Pequeñas y grandes cosas que ayudan a quien ha sufrido una perdida.


Aporte de Daniel Maratta, San Juan, Argentina.


Pedir ayuda especializada. Una de las primera actuaciones  a realizar es recurrir a un profesional especializado (medico, psicólogo, psiquiatra o terapeuta) que sea de nuestra confianza o que nos haya recomendado alguien en quien confiemos.

Llorar. Las lágrimas consuelan el alma. Los niños, después de llorar mucho, suelen quedar plácidamente dormidos. Llorar es bueno y, entre otras cosas, nos permite reír en otros momentos.

Gritar. Es una forma de liberar la agresividad y la rabia que nos produce la situación. Si los gritos se acompañan de golpes en la cama con un palo contundente, mucho mejor.

Buscar el bienestar. No negarse nada de lo que nos gusta, aunque al principio cueste un esfuerzo enorme. Hay que evitar los  ¿para qué voy a comer, sino tengo hambre?, o los  ¿para qué voy a ir al cine, sino me importa nada? Es una actitud comprensible, pero hay que intentar hacer lo contrario. Comprar los alimentos que más nos gusten y acompañarlos con un buen vino y una mesa bien puesta. Celebrar, aunque sea de forma muy íntima, todo lo celebrable. Recuperar, poco a poco, el bienestar que proporciona leer un buen libro, escuchar música, ir a una conferencia o contemplar una exposición. Hay que intentar superar el sentimiento de negación de la propia vida. Quedarnos solo  con lo malo no nos ayuda. Es un mal negocio.

Acercarse a la naturaleza. Es una obra perfecta que armoniza. Mirar el mar, el horizonte, sentarse encima de una roca, tomar el sol, respirar hondo, andar descalzos por la arena, pasear por el bosque y abrazar los arboles  nos da energía. No hay que desperdiciar nada que nos favorezca, y los recursos naturales son muy extensos.

Expresar verbalmente los sentimientos. Hablar de lo sucedido con las personas que puedan aguantar nuestro dolor, que nos permitan explicarles lo que sentimos, nos ayuda mucho a clarificar nuestras emociones. Y, al mismo tiempo, les da la posibilidad de crecer con nuestras experiencias. Porque tarde o temprano todos tenemos que enfrentarnos a la muerte.

Compartir el dolor con el resto de la familia.  Padres e hijos tienen que hablar juntos de lo que sucede. Hay que preguntar a los demás como se sienten y viven la experiencia de la muerte. Aguantar el dolor de los hijos, en vez de eludirlo. Respetar sus silencios y escuchar sus angustias. Construir los puentes necesarios para que nadie se encierre en su propia burbuja, sobre todo los niños. No negar lo que sucede. Se trata de apoyar al otro para que pueda dejar  fluir su estado de ánimo. No tiene por qué haber un tema tabú.

Ser bondadoso con uno mismo. Tenemos que perdonarnos, mimarnos y querernos como nuestros propios hijos. Ofrecernos lo mejor en cada momento. ¡Somos tan pequeños ante la complejidad de la vida…!

Conectar con nuestro interior. La introspección es intrínseca al duelo, al menos en mi caso. Para mí es un tiempo de reflexión que hay que vivir a fondo. Todos los errores, todas las virtudes y todas las respuestas están en nuestro interior. Por eso hay que estar atento a uno mismo. Sin miedo a lo que podamos descubrir o encontrar. Es un buen momento para deshacerse del lastre que arrastramos.

No negar el estado de ánimo. Unos días vamos a estar peor, y otros, mejor. Hay que dar tiempo al tiempo y dejar  fluir lo que sintamos sin oponer resistencia. Si nos levantamos tristes, demos la bienvenida a la tristeza, sin oponernos a ella: es un buen preámbulo para que se desvanezca. Hay que dejar salir el humo negro, a su ritmo.

Confiar en todo lo que pasa. La frase de Santa Teresa es muy reconfortante: Que nada te angustie, que nada te inquiete. Todo pasa, solo Dios no se muda y la paciencia  todo lo alcanza. Dicen que, en cierta ocasión, Jacqueline Kennedy salía de su coche y un viandante le reprobó a gritos su relación con Aristóteles Onassis. Ella se quedó parada, sin decir nada, hasta que el hombre se cansó de increparla y se fue. Entonces, Jacqueline le dijo a su chofer: Ya lo ve, todo pasa

Superar el egoísmo. Al morir  un ser querido es natural sentir nostalgia, rabia o sentimientos similares. Pero los reproches del tipo  ¿Porque te has ido? o,  si estuvieras aquí todo sería perfecto como antes, no nos conducen a nada. Los que se van de este mundo están siguiendo su camino. Y los que nos quedamos debemos aprender a vivir sin su presencia física. Ellos no son responsables de nuestra vida, ni nosotros podemos otorgarnos un derecho absoluto con respecto a las suyas. A veces le digo a mi hijo: No te preocupes por mí, cariño. Tú, a lo tuyo, que yo ya procuro estar bien.

Conectar con el amor. Es la única manera de abrir el canal que nos comunica con los que se encuentran en otra dimensión. Ellos vibran con la frecuencia del amor, y nosotros debemos intentarlo.
Es una moneda de cambio que les permite ayudarnos. A cambio, nosotros los llevamos en el corazón. Actuar con amor significa dar lo mejor de nosotros, sin esperar nada, y buscar el lado nuevo de los demás y de cualquier situación que vivamos. No desear nada y aceptar lo que venga, sin resignación, con conformidad, que es distinto.

Evitar fugas de energía. En la medida de lo posible es necesario que nos alejemos de las situaciones y personas que nos quitan energía. El dolor desgasta muchísimo por sí mismo. Por eso debemos actuar “sin piedad” contra todo lo que nos consuma, nos deje agotados, sin ánimo ni  fuerzas, o nos produzca malestar. Hay que aprender a decir no a familiares y amigos, o los trabajos que nos empobrecen en el sentido espiritual de la palabra. Es una cuestión de supervivencia. No se trata de ser groseros. Si sospechamos que no nos van a entender, siempre encontraremos una excusa oportuna o una mentira piadosa que nos auxilie. Y en muchas ocasiones basta con la sinceridad.

No crear atajos para eludir el dolor. Todo lo que se intenta ignorar queda en el inconsciente, y tarde o temprano resurge de forma más incomprensible y violenta. El sufrimiento y el dolor se deben vivir a  fondo, negarlos o enterrarlos antes que desaparezcan es peor. Muchas enfermedades, y no solo la depresión severa, tienen como origen una emoción reprimida. Además, tanto el dolor como el sufrimiento tiene su parte buena: humanizan y refuerzan. La rumba de aquí, que solo la canten los que se levantan después de arrastrarse, cantaba Gato Pérez.

Aceptar los cambios. La vida cuenta con infinidad de variables y es cambiante por definición. Nada es para siempre, todo se renueva constantemente. Este es un principio inmodificable que no tenemos más remedio que aceptar. Pero no basta con saber que es así; además hay que comprenderlo. La resistencia a los cambios que nos depara la vida tiene un efecto nocivo: nos desarmoniza. Para navegar por la existencia hay que ser un buen surfista. Subirnos y movernos al ritmo de las olas, de los cambios, es la única manera de llegar a la orilla sin caer. Esto implica un entrenamiento constante, y contar con la certeza de que solo cayendo muchísimas veces es posible llegar de pie hasta el final. Si no insistimos y renunciamos ante los primeros reveses, nunca aprenderemos el arte de vivir. Los budistas saben mucho acerca de esto.
(Extraído de Internet)

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