20 años después de la partida de Enriquito


Por Enrique Conde.

 

¡Cuán cierto es que nos van a seguir pasando cosas¡ ¡Cosas tremendas a veces…!

. El 19 de marzo de 2014, inesperada y casi repentinamente, Ana dio el gran “salto cósmico” y fue a unirse a Enriquito.

Entonces, apenas habían pasado ocho días de haber cumplido 60 años de habernos conocido, el 11 de marzo de 1954; cuando ella tenía 20 años y yo 24 años.

Volvimos a recordar que ese día yo le había dicho: “Quisiera decirle algo que usted ya sabe…”

Para todos siempre fue un   secreto aquello que le dije, secreto que cada 11 de marzo, durante sesenta años recordamos, con cariño, año tras año.

Ahora mis últimas palabras, dichas a su oído, fueron: “Ana quiero decirte algo que tú ya sabes: TE AMO.”

Testimonio de ese amor es una carta que le escribí el 13 de mayo de 1973, carta que había olvidado y encontré, providencialmente, buscando otro papel, unos diez días antes de su partida.

Allí le decía:

“Muchas veces me he preguntado ¿por qué Dios te puso en mi camino? Yo sé que tú te lo has preguntado muchas más veces.

Me parece tener una respuesta: Dios te puso en mi camino para beneficiar mi evolución y la tuya.

Te encontré en un momento de mi vida muy importante, con la amargura de vivir en un hogar semidestruido, con una carrera a medio terminar, decepcionado de muchas cosas y tú me diste fuerza para continuar mis estudios, tú me devolviste el sabor dulce del hogar, tú me ayudaste a sobrellevar mil y una circunstancia que pudieron ser trances difíciles que comprometieran mi propósito de evolucionar positivamente.

Dios te puso en mi camino para preservar mi integridad espiritual y algún día pudiera encontrar el camino de la evolución conscientemente.

De no haber estado tú a mi lado quien sabe cuál sería hoy mi propia existencia.”

Enrique

Ella vivió 80 años, que no todos pueden llegar a esa edad sintiéndose feliz.

La gente no podía creerle cuando ella decía que nunca nos habíamos peleado, que nunca estuvimos ni un minuto disgustados o sin hablarnos ni nunca decirnos adjetivos, epítetos o palabras hirientes y agregaba “yo me volvería casar con Enrique”.

Y el día que nuestra hija Anita se casó le dijo: “Te deseo que seas tan feliz como yo.”

El primer día de su partida, quise encerrarme sólo en casa, sin más que la presencia de Ana en mi corazón, para llorar toda la rabia que imaginar se pueda por su ausencia.

Así ahuyenté en mí la rabia contenida por las vacilaciones e inseguridades médicas, que no encontraban un diagnóstico para encarar su tratamiento y por el trato inhumano en 38 días de internación.

A partir de ese día, amparado en las palabras de Alicia, que nos dice: “uno aprende en Renacer que es lo que nos ayuda a seguir viviendo una vida plena de sentido”, comprobé, que gracias a Renacer, no me hice ninguna de las preguntas sin sentido, ni respuestas, habituales en estos casos de: ¿por qué a mí? ¿por qué a ella?, ni aquellas de ¿si yo hubiera…? etc.

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