La respuesta del hombre al sufrimiento yace en la trascendencia.


 

Hemos mostrado los senderos, propuestos desde la Logoterapia, que conducen hacia el sentido inherente en las crisis existenciales, que llevan hacia los valores creativos, experienciales y de actitud. Así también hemos visto cómo estos tres senderos se funden en uno solo cuando el hombre doliente se encuentra, rostro a rostro con Otro como su par que en su tragedia lo reclama. En estas circunstancias el hombre intuitivamente conoce que “no vale la pena perder tiempo derribando vallas” (emociones que supuestamente lo condicionan) cuando se puede saltarlas para ayudar al hermano que sufre, y al saltarlas se da cuenta que se levanta por sobre sí mismo, que verdaderamente existe y en ese proceso trasciende su existencia inauténtica en su camino hacia el ser auténtico, y también trasciende su existencia fáctica (corporal y psíquica) dándole alas a su espíritu para este salto de libertad. Pero al mismo tiempo, y arrastrado por el sentido, que espera por él ser realizado, en ese mismo salto que paradójicamente lo conduce, no sólo al Otro, sino al ser, su propio ser, desaparece la angustia existencial, pues la nada se desvanece en la plenitud del sentido.
Hemos avanzado la hipótesis de que todos los grupos de ayuda mutua son, desde su inicio mismo, grupos de “transformación interior” lo que nos ha llevado a plantear la forma en que un grupo puede ayudar más adecuadamente a un integrante a llegar a ese estado de conciencia ampliada que llamamos espiritualidad, y nos hemos preguntado si esto se logra haciéndole reflexionar y analizar continuamente las emociones y sentimientos que se originan en este momento histórico de su persona, o abriéndole su horizonte de libertades (posibilidades) y ayudándole de esta manera a encontrar su nuevo momento histórico, su nuevo modo del ser, en ese, su viaje por un nuevo territorio, sólo que esta vez acompañado y ayudado por sus compañeros de destino.
Parece evidente que al hombre que tiene que hacer su viaje por la vida con un platillo de la balanza sobrecargado por las realidades que el destino, ya sea biológico, psicológico o circunstancial le ha deparado, la mejor forma de ayudarlo no es alivianar ese platillo ( hecho de por sí imposible de llevar a cabo), sino cargando el platillo de lo que él ofrece a la vida mediante la realización de posibilidades cualitativamente mejores, en otras palabras, de la realización de las posibilidades de sentido, entendiendo por sentido aquella opción que cumple la triple condicionalidad de ser bueno para la persona, ser bueno para los demás y ser bueno para la vida misma.
Hemos observado que el primer paso en este largo y difícil camino que los
grupos de ayuda mutua ofrecen ha sido aprender nuevas maneras de comunicación que partan desde lo mejor de cada uno hacia lo mejor del otro. Y lo mejor de cada uno es ese amor que aún tenemos por la vida, por Dios, por nuestros seres queridos o por uno mismo, puesto que si los corazones estuviesen resecos, sin amor alguno, nadie estaría en un grupo, y esta pasión es humilde y es desapegada y es autorrenuncia. Estos tres fenómenos humanos han estado larvados en la existencia en la mayoría de los integrantes de los grupos, y reflejan la autotrascendencia humana. Hemos llegado así a “descubrir”, a desocultar que la respuesta del hombre al sufrimiento yace en la trascendencia, y se hace evidente una conclusión más: el sufrimiento no puede ser curado, ni resuelto, ni elaborado, el sufrimiento sólo puede ser… trascendido.

Alicia y Gustavo Berti

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