Luto


Fragmento del libro “Cuando los hombres están de luto” de Elizabeth Levang 

 

El luto es una experiencia de la cual no podemos escapar.  Hay una mínima forma de escondernos del sufrimiento emocional que nos causa la muerte de un ser querido y no existe la posibilidad de aislarnos a nosotros mismos del mundo que incluye la pérdida de trabajo, enfermedades catastróficas, divorcios, abuso, acoso y violación.  El luto crea una angustia intensa y un dolor indiscutible.  Es complejo y constante.  No importa qué tanto nos esforcemos por eludirlo, la posibilidad del dolor siempre está presente en nuestras vidas. 

      Mientras que el dolor es inevitable, la mayoría de las personas no están preparadas para los tumultuosos sentimientos y pensamientos que trae.  El trauma de una muerte o una pérdida deja a muchos de nosotros sintiéndonos ansiosos,  aturdidos, aislados, impresionados, confundidos, vacíos, deprimidos, irritables, enojados, tristes.  Los sentimientos del duelo hostil y ajeno y no estamos seguros de cómo seguir adelante.  El sentimiento de estar paralizado e inmovilizado por la dura realidad se apodera de nosotros.   

      El luto crea una sensación de caos.  Destruye nuestra conexión con una realidad familiar, moldeada y confortable.  Nos roba nuestros sueños y nos engaña con nuestro futuro.  Lo que era, ha terminado.  Mientras que el mundo continúa apresurado y vibrante nuestro mundo se detiene.  El tiempo se detiene para nosotros.  A pesar de nuestros sentimientos, el mañana continúa llegando. 

      El luto cambia irrevocablemente nuestras vidas.  Lo que creíamos ayer puede que ya no mantenga ninguna realidad.  Nuestra mente da vueltas en el dolor por las oportunidades desperdiciadas, las palabras desagradables o duras que dijimos y en las promesas que hicimos que nunca mantuvimos.  Cualquier cosas que creamos para lo que la vida nos haya preparado, siempre somos ingenuos al dolor.  El sufrimiento es una prueba de verdadero coraje y la tenacidad del espíritu humano.  El luto siempre nos recuerda la fragilidad de la vida y la necesidad de vivir la vida en su momento.  La historia anterior escrita por Ralph Robinson nos habla de estas solemnes verdades. 

      Lo que nos trae la profundidad del dolor y la angustia de la muerte o pérdida es el convencernos que somos impotentes e incapaces de sobrevivir.  Queremos una respuesta mágica o por lo menos queremos una forma de calcular el tiempo que nos tomaría sanar—alguna garantía de que no vamos a sufrir por la eternidad.  El acto del sufrimiento es debilitante y exhaustivo.  Su duración es indefinida. 

      El luto nos causa traumas físicos, emocionales, espirituales y a nuestro ser cognoscitivo.  El pecho y el abdomen nos duelen siempre.  Tenemos problemas para respirar, concentrarnos y pensar.  Experimentamos el aislamiento social y la presión económica.  Los amigos, la familia y los compañeros de trabajo sirven de fuente como consuelo y ánimo o puede que a ellos no les importe o no lo comprendan.  Podemos escuchar nuestra satisfacción por temas vacíos y  clichés insensatos o podemos ser muy afortunados  para descubrir una red de apoyo para tranquilizarnos y ayudarnos.  Nuestra fe religiosa puede estar a prueba mientras luchamos con el pensamiento de cómo algo malo nos pudo pasar.  Por mucho, la muerte puede parecer el único alivio del peso opresivo del dolor. 

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