Por el amor a nuestros hijos.


Por Juan Francolino, Revista Informativa de Renacer Buenos Aires, Número 12, Diciembre de 2006


Llegamos al mes 12 del año, diciembre,  en los medios van a empezar con los habituales balances de fin de año.
Siempre me molestaron estos balances y muchas veces me pregunte el porque. Encontré la siguiente respuesta:

“El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.”[1]

Y cada uno de nosotros podrá repasar los 12 meses del año y a cada uno de ellos darle un sentido. Seguramente no resultaron lo que esperábamos.

Esperábamos, esperamos. Las cosas rara vez resultan como esperamos. Quizás porque:

“… así es  cómo suele suceder en la vida : el hombre cree que desempeña su papel en determinada obra y no sabe que mientras tanto han cambiado el decorado en el escenario sin que lo note y sin darse cuenta se encuentra en medio de una representación completamente distinta.”[1]

Si vamos a ver una película esperando que sea tal o cual cosa, luego diremos: “La película no era lo que yo esperaba” y no nos permitiremos disfrutar de las cosas buenas que la película podía tener, y saldremos decepcionados sin poder valorar objetivamente si la película era buena o mala.

Y nosotros no esperábamos perder un hijo  y sin embargo estamos aquí aprendiendo a transitar nuestros caminos y quemando etapas  para  llegar a aceptar nuestra perdida.

Hay que cambiar la palabra esperar por aceptar y partiendo de la aceptación transformar nuestra realidad, trabajar para mejorar o reemplazar las cosas que no son como esperábamos.
Y llegan las fiestas, Navidad, Año Nuevo,  Reyes. Esas fiestas que alguna vez fueron divertidas y alegres y hoy, para muchos, son tristes y temidas.

Pero  son nuestros hijos que, desde el recuerdo,  desde el amor  y desde el lugar que ocupan en los corazones de todos los que la quisieron, quien nos dará la paz necesaria para seguir para adelante en esta vida con un futuro incierto y a la cual, en ocasiones, no le encontramos sentido. El sentido de nuestras vidas no se encuentra, nosotros le damos sentido a la vida. No es lo que nosotros esperamos de la vida sino lo que la vida espera de nosotros.

Gracias por acompañarnos siempre.

En estas fiestas levantaré una copa miraré al cielo y brindaré por  ustedes mis  queridos amigos.

Por el amor a nuestros hijos.


[1] Kundera Milan, “El libro de los amores ridículos”, Grijalbo, Barcelona, 2000

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