perdido un hijo y, sin embargo, se levantan, se hacen solidarias, compasivas, ayudan a otro papá o a otra mamá que ha pasado por la misma experiencia de vida tan dolorosa, mostrándoles que hay un camino más allá del dolor y colaboran para que la comunidad en la que viven sea un mejor lugar para vivir.
La clave es que tanto sufrimiento no debe ser estéril, porque la verdadera tragedia sería no sólo haber perdido un hijo, sino, que habiéndolo perdido, elegir morirme con él.
De un sufrimiento extremo como éste podemos aprender tanto, pues se abren caminos inesperados que jamás hubiéramos pensado que se nos iban a presentar.
Hacer el esfuerzo de ponerme de pie y saber que de mí depende como yo viva mi vida, como yo viva cada día de mi vida y de las respuestas que dé a las preguntas, a interrogantes y duros planteos que la vida nos hace.
Como yo responda a cada uno de esos interrogantes me va definiendo como persona y van a hacer de mí, finalmente, lo máximo que puedo llegar a ser como persona.
Pensamos que es a través del sufrimiento que nos modelamos, como es que a través del fuego se va haciendo la obra del orfebre.
Podemos lograr una transformación interior que al principio ni siquiera soñábamos que podíamos lograr.
Renacer ofrece un camino positivo, amoroso y que tiene que ver con transformar el dolor, ese dolor tan increíble, transformarlo en amor, porque más fuerte que el dolor es el amor por el hijo.
Nosotros podemos sentir el dolor de su ausencia, pero mucho más fuerte que el dolor de la ausencia del hijo, es el amor hacia ese hijo.
Lo que estamos tratando de hacer, es de convertir nuestro dolor en amor, porque el dolor puede pasar, el dolor va a pasar si sabemos canalizarlo positivamente, pero el amor siempre queda.
Finalmente quisiéramos decirles a todos los papás, que sepan que se puede, que la partida de ese ser tan amado no signifique el fin de nuestra vida, que signifique el comienzo de un camino que tiene que ver con el servicio, tiene que ver con el dar mi mano y en ese dar mi mano al otro ser que sufre, mi propio dolor va desapareciendo, va disolviéndose.
Son los caminos luminosos de los que hablamos.”
Gustavo Berti-Alicia Schneider Berti
Martes 24 Marzo 2009 a 12:05 pm (Kushner, Harold, Material de Lectura)
Capítulo 6 del libro “Cuando la gente buena sufre” de Harold Kushner.
Una de las peores cosas que le pasan a una persona herida por la vida es que tiende a aumentar el daño hiriéndose por segunda vez. No sólo es la víctima del rechazo, el duelo, la lesión o la mala suerte; con frecuencia siente la necesidad de verse como una mala persona que recibió lo que se merecía y debido a ello ahuyenta a las personas que tratan de acercársele para ayudada. Con frecuencia, en nuestro dolor y confusión, hacemos instintivamente lo que no deberíamos hacer. Sentimos que no merecemos recibir ayuda, y permitimos que la culpa, la ira, la envidia y la soledad autoimpuesta empeoren una situación que era mala de por sí.
Cierta vez leí un proverbio folclórico iraní: “Si ves a un hombre ciego, patéalo; ¿por qué ser más amable que Dios?” En otras palabras, si ves que alguien sufre debes creer que se merece su suerte y que Dios desea que sufra. Por lo tanto, ponte del lado de Dios, humíllalo y rehúye su compañía. Si intentas ayudarlo, te estarás oponiendo a la justicia de Dios.
Probablemente para la mayoría de nosotros ese punto de vista es espantoso. Por lo general, pensamos que sabemos cómo debemos actuar. Pero muchas veces, les decimos a las personas que han sido heridas que ellas, en cierta forma, se lo merecían. No lo hacemos para hacerles daño pero lo hacemos y cuando lo hacemos, alimentamos su sentido latente de culpa, la sospecha de que, quizá, lo que sufren les sucedió porque de alguna forma se lo buscaron.