La ayuda mutua: una respuesta a la vida


 Suicidio Adolescente. Trabajo presentado por Susana Serra, mamá de Sebastián del Grupo Renacer Tandil en las jornadas de Suicidio Adolescente realizadas en la mencionada ciudad.

        La muerte de un hijo no diferencia circunstancias. Tampoco existe un  “dolorómetro” que dimensione cada situación. Enfermedad, accidente, crimen o suicidio son preguntas que la vida nos hace a los padres  sobrevivientes de nuestros hijos. La tragedia nos plantea un dilema existencial : ¿Qué hago? Y es en la respuesta donde encontramos sí una diferenciación, involucrando nuestros más profundos sentimientos y valores.
      En principio, la capacidad de respuesta es casi animal. Todo está a flor de piel. El dolor es total; es anímico, es físico, es espiritual . Duele el cuerpo y duele el alma. Es un dolor intangible, imposible de localizar. Es tan profundo el desgarro que bien puede llamárselo tortura. La razón se posterga al punto tal de sentir que nunca más podremos pensar con coherencia. Creemos enloquecer. El mundo gira alrededor y ya nada tiene importancia.
     Toda lógica natural ha sido trastocada. Sueños, proyectos, vivencias anteriores se alternan con imágenes del momento de la muerte. Hay un antes y un después. Nada, absolutamente nada de lo que suceda en el futuro será igual o parecido. La referencia para cualquier episodio de nuestras vidas futuras será, sin duda, la presencia física del hijo que murió. ¿Estaba él entonces? ¿Ella aún vivía? ¿ fue antes o después de perder mi embarazo? Ellos serán hitos imborrables en nuestras vidas.
     Parados en esta realidad buscamos excusas, evasiones que nos alejen de tanto sufrimiento y nos den urgente una respuesta. Sentimos que nuestro mundo ha estallado en pedazos y  ya nada ni nadie podrá recomponerlo. La búsqueda de respuesta a los porqué se hace obsesiva y tortuosa: ¿ porqué a mí? ¿ porqué a nosotros? ¿ porqué a él? ¿porqué a ella?… Yo tuve la culpa…él tuvo la culpa…si hubiese hecho…si no hubiese hecho…etc…etc. Una espiral de preguntas que crece imparable, insoportable.
     Nuestra conducta es incomprendida. Períodos de euforia alternados con etapas depresivas  llaman la atención de nuestro entorno.  Llanto descontrolado, tristeza, ira, malhumor, desinterés por las personas que nos rodean y más aún por el futuro del mundo. Nuestra vida es entonces esto de aquí y ahora. Esto que no queremos. ” quiero dormirme y no volver a despertarme” ” quiero morirme ahora” ” no puedo soportarlo” ” ES DEMASIADO, TENGO QUE HACER ALGO….” Y es en este “tengo que hacer algo” donde emerge íntegra la esencia humana.
     Cuando  se ha tocado fondo, cuando creemos que ya nada nos importa, cuando  hicimos miles de  preguntas  y no hallamos respuesta,  es allí cuando nuestra espiritualidad  emerge y se manifiesta como la instancia superior del hombre.
     La muerte de nuestros hijos nos ha mostrado la certeza de nuestra propia finitud y la necesidad de encontrar un sentido a nuestras vidas. Entonces ya no somos nosotros quienes preguntamos, es la vida que nos interroga. Ya no es el porque sino si no el para que de tanto sufrimiento.  Y responder significa tomar decisiones libres y responsables,  ya que nadie puede hacerlo por nosotros. En otras palabras: hacernos cargo de  nuestras propias vidas.
        Cuando ingresamos a un grupo de ayuda mutua, por una crisis existencial o por un sufrimiento espiritual, lo hacemos porque NO NOS GUSTA como nos sentimos, o como hemos sido, o como somos en ese momento. Esto implica desde el inicio un deseo consciente o encubierto, de una transformación interior, de ser distintos y sobre todo, mejores  personas  de las que hemos sido hasta entonces.
     La  transformación interior, cualitativamente  orientada hacia lo mejor, se obtiene sólo en el cambio existencial logrado a través de experiencias trascendentales, experiencias  que abren  un camino hacia la espiritualidad., la que se podría definir como un estado de conciencia ampliado, donde permanecen todas las funciones habituales, más otras adicionales y en el que predominan los valores más caros del ser humano: el amor incondicional, la solidaridad, la compasión (sufrir con) y la bondad.
     Cuando se logra salir de uno y sentir satisfacción por el bienestar del otro,  el ciclo de la  ayuda mutua se completa, aprehendiendo y aprendiendo que el hombre se ha completado como tal.  A decir de Víctor Frankl : “ el hombre que se levanta por encima de su dolor para ayudar a otro ser que sufre, trasciende como ser humano”.
 
Suicidio: esa mala palabra
    
     Celebrando el 20º Aniversario de Renacer, en Octubre de 2008, en Córdoba, sus fundadores Alicia y Gustavo Berti creyeron conveniente y coincidimos en redefinir la denominación de los Grupos Renacer. Así, Renacer como “grupo de ayuda mutua para padres que han perdido hijos” quedó superado por “ Renacer: grupo de ayuda mutua para padres que enfrentan la muerte de sus hijos”.
     Y enfrentar la muerte de los hijos implica la aceptación del hecho como tal; sin eufemismos, ni engaños ni resignación. En principio, es habitual que los padres no puedan mencionar la palabra y prefieran llamarla accidente, desgracia o de cualquier otra manera para referirse al suicidio de sus hijos.
     La culpa aparece con mucha fuerza en los momentos iniciales del duelo, emparentada más con la fantasía que con la realidad. La culpa por lo que hicimos o dejamos de hacer, nos detiene en el vano intento de modificar hechos que ya fueron, pensando en lo que podría haber sido en lugar de lo que realmente sucedió, como si así pudiéramos borrar la muerte. El autocastigo nos hace olvidar nuestra condición de padres amorosos atribuyéndonos una desmesurada importancia, partiendo de una reflexión omnipotente, arrogante al preguntarnos: “¿ Cómo yo no pude ser tan perfecto como para…?”. Sólo partiendo de esta irrealidad llegamos a la culpa. Partiendo, en cambio, de la aceptación de nuestra humanidad falible e implícitas limitaciones, reflexionamos sobre nuestros vínculos a la luz de la realidad y vamos mitigando la culpa, equiparando el suicidio con cualquier otra causa de muerte.
      Renacer trabaja también la culpa a partir del reconocimiento de la inevitabilidad del hecho. A la pregunta: ¿Podemos hacer evitable el suicidio de nuestros hijos?  Respondemos que no lo pudimos hacer (tiempo pasado); pero sí podemos  ( presente y futuro) hacer que nuestra vida sea distinta, incluso mejor, elaborando sanamente el duelo. Para ello consideramos indispensables  cuestiones como: no idealizar, ni admirar, ni victimizar, ni juzgar al hijo por su condición de suicida, sino amarlo, respetarlo y aceptarlo aún en  su decisión de morir.
     Así, la actitud que nosotros asumamos será referente no sólo para nuestras familias sino también para toda la sociedad. Por ello, por ellos y por nosotros hoy estamos aquí.
     Muchas gracias.
 
Grupo Renacer Tandil
(02293) 44-7918
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