El duelo es el espejo de la riqueza

Del libro “En la tristeza pervive el amor” de Elisabeth Lukas.

En el primer «umbral» que atravesaremos, colindante con el conocimiento de la pérdida, anida la comprensión de que en nuestra vida ha existido precisamente algo valioso. Este entendimiento inmediatamente posterior a la irrupción de la tragedia alberga ya una semilla de consuelo. No nos hemos movido en el vacío ni nos hemos quedado aislados, sino que hemos vivido en correspondencias cuyas muestras más fascinantes han sido las correspondencias amorosas… Es bueno recordarlas y cerciorarse de que han existido.

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El duelo es más que un sentimiento

Del libro “En la tristeza pervive el amor” de Elisabeth Lukas .

El duelo no es única y exclusivamente un sentimiento, ni siquiera un sentimiento mise­rable.

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Las Fechas: Día de la madre

  

En la República Argentina el 18 de octubre se celebra el día de la madre.

    Las fechas, un tema recurrente entre quienes tenemos hijos fallecidos,  nos hacen entristecer.  Y no es necesariamente es el calendario el que nos recuerda cada una de ellas. Los ciclos anuales nos traen los olores y colores de la primavera, los calores y las vacaciones de verano, el inicio de los ciclos escolares y la caída de las hojas de los árboles en otoño, el frío del invierno. Y cada uno nos traen sus recuerdos de los momentos vividos con nuestros hijos.

  Otras fechas como “El día de la madre” tienen una carga publicitaría adicional. Alguno dirá, con buenos motivos, “Es un  día comercial”.
   Podemos tomar esta fecha como “un día comercial” o como un día de homenaje a los hijos que partierón tempranamente.

   Artículos previamentes publicados en el Blog sobre el tema:

Cuando viene el día de la madre.

      Cuando se pierde un hijo, la vida se da vuelta como un guante de goma que uno se saca de la mano, como los guantes finitos de los cirujanos que la única manera de sacárselos es dándolos vuelta, todo lo que estaba afuera queda adentro y todo lo que estaba adentro quedó afuera.
        Así comienza a ser la vida para nosotros.
        Cuando viene un aniversario, cuando viene un cumpleaños, sobre todo cuando viene el día del padre o de la madre, un lamento frecuente es “no tengo a mi hijo que me haga un regalo”.

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Día de de la madre

Carlos J.Bianchi – El proceso del duelo -Capítulo 46
Ediciones Corregidor, 2003

   A esa mamá que añora la presencia de su hijo: amiga.
   Cuando la celebración ahonda la ausencia, cuando duelen más los recuerdos, quiero como nunca estar cerca tuyo.
   Hablarte quedamente de la inútil rebeldía frente a los hechos que ya fueron.
   Sé que añoras un beso y una flor en este día.

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Carta del día de la madre.

Fragmento extraído del libro “La rueda de la vida” de Elisabeth Kubler Ross (Capitulo 37 Graduación).
 
Querida Elisabeth:

  Hoy es el Día de la Madre y en este día tengo muchas más esperanzas de las que tenía hace cuatro años. 

  Hace tres años murió mi hija Katie, a los seis años, de un tumor cerebral.

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Una Historia del Día de las Madres

Pensando en nuestras queridas madres dolientes en el Día de las Madres
Por Joanne Cacciatore

La ausencia de nuestro querido hijo (a) durante la época de Fiestas puede ser un estrés abrumante para las familias dolientes. ¿Podré sobrevivirlo? ¿Es normal lo que siento? ¿Debo ignorar las festividades este año? Estas son preguntas que me he hecho durante los primeros años que siguieron a la muerte de mi hija. Me gustaría compartir con ustedes algunos puntos generales que me han ayudado a manejar la muerte de mi bebé durante las fiestas.

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El desafío de Renacer

Encontrando un nuevo sentido a la vida ante la perdida de un hijo.

Libro escrito por el papá de Rafa, Mauricio Meza Acosta, creador del Grupo Renacer de El Salvador.

El desafío de Renacer (Click aquí o sobre la imagen para descargar el libro). 

 

eldesafioderenacer

La lección de la pérdida

“Lecciones de vida”   Elizabeth Kübler- Ross y David Kessler Capítulo 4

  Un estudiante de psicología que estaba terminando la carrera se debatía interiormente debido a la pérdida que supondría la muerte de su abuelo, el cuál había contribuido a su educación y estaba gravemente enfermo. Según dijo, parte de su conflicto residía en la decisión de aplazar su último año de estudios para pasar más tiempo con él. Pero también se sentía impelido a terminar la carrera en aquel momento porque estaba aprendiendo mucho sobre la vida. -“Lo que estoy aprendiendo ahora en la facultad- explicó-, me está ayudando de verdad a crecer como persona.” -“Si quieres crecer como persona y aprender, debes darte cuenta que el universo te ha matriculado en un curso de postgrado de la vida llamado “pérdida”, le respondí”.  

Al final perdemos todo lo que tenemos, sin embargo, lo que de verdad importa no se pierde nunca. Nuestras casas, coches, empleo y dinero, nuestra juventud, e incluso nuestros seres queridos son sólo un préstamo. Como todo lo demás, nuestros seres queridos no nos pertenecen. Pero esta realidad no tiene que entristecernos, sino todo lo contrario, pues nos permite valorar las múltiples y maravillosas experiencias y cosas de las que disfrutamos durante nuestra vida en este mundo. Si la vida es una escuela, la pérdida es, en muchos aspectos, la asignatura más importante del programa de estudio. Cuando sufrimos una pérdida, experimentamos también el cariño de nuestros seres queridos ( y a veces inclusos los desconocidos) sienten por nosotros en nuestros momentos de necesidad. Una pérdida es un vacío en nuestro corazón, pero es un vacío que reclama más amor y que nos permite albergar el de los demás.

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BORRANDO TIEMPOS VERBALES.

 

Allá por fines de Mayo, Alicia  viajó San Nicolás.

Para ser más precisa, fue el 25 de ese mes, a la coronación de la Virgen del Rosario.

Lo hizo junto a otras personas de ésta ciudad.

En su peregrinación se acordó de mí y compró una vela rosada- supongo-para así tener la excusa de una visita.

No es fácil ir a ver a una mamá que perdió a su hijo…

Fue así que antes que finalizara el mes, vino a casa, trayéndome lo que había comprado para mí.

Junto a ese recuerdo,  ella traía el deseo de que mi sufrimiento  fuera disminuyendo, y así me lo expresó el día que vino a verme.

También me  dijo que ella había perdido a un ser muy querido, que lo echaba muchísimo de menos, pero que solamente el  tiempo iba sanando las heridas.

 

Yo la miraba y pensaba que no era verdad lo que decía… ¿acaso era posible volver  a sentirme bien?… ¿volver a sonreír?… ¿volver a proyectar?

 

Ella siguió hablando y de pronto, al ver mis lágrimas dijo:

 

-“Te doy un consejo….Aunque sé que no deben darse…En mí funcionó… Escuchá…

¿Recordás, cuando íbamos al colegio y nos “torturaban” en la clase de lengua con los  verbos?…

Bueno, querida…de ahora en adelante, tenés un trabajo…el mismo consiste en dejar de usar dos de ellos”

 

-         Sí, me acuerdo-contesté confundida- pero… ¿qué tiene que ver con lo que me está pasando?  ¿o con lo que me decís que te pasó?

 

-“Me refiero a que, de a poco, en  este camino que nos toca transitar, debemos tratar por todos los medios de eliminar dos tiempos verbales…En la medida que podamos hacerlo y llevarlo a la práctica… iremos aceptando y daremos consuelo a este corazón, que se ha roto en mil pedazos.

Desterrando esos verbos, lograremos, por lo menos no caer en el sufrimiento, aunque el dolor siga.

Porque…acá es donde se ve el fruto del  trabajo… que consiste en saber diferenciar el dolor del sufrimiento…”

 

Yo seguía sin comprender…Mirándola…

Pensé, por un momento que la pobre no estaba en su sano juicio.

 

Ella siguió:

 

-“Anotalo…así no te olvidás…

Los tiempos verbales que debemos borrar de nuestra mente son:

 

 

 EL PRETÉRITO PLUSCUAMPERFECTO Y EL POTENCIAL.”

 

 

 

 

-         Perdoname, pero no comprendo nada…- Atiné a decirle-

…Con  una sonrisa,  de esas que sólo te pueden brindar aquellos que saben lo que estás sintiendo, me dijo:

                              -“El Pluscuamperfecto, ¿te acordás?….” y empezó recitar:

                     “Si yo hubiera o hubiese….si tú hubieras o hubieses… si él o ella hubiera o hubiese….si nosotros hubiéramos o hubiésemos…etc.etc.”

“Ese verbo nos hace sufrir, nos tortura… nos hace creer que la vida de ese ser querido estaba en nuestras manos y no es así…a estos verbos los usamos (y abusamos) los que estamos en duelo…

            El otro tiempo verbal es el Potencial, pero esta vez no hablamos de nosotros, sino que lo aplicamos al que partió… y entonces empezamos:

 

 “Tendría…”(tantos años, tal profesión, tantos hijos y todos los etcéteras que se te ocurran)…

”Cumpliría…”(tantos años, tal aniversario de casado)…

“Habría…” (rendido, obtenido su título, contraído matrimonio, festejado….) y la lista es interminable… infinita. Tan larga como deseemos hacerla…

 

¿Comprendes ahora,  querida amiga, lo que es el dolor y lo que es el sufrimiento?

 

Lleva tiempo, pero no es imposible.

El día que logremos quitar esos verbos de nuestra vida…empezaremos otra etapa del duelo, con  más paz. Sin culpas. Sin  remordimientos.

No conviene mortificarse. Tendrás que comenzar en algún momento una vida nueva sin esa persona. Tendrás que aprender a vivir sin ella.

No es sano  imaginar cómo sería él o ella…la edad que tendría ahora, o lo que podría haber hecho si no hubiera muerto.

Tenemos que dejar de imponerle a ese ser, cosas que tendría que haber vivido o que tendría que haber hecho.

Esos no son sus proyectos, sino los nuestros.

Él o ella se ha liberado de todo eso.”

…………………………………………………………………………………………….

Sólo nos abrazamos… No pude decirle nada…

Ella se fue…y no volví a verla, pero pronto iré a visitarla.

Iré a decirle ese “GRACIAS” que aquél  día no pude pronunciar, que fue ahogado por las lágrimas…

 

Y también iré a  decirle ¿por qué no? …”Querida amiga: algunas veces con sonrisas,  otras veces con  llanto…quiero que sepas que

 

                                         Ya empecé a borrar verbos de mi lista”

 

                                                         Para Alicia, de Lissy.                                                                               (Gracias, amiga….)

                                                                   Sunchales, 17 de Agosto de 2009.   

 

 

 

 

 

 

NOTA: Este relato es un  mix de un hecho y una conversación reales, a las que sumé cosas que escuché en el Grupo Renacer. (Distinguir sufrimiento de dolor)

 

También incluye un fragmento del libro:

 “Para mejorar tu relación con los que han  muerto” de Víctor Manuel  Fernández, con  algunas modificaciones:

(Por consiguiente no conviene mortificarse y estar pendientes. Tendrá que comenzar en algún momento una vida nueva sin esa persona.

Menos sano todavía es imaginarse cómo sería el difunto a la edad que tendría ahora, o lo que podría haber hecho si no hubiera muerto. Tenemos que dejar de imponerle al difunto cosas que tendría que haber vivido o que tendría que haber hecho. Esos no son sus proyectos, sino los nuestros. Él se ha liberado de todo eso.)Capítulo 1-

 

Dicho libro forma parte de la bibliografía sugerida por los Grupos Renacer.

 

                                                                          ALICIA (LISSY), Mamá de Julieta.

                                                                          AGOSTO DE 2009-

Vivir en la esperanza

Por Monica Wainer 

 La teoría

 

Toda persona a lo largo de su existencia se ha visto enfrentada en múltiples y en diversas oportunidades, con el dolor, la angustia y el sufrimiento. Esta situación, sin embargo, es afrontada de manera diferente por cada persona concreta, de forma particular y ante cada situación específica de la vida.

Teniendo como punto de partida una mirada esencialmente antropológica, es posible afirmar que el sufrimiento ha acompañado al ser humano desde la antigüedad. Comprender la experiencia del sufrimiento en su dimensión más profunda no es tarea fácil ya que implica, no sólo captar la esencia del mismo para entenderla desde los argumentos racionales sino que además, requiere pasar por la vivencia que afecta de manera directa y particular la dimensión específicamente humana, y ante todo, a la persona en su unicidad ontológica. En definitiva, se trata de aquello que confronta la existencia del hombre de forma tal, que puede llevarlo incluso, a la pérdida del sentido de su vida.

El dolor y la simple amenaza del dolor, entristecen la vida, pero la actitud de la persona frente al dolor y al sufrimiento que ha de afrontar puede marcar la diferencia entre un sufrimiento carente de sentido y la posibilidad de encontrarle sentido a la vida, incluso y por incomprensible que parezca, mediante ese sufrimiento… No obstante, como lo señala Frankl  en varios de sus libros, más allá del hecho mismo, de que nos veamos abocados con frecuencia al sufrimiento, lo fundamental es la actitud que decidamos asumir frente a éste; pues también de las experiencias negativas, y quizá especialmente de éstas, es posible “encontrar” un sentido, transformando dichas experiencias, en algo positivo; esto implica, que aún, la situación “más adversa” puede brindarle a la persona la posibilidad de descubrir el sentido profundo que ésta encierra para su vida.

El sufrimiento puede transformarse en logro, en algo beneficioso.
Su sentido está en cambiar a la misma persona que sufre: en hacerla mejor.

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Muertes Inesperadas

Frases del libro “Muertes Inesperadas” – Eduardo H. Grecco

  • “La muerte inesperada no da espacio para saldar cuentas pendientes, decir adioses, limar rencores o dar un abrazo más. Muchas veces hace nacer, en los que quedamos vivos, sentimientos de bronca, indignación e impotencia que se aceptan sólo con resignación. Uno se ve obligado a aprender de golpe, y todo junto, algo para lo cual aún no estaba preparado.”

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Del libro “El hombre en busca de sentido” de Viktor E. Frankl

El credo psiquiátrico

 

Nada hay concebible que pueda condicionar al hombre de tal forma que le prive de la más mínima libertad. Por consiguiente, al neurótico y aun al psicótico les queda también un resto de libertad, por pequeño que sea. De hecho, la psicosis no roza siquiera el núcleo central de la personalidad del paciente. Recuerdo a un hombre de unos 60 años que me enviaron a causa de las alucinaciones auditivas que padecía desde hacía décadas. Tenía frente a mí a una personalidad totalmente derrumbada. Cuando pasaba por algún lugar, cuantos había en su derredor le tomaban por un idiota. Y sin embargo, ¡qué extraño encanto irradiaba aquel hombre! De niño había querido ser sacerdote, pero tuvo que contentarse con la única alegría que podía experimentar y que era cantar los domingos por la mañana en el coro de la iglesia. Pues bien, la hermana que le acompañaba nos informó de que, a veces, se ponía muy excitado; pero, en el último momento era capaz de dominarse. Me interesó sumamente la psicodinámica que acompañaba al caso, ya que pensé que el paciente tenía una fuerte fijación en su hermana; así que le pregunté como hacía para controlarse: “¿Por quién lo hace?” A continuación siguió una pausa de unos segundos y entonces el paciente contestó: “Lo hago por Dios.” En ese momento, lo más profundo de su personalidad se hizo patente y en el fondo de aquella hondura se reveló una auténtica vida religiosa a pesar de la pobreza de su formación intelectual.

Un individuo psicótico incurable puede perder la utilidad del ser humano y conservar, sin embargo, su dignidad. Tal es mi credo psiquiátrico. Yo pienso que sin él no vale la pena ser un psiquiatra. ¿A santo de qué? ¿Sólo por consideración a una máquina cerebral dañada que no puede repararse? Si el paciente no fuera algo más, la eutanasia estaría plenamente justificada.

 

Enlaces relacionados:

Conceptos básicos de logoterapia

Voluntad de sentido

El vacío existencial

La logoterapia como técnica

La neurosis colectiva

 Conferencia: El hombre en busca de sentido

Crítica al pandeterminismo

ES POSIBLE RECUPERARSE…

ES POSIBLE RECUPERARSE…

AL MENOS DEBEMOS INTENTARLO

 

EN BUSCA DE LA ESPERANZA

 

La desesperación que nos invade frente a la pérdida de un hijo, y el sufrimiento profundo que ello importa, nos hace parecer que ya nada es posible; que jamás podremos recuperarnos de ese dolor inmenso que se ha apoderado de nosotros. Entonces cae la esperanza…y con ella la posibilidad de plantearnos una salida para nuestro problema. Nadie puede decir a otro cuánto tiempo, ni de que manera debe sentir la pena, pues los sentimientos de cada persona son únicos. Sin embargo, existen elementos del pesar comunes para quienes han atravesado por la desdichada experiencia. Entender estos sentimientos, y el saber cómo otras personas los han tratado, pueden ayudar en gran medida a sobrellevar la experiencia. Confiando en que es posible recuperarse cuando se ha sufrido la muerte de un hijo, aunque el proceso sea lento y el camino difícil, acercamos estas reflexiones al Grupo para su discusión y análisis.    ( Daniel y Gabriela Vítolo)

 

 

1.-       NO PERDER LA ESPERANZA

 

“En tanto tengamos esperanza, tendremos una mete, la energía necesaria para avanzar hacia ella y una guía para alcanzarla. Existen cientos de alternativas, miles de caminos e infinidad de sueños. Si tenemos esperanza nos encontramos a mitad de camino de nuestra meta; si carecemos de ella, estamos irremisiblemente perdidos”.

(Leo Buscaglia – “El camino del Toro”)

 

Una de las sensaciones más terribles que se nos presentan en el proceso de duelo y de dolor, es la tendencia a la pérdida de la esperanza; es decir, esa recurrente y permanente desazón, de que ya nada importa, o de que nunca podremos recuperarnos ni de nuestro dolor ni de nuestra pérdida.

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Pensamientos…

Pensamientos…
Estoy en la sala de estar, tras pasar una larga semana en Nueva York, en un encuentro con unas ochenta y cinco personas, muchas de las cuales padecían una enfermedad terminal o tenían ante sí la miseria y la insensatez de la vida o del suicidio. Otras habían per¬dido un hijo o a su pareja, y algunas venían para cre¬cer, para apreciar la vida con más intensidad, o sim¬plemente para «cargar las baterías» y trabajar mejor con quienes las necesitan.
Y desde aquí, sentada delante de la máquina de es¬cribir, veo por el ventanal azulejos y colibríes, un conejillo que cruza el patio, una salamandra que mira hacia la casa, y luego aparece un águila, sobrevolando los árbo¬les del jardín. El paraíso debe de ser algo así: árboles y flores en un marco de valles y montañas, con un cielo azul, un lugar apacible y tranquilo que invita a descansar.
Pienso en los indios que recorrían esta tierra y despedían a sus muertos. Oigo sus oraciones al viento y sus lamentos al paso de uno de sus niños.
Como si viese una película de aquellos tiem¬pos, imagino la llegada de los colonizadores, de los jóvenes durante la fiebre del oro, con sus sueños so¬bre el «Lejano Oeste», donde esperaban encontrar una tierra para trabajar, tener una familia y ganarse la vida. Veo sus caravanas, avanzando con dificul¬tad; a sus mujeres, abatidas, acaloradas y cansadas; las veo cocinando en una marmita y refugiándose de la tormenta. Las veo embarazadas y temiendo el viaje; oigo el llanto del recién nacido, y veo el orgu¬llo y el sudor en la cara del padre que contempla a su primer vástago. Veo cómo la joven pareja cava una fosa en el camino hacia el Oeste y reemprende la lucha para sobrevivir, para empezar de nuevo, una y otra vez. En los últimos miles de años apenas ha habido cambios: los seres humanos siempre han lu¬chado, esperado, soñado, triunfado, perdido y vuel¬to a empezar.
En ese momento una mujer entra en mi sala para traerme algunas cosas y, al salir, mira la máquina de escribir y pregunta: «¿Cómo puedes haber escrito siete libros sobre los que se mueren y sobre la muer¬te?». Y se va, sin esperar mi respuesta. No deja de ser una curiosa pregunta. Las bibliotecas de medicina es¬tán atiborradas de centenares de libros sobre embara¬zo, parto, nacimientos en casa, niños que nacen muertos, cesáreas, alimentación para las embaraza¬das, la diferencia entre amamantar y alimentar al re¬cién nacido con productos lácteos del mercado, y so¬bre todos los aspectos imaginables en torno a la concepción, al desarrollo del futuro ser humano en el útero y finalmente su alumbramiento.
Todos los seres humanos son diferentes, incluso antes de aparecer en escena. Se concibieron en distin¬tas circunstancias, compartieron diferentes vidas y experiencias en el seno de sus madres, fueron amados o rechazados, se vieron amenazados por un aborto u otros traumatismos, se rezó por ellos, fueron escu¬chados y acariciados con amor, o fueron maldecidos incluso antes de nacer.
Y ahora están aquí para compartir el mundo con nosotros. Todos los seres humanos tienen vidas y ex¬periencias distintas, y personas a las que tratar y de las que aprender a lo largo de su vida; y cada encuentro de sus vidas siembra la semilla del mañana. Apenas somos conscientes de la infinidad de posibilidades que la vida nos ofrece.
Y lo mismo ocurre con la muerte, la culminación de la vida, el tránsito, la despedida antes de entrar en otro lugar; el fin, antes de otro principio. La muerte es «la gran transición».
Al observar, analizar y tratar de aprender y com¬prender las distintas maneras, los miles de formas en que las gentes de todas las edades y culturas realizan esa transición, se aprecia un milagro tan grande como el nacimiento. O incluso mayor, pues es la puerta de la comprensión de la naturaleza humana, de la lucha y la supervivencia humana y, en última instancia, de su evolución espiritual. Muestra las claves del POR¬QUÉ y el DÓNDE, y la finalidad última de la vida con todos sus sufrimientos y toda su belleza.
Es cierto, he escrito siete libros, pero, cuanto más estudio al ser humano frente a la muerte, más aprendo sobre la vida y sus recónditos misterios. Quizá los pensadores antiguos ya poseían ese conocimiento cuando, expresándose mediante la pintura, la poesía, la escultura, las palabras, o de cualquier otro modo, dejaban traslucir un concepto de temor, misterio y enigma sobre esa cotidiana compañía a la que con tanto desprecio llamamos MUERTE.
Los que aprenden a conocer la muerte, más que a temerla y luchar contra ella, se convierten en nuestros maestros sobre la VIDA. Hay cientos de niños que sa¬ben mucho más de la muerte que los adultos. Hay adultos que restan importancia a lo que dicen los ni¬ños y pasan por alto sus ideas, pues piensan que los niños no comprenden la muerte. Pero quizás un día, al cabo de unos años, cuando tengan ante sí al «último enemigo», recuerden sus enseñanzas, y se den cuenta de que esos niños eran sabios maestros, y ellos, alum¬nos principiantes.
En numerosas ocasiones me han solicitado que expu¬siese mis ideas sobre los niños y la muerte, dado que la mayor parte de lo que he publicado está relaciona¬do con los adultos. Este libro trata de responder a las siguientes preguntas: ¿En qué medida se diferencia la actitud de los niños de la de los adultos ante la última fase de la enfermedad? ¿Son conscientes de su inmi¬nente muerte, incluso si los padres o sus cuidadores del hospital no les explican la gravedad de su enfer¬medad terminal? ¿Cuál es el concepto de muerte se¬gún las diferentes edades, y la naturaleza de la tarea que ellos dejan inacabada? ¿Cómo podemos nosotros aportar la ayuda más eficaz a sus padres, abuelos y hermanos en ese período que precede a la separación? Y ¿cómo podemos reducir el porcentaje cada vez más elevado de suicidios infantiles, que constituye una de las más dolorosas separaciones?
He basado este libro en mis diez años de trabajo con niños de todas las edades, recogiendo en él la ex¬periencia de familiares que han pasado por ese trance, de padres que han perdido uno, dos o incluso tres hi¬jos, de familias que han perdido un hijo asesinado, a quien no pudieron proteger y que se fue sin un adiós.
Aprovecho esta oportunidad para agradecer a los que me han permitido ampliar mis conocimientos so¬bre el tema, al compartir conmigo, en encuentros o por cartas, su tristeza, su dolor y su maduración y crecimiento de su sabiduría.
Quiero compartir con el lector el conocimiento interior de esos niños que mueren, para que también pueda crecer y comprender la importancia de la voz interior, que es tan necesario escuchar. Estoy convencida de que este aspecto intuitivo, espiritual —la voz interior—, que nos habita, nos da el «conoci¬miento», la paz, y nos señala la dirección que debe¬mos seguir en las tormentas de la vida, sin ser destro¬zados por ellas, sino enteros, unidos en el amor y la comprensión.
Gracias por permitirme compartir con vosotros lo que aprendimos de nuestros hijos.

Del libro “La muerte y los niños de Elisabeth Kübler Ross”

Estoy en la sala de estar, tras pasar una larga semana en Nueva York, en un encuentro con unas ochenta y cinco personas, muchas de las cuales padecían una enfermedad terminal o tenían ante sí la miseria y la insensatez de la vida o del suicidio. Otras habían perdido un hijo o a su pareja, y algunas venían para crecer, para apreciar la vida con más intensidad, o simplemente para «cargar las baterías» y trabajar mejor con quienes las necesitan.

Y desde aquí, sentada delante de la máquina de escribir, veo por el ventanal azulejos y colibríes, un conejillo que cruza el patio, una salamandra que mira hacia la casa, y luego aparece un águila, sobrevolando los árboles del jardín. El paraíso debe de ser algo así: árboles y flores en un marco de valles y montañas, con un cielo azul, un lugar apacible y tranquilo que invita a descansar.

Pienso en los indios que recorrían esta tierra y despedían a sus muertos. Oigo sus oraciones al viento y sus lamentos al paso de uno de sus niños.

Como si viese una película de aquellos tiempos, imagino la llegada de los colonizadores, de los jóvenes durante la fiebre del oro, con sus sueños sobre el «Lejano Oeste», donde esperaban encontrar una tierra para trabajar, tener una familia y ganarse la vida. Veo sus caravanas, avanzando con dificultad; a sus mujeres, abatidas, acaloradas y cansadas; las veo cocinando en una marmita y refugiándose de la tormenta. Las veo embarazadas y temiendo el viaje; oigo el llanto del recién nacido, y veo el orgullo y el sudor en la cara del padre que contempla a su primer vástago. Veo cómo la joven pareja cava una fosa en el camino hacia el Oeste y reemprende la lucha para sobrevivir, para empezar de nuevo, una y otra vez. En los últimos miles de años apenas ha habido cambios: los seres humanos siempre han luchado, esperado, soñado, triunfado, perdido y vuelto a empezar.

En ese momento una mujer entra en mi sala para traerme algunas cosas y, al salir, mira la máquina de escribir y pregunta: «¿Cómo puedes haber escrito siete libros sobre los que se mueren y sobre la muerte?». Y se va, sin esperar mi respuesta. No deja de ser una curiosa pregunta. Las bibliotecas de medicina están atiborradas de centenares de libros sobre embarazo, parto, nacimientos en casa, niños que nacen muertos, cesáreas, alimentación para las embarazadas, la diferencia entre amamantar y alimentar al recién nacido con productos lácteos del mercado, y sobre todos los aspectos imaginables en torno a la concepción, al desarrollo del futuro ser humano en el útero y finalmente su alumbramiento.

Todos los seres humanos son diferentes, incluso antes de aparecer en escena. Se concibieron en distintas circunstancias, compartieron diferentes vidas y experiencias en el seno de sus madres, fueron amados o rechazados, se vieron amenazados por un aborto u otros traumatismos, se rezó por ellos, fueron escuchados y acariciados con amor, o fueron maldecidos incluso antes de nacer.

Y ahora están aquí para compartir el mundo con nosotros. Todos los seres humanos tienen vidas y experiencias distintas, y personas a las que tratar y de las que aprender a lo largo de su vida; y cada encuentro de sus vidas siembra la semilla del mañana. Apenas somos conscientes de la infinidad de posibilidades que la vida nos ofrece.

Y lo mismo ocurre con la muerte, la culminación de la vida, el tránsito, la despedida antes de entrar en otro lugar; el fin, antes de otro principio. La muerte es «la gran transición».

Al observar, analizar y tratar de aprender y comprender las distintas maneras, los miles de formas en que las gentes de todas las edades y culturas realizan esa transición, se aprecia un milagro tan grande como el nacimiento. O incluso mayor, pues es la puerta de la comprensión de la naturaleza humana, de la lucha y la supervivencia humana y, en última instancia, de su evolución espiritual. Muestra las claves del PORQUÉ y el DÓNDE, y la finalidad última de la vida con todos sus sufrimientos y toda su belleza.

Es cierto, he escrito siete libros, pero, cuanto más estudio al ser humano frente a la muerte, más aprendo sobre la vida y sus recónditos misterios. Quizá los pensadores antiguos ya poseían ese conocimiento cuando, expresándose mediante la pintura, la poesía, la escultura, las palabras, o de cualquier otro modo, dejaban traslucir un concepto de temor, misterio y enigma sobre esa cotidiana compañía a la que con tanto desprecio llamamos MUERTE.

Los que aprenden a conocer la muerte, más que a temerla y luchar contra ella, se convierten en nuestros maestros sobre la VIDA. Hay cientos de niños que saben mucho más de la muerte que los adultos. Hay adultos que restan importancia a lo que dicen los niños y pasan por alto sus ideas, pues piensan que los niños no comprenden la muerte. Pero quizás un día, al cabo de unos años, cuando tengan ante sí al «último enemigo», recuerden sus enseñanzas, y se den cuenta de que esos niños eran sabios maestros, y ellos, alumnos principiantes.

En numerosas ocasiones me han solicitado que expusiese mis ideas sobre los niños y la muerte, dado que la mayor parte de lo que he publicado está relacionado con los adultos. Este libro trata de responder a las siguientes preguntas: ¿En qué medida se diferencia la actitud de los niños de la de los adultos ante la última fase de la enfermedad? ¿Son conscientes de su inminente muerte, incluso si los padres o sus cuidadores del hospital no les explican la gravedad de su enfermedad terminal? ¿Cuál es el concepto de muerte según las diferentes edades, y la naturaleza de la tarea que ellos dejan inacabada? ¿Cómo podemos nosotros aportar la ayuda más eficaz a sus padres, abuelos y hermanos en ese período que precede a la separación? Y ¿cómo podemos reducir el porcentaje cada vez más elevado de suicidios infantiles, que constituye una de las más dolorosas separaciones?

He basado este libro en mis diez años de trabajo con niños de todas las edades, recogiendo en él la experiencia de familiares que han pasado por ese trance, de padres que han perdido uno, dos o incluso tres hijos, de familias que han perdido un hijo asesinado, a quien no pudieron proteger y que se fue sin un adiós.

Aprovecho esta oportunidad para agradecer a los que me han permitido ampliar mis conocimientos sobre el tema, al compartir conmigo, en encuentros o por cartas, su tristeza, su dolor y su maduración y crecimiento de su sabiduría.

Quiero compartir con el lector el conocimiento interior de esos niños que mueren, para que también pueda crecer y comprender la importancia de la voz interior, que es tan necesario escuchar. Estoy convencida de que este aspecto intuitivo, espiritual —la voz interior—, que nos habita, nos da el «conocimiento», la paz, y nos señala la dirección que debemos seguir en las tormentas de la vida, sin ser destrozados por ellas, sino enteros, unidos en el amor y la comprensión.

Gracias por permitirme compartir con vosotros lo que aprendimos de nuestros hijos.

ALGUNOS MODOS DE AYUDAR DENTRO DE UN MATRIMONIO QUE SUFRE

Howard Cupp es un hombre que vive en Norman, Oklahoma, U.S.A., y que se ha relacionado con el grupo americano que tiene un programa nacional de ayuda para padres que han perdido hijos (Los Amigos Compasivos). Howard les ha hecho llegar, a un boletín que este grupo publica, máximas que pueden servir de guía para entender y transitar el duelo dentro del matrimonio. Estas máximas han sido comentadas por nosotros, según la experiencia recogida en la participación en grupos de autoayuda, y las acercamos para la reflexión y como documento de trabajo.
Daniel y Gabriela Vítolo

1)   Asigna principal prioridad a la relación de tu matrimonio

Es natural que el dolor, en un primer momento, y en el curso de su desarrollo. Vaya anestesiando tus sentimientos, o te lleve a un aislamiento sobre la base de considerar, o sentir, que en el sufrimiento estás solo. Y ello no es inadecuado, toda vez que, en estricta realidad, cada dolor es único y se percibe sólo en la mayor intimidad.
Sin embargo, no debes olvidar que formas parte de una familia, y que esa familia tiene su célula en tu matrimonio. Lo más grande que tienes en común con tu cónyuge, es el amor que los une, y luego de ello, tus hijos: el que ha muerto (que es fruto de ese amor) y los que quedan vivos, si tienes más. Pero aún si no tienes hijos, al menos no te olvides lo que representaba ese hijo que ha muerto desde la óptica del fruto del amor común de la pareja
Por ello, la base de sustentación de tu recuperación también tiene, como especial referencia, tu matrimonio. Trata de priorizar esta relación para poder compartir, y fortalecer el trabajo de recuperación. Si has perdido a tu hijo, todavía te queda como primera riqueza entre tantas otras –tu matrimonio: que fue el origen y la causa del nacimiento de tu hijo, el cual representa el símbolo del amor. Y, como símbolo, encierra una realidad: ese amor. Trata de conservarlo, de protegerlo. Inténtalo con todas tus fuerzas. Y para ello otorga una especial importancia a la relación de tu matrimonio. No crezcas en el desinterés; por el contrario, imponte priorizar esta relación.
Varios son los motivos que mueven a tomar una decisión de esta naturaleza. Si no tienes más hijos, porque tu matrimonio es algo fundamental que te queda como realización personal en el amor. Si tienes más hijos, porque, además de la razón ya mencionada, a ellos los favorece que tu matrimonio crezca en el amor hacia ellos, como reflejo del amor mutuo.
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La impermanencia

Del “Libro tibetano de la vida y de la muerte” – Capítulo 2 de Sogyal Rimpoché

No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa. [...] Si hubiese alguna manera de resguardarse de los golpes de la muerte, no soy yo aquel que no lo haría. [...] Pero es una locura pensar que se pueda conseguir eso. [...] Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación! [...] Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte. [...] No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclava.  MONTAIGNE’

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EL CONTROL DE LA TRISTEZA

Del libro “Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman.

La tristeza es el estado de ánimo del que la gente más quiere despojarse y Diane Tice descubrió que las estrategias para conseguirlo son muy variadas. Sin embargo, no debería evitarse toda tristeza porque, al igual que ocurre con cualquier otro estado de ánimo, tiene sus facetas positivas. La tristeza que provoca una pérdida irreparable, por ejemplo, suele ir acompañada de ciertas consecuencias: disminuye el interés por los placeres y diversiones, fija la atención en aquello que se ha perdido e impone una pausa momentánea que renueva nuestra energía para permitirnos acometer nuevas empresas.

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Como pueden ayudar los amigos

Fragmento del Capítulo10 del libro “La muerte y los niños” de Elisabeth Kübler Ross.

Tras la muerte de un niño, el mundo parece detenerse, no sentimos ningún interés por lo que ocurre a nuestro alrededor. Mecánicamente sacamos a pasear el perro, ponemos el abrigo al crío y lo despedimos cuando se va al colegio; preparamos la cafetera totalmente absortos y contestamos aturdidos al teléfono. Cuando la florista llega con flores nos acordamos vagamente de darle una propina. Tenemos un gesto de agradecimiento para con la vecina que nos trae una apetitosa tarta de manzana, aunque estemos totalmente en otro lugar. Lo que queremos es que el tiempo retroceda; oír llegar a Jim saludando alegremente: «Hola, mamá». Volver a ver sus zapatillas, las que se ponía para ir a jugar al fútbol, llenas de fango en la entrada. Queremos oírlo tocar la batería, su querida batería. Nos negamos a creer que sus manos, ¡tan bonitas y especiales!, no volverán a tocarla.

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