La facultad más humana es transformar una tragedia en triunfo


“Dice Elisabeth Lukas que el poder para la transformación, que yace en el ser humano, es una capacidad que hoy se aprovecha de manera muy insuficiente; agrega que una psiquiatría muy determinista ayudó para dejarlo caer en el camino. Sin embargo, es una  capacidad inherente al ser humano que fue comprendida y  ricamente utilizada y descripta en la antigüedad por todas  las religiones, y por todos los mitos religiosos.

         El hombre no puede evitar su destino, pero a él y únicamente a él le corresponde decidir con que actitud lo confrontará; sólo suya será la decisión de dejarse arrastrar como una hoja en la tormenta de otoño, o levantarse fuerte como un árbol que se dobla pero no se rompe durante esa misma tormenta.

        La muerte de un ser muy querido es y será motivo de hondo pesar, pero la decisión de morirse con ese ser es únicamente del mismo hombre, como lo será la decisión de caminar con la frente en alto desafiando la adversidad, pues si bien el destino hace las preguntas, siempre le quedará al hombre la libertad de cómo responderlas.      

        Ante la partida de un hijo, a quien difícilmente estaremos preparados para despedir, el dolor es demasiado intenso, desconocido; pareciera que la vida no debería continuar, el tiempo en su eterno fluir se hubiera detenido en un punto en el espacio, un punto de total incredulidad e irrealidad.

        Nadie sabe qué decirnos; todos escapan ante una realidad que no conocen, que siempre han ignorado, que no saben manejar.

        No puede ser, nos repetimos una y mil veces y, sin embargo, es; y debemos seguir viviendo; pero ¿cómo?, nos preguntamos una y otra vez.

        Todo dolor trae consigo una enseñanza y puede llegar a ser una experiencia regeneradora, porque es moviéndonos a través del dolor, explorándolo, conociéndolo, que lograremos llegar más allá de él, más allá de lo inmediato, más allá del materialismo limitante; rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.         

        Son nuestros hijos los maestros del verdadero y desinteresado amor y este sentimiento no tiene reclamos ni expectativas, ni siquiera necesita de una presencia física.

        Y cuando hayamos encontrado la paz y la aceptación, habremos de trasmitirla a los demás, a los que la necesitan, a los que sufren, a los que aún viven en la oscuridad de la desesperanza y la rebeldía.

        Entonces la muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, porque es a través de su partida que el verdadero sentido de la vida se comprende; como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera, ya que el camino trazado hasta ahora no sirve para esa nueva realidad. Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas. Debemos captar el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor.

        La muerte no marca el fin de todo, es sólo una necesaria etapa en la evolución espiritual del hombre, es una parte integral de la vida, la que nos marca el límite de nuestra existencia terrena y nos enseña a apreciarla en su verdadera dimensión para vivirla totalmente, rescatando esa olvidada espiritualidad en nuestro diario vivir para saber prepararnos para que, en el momento de realizar nosotros la transición, saber que no hemos dejado cosas por hacer y en el instante de dejar el capullo, para volar libres de regreso a casa, sepamos que hemos comprendido el mensaje de nuestros hijos, porque hemos dado todo el amor de que fuimos capaces.

        Según Víctor Frankl, el hombre es capaz de levantarse por encima de sus condicionamientos físicos, psicológicos, aun más allá de su experiencia previa, en las alas indómitas del espíritu, y responder en libertad y responsablemente con su manera única e irrepetible, como ser único e irrepetible que es.

        Porque el hombre no es lo que recibe, sino lo que da a la vida.

        El sufrimiento, el sufrimiento intenso, ese sufrimiento que lleva en él la capacidad de aniquilar al hombre, presenta, en cambio, la característica de llevarlo a recorrer un camino existencial distinto por su bidireccionalidad, dado que puede hacer que seres humanos retrocedan a la categoría de entes al padecer un sufrimiento al que no han sabido encontrarle un sentido, pero también puede hacer que otros seres que al haber perdido  la angustia, merced a una decisión  que ya ha sido tomada por el destino y, en ese proceso, adquirir un conocimiento del ser tan intenso, tan profundo, que los lleva a un estado de iluminación, de trascendencia del propio destino.

        No es posible vivir la vida como si nuestros hijos fueran los artífices para arruinar nuestras vidas.

        Su partida es una condición permanente, pero no puede ser permanente nuestro sufrir, debemos decirle sí a la vida.

         Debemos seguir viviendo, es una experiencia renovadora.

         El perder un hijo no puede significar para una persona nada más que destruirse y tirarse a morir en el abandono, tiene que ser un imperativo ético, tiene que ser tan importante, que nos marque el camino, que nosotros queremos seguir, en homenaje a esos hijos, que tanto nos han marcado.

        Y ese camino tiene un solo destino final que es el camino final de humanización.

        Entonces, la partida de nuestros hijos no habrá sido en vano, porque  dejó en este mundo personas mucho mejores de lo que eran cuando ellos estaban.

        La facultad más humana del hombre es la de transformar una tragedia personal en triunfo.”

                                                   Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti

Este es un aporte a la difusión del pensamiento de Renacer, a través de la palabra de los

  creadores de los Grupos Renacer, Alicia y Gustavo Berti, julio de 2010.

Ulises, Ana y Enrique

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