EL ROBLE


Aporte de Alicia Toniatto

Cuando pienso en la palabra belleza mi mente vuela a un viejo árbol que estaba en nuestro jardín. Yo tenia 5 o 6 años cuando lo noté por primera vez. Ese fue el verano en el que aprendí a treparme y sentarme en los brazos del viejo roble. Según recuerdo, ese año comencé la escuela, me admiró el súbito cambio que había tenido mi árbol. El roble de verdes hojas se había tornado repentinamente rojo. Me quitó la respiración, me senté en sus ramas esa tarde como cualquiera se sentaría al lado de un amigo convaleciente. Estaba maravillado por los colores y encantado por el perfume de la naturaleza en transición. Casi no podía llegar a casa cada día para ver mi árbol. Sus cada vez más profundamente coloridas hojas tapizaban el césped, mientras las ramas se desnudaban ante los cielos grises.
Ese árbol atravesando sus preparativos para el invierno, me presentó un despliegue de belleza, el cual, hasta este día aún me complace. Y en cada asomo del otoño llega a mí y yo a él. La verdad sea dicha, siempre hubo un dejo de tristeza en mis pensamientos en torno al árbol, perdiendo sus hojas de esa manera. Con frecuencia me preguntaba qué obtenía a cambio, ¿valía la pena la transición? Y entonces un día, no hace mucho, me encontré con un artículo en una revista de naturaleza: “Es probable que pensemos que el clima frío mata las hojas de un árbol y que toma es descanso del invierno para recuperarse de este trauma debilitador. Al contrario, lo que sucede es esto: ante la cercanía del clima frío todos los nutrientes de las hojas corren al tronco del árbol para ser almacenados ahí. Este protoplasma evacúa las células de cada hoja, y cuando se ha ido la última gota (la hoja) que es sólo el envase de nutrientes pasados, puede volar en la primera brisa de la tierra. Por lo tanto, es en el invierno cuando el saludable árbol restaura sus jugos y recupera sus fuerzas, y se prepara para la promesa de la primavera”
Podemos aprender mucho del roble. La naturaleza muestra sus lecciones ante nosotros y nos suplica que lo notemos. Cada uno de nosotros somos el roble, y el desconsuelo es nuestro frío de invierno. Nuestros seres amados se van de nuestro abrazo y nos separamos como la hoja del árbol.
Sean como el roble, nos dice la naturaleza. Él pierde sus hojas pero se lleva su esencia para adentro. Su vida es su nutriente, su historia se convierte en su fuerza y esa se vuelve la armadura en contra del capricho del mañana. ¿No es una imagen de absoluta belleza?, El roble se hace más fuerte en la pérdida y encuentra la belleza en las temporadas de cambio.
RAYMOND ZWERIN del LIBRO “APRENDIENDO A DECIR ADIOS”
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