El suicidio de un hijo


Pilar Tavarone – Pipina (mamá de Daniel) 24/04/1994


Quiero compartir lo que escribí al poquito tiempo que murió Daniel y que ayudó a muchos papás (así me lo hicieron saber) que pasaron por la muerte por suicidio.

“No dejes de marchar cuando no hay caminos,
Deja que tus pies abran el tuyo.
Ni te detengas cuando se haya hecho oscuro.
Ilumina tu andar con la luz que hay en ti mismo”
René Trossero

Daniel se suicidó el 24 de junio de 1993.

Por momentos me parece que fue ayer y otros que ha pasado una eternidad.

¡¡Qué cierto es que “para la mente nuestro hijo muere una vez, pero  para el corazón muere mil veces”!!!
A los pocos días conocí al Grupo Renacer y allí aprendí a dar los primeros pasos de este duro camino. De la mano de los papá de Renacer recorrí y aún recorro este camino, el camino de la vida, el camino que a Daniel le llevó 28 años transitarlo, a toda prisa, dejando tras de sí una huella imborrable e infinidad de mensajes que debí ir descubriendo,  por mí misma.

Por lo tanto, lo respeté con el corazón hecho trizas y eso me salvó de mi destrucción como persona. Reconociendo mi imperfección humana, acepté que ni mi profundo amor podía retener a mi hijo a mi lado.

Aprendí a través del poema de Ana María a su hijito Juan Gabriel, que mi hijo…”me está esperando del otro lado del río…”

En un momento lo acepté como una decisión de Dios de llevárselo a su lado, pero Alicia me enseñó que aunque Renacer no comparte el suicidio, lo acepta como la decisión más difícil que nuestros hijos han tomado y que debe haber una razón muy importante para que lo hicieran,… y esas palabras martillaron mi mente por mucho tiempo.

¿Por dónde empezar? ¿Por dónde buscar? ¿Cómo salir? ¿Por qué pasó?… y finalmente ¿Para qué pasó?
Si dimos hijos a la vida debemos saber que tienen todo el derecho, como seres únicos e irrepetibles, igual que todos nosotros, que sus decisiones sean respetadas y aceptadas y desechar la idea de que lo hicieron para castigarnos.

Aún cuando en Renacer no se toma la causa de la muerte de nuestros hijos como algo más o menos importante o doloroso (ya que todas las muertes son trágicas) el suicidio tiene tras de sí un manto de oscuridad que la hace tal vez menos soportable.

Viktor Frankl nos dice que el suicida, aún sin saberlo, tiene una esperanza y es la esperanza de vida tras la muerte.

Si creemos en un Dios misericordioso, amoroso y bondadoso, debemos pensar que están bajo su amparo y sólo aceptar la libertad que tuvieron nuestros hijos de quitarse la vida, aunque se nos destroce el alma y el corazón estalle en mil pedazos. Siempre queda la posibilidad de saber que debemos perdonarlos y perdonarnos por nuestras limitaciones e imperfecciones humanas y no sentirnos víctimas del destino. El perdón nos ayuda a aceptar que ambos actuamos como mejor podíamos y sabíamos en ese momento.

El camino de la recuperación es doloroso pero posible, real y auténtico.

Al principio no encontré respuestas a todas las preguntas que todos nos hacemos. Sí las hallé cuando cambié mi actitud ante la vida, dejando de mirarme el ombligo y empecé a  responder con mis actos, tratando de entender y comprender el dolor de otro papá, sabiendo que había hecho todo lo mejor que podía y que ni siquiera mi amor inmenso podía modificar la decisión de Daniel.

A veces nos sentimos tan omnipotentes que creemos ser los dueños de la vida de nuestros hijos y no aceptamos que tomen decisiones sin nuestro consentimiento; pero es nuestra obligación, sobre todo en el caso del suicidio, aceptar el hecho como algo que no se puede modificar.

Para mí todo lo que me decían me parecía imposible que algún día pudiera aceptarlo, pero como dice Norita “seguimos adelante con la terquedad de la esperanza” y así ese día llega, con paciencia, voluntad, amor, sin desesperarse ni paralizarse. Lo peor que puede sucedernos es que el miedo nos paralice: debemos enfrentarlo, como debemos enfrentar la palabra muerte o suicidio.

En esta sociedad tan exitista, en la que estamos educados para nacer, crecer, reproducirnos, envejecer y morir, la muerte de un niño o joven es un fracaso, un tema tabú del que no se habla a menos que nos toque muy de cerca y más aún si el motivo de la muerte es el suicidio.

Es por ello que somos nosotros los que debemos comprender a quienes no han experimentado esta crisis tan dolorosa, devolviendo a la vida actos positivos y aceptar la muerte como una amiga que nos acompañará por el resto de nuestra vida, pero que nos da la oportunidad de rescatar todo ese interior espiritual o esa “fuerza indómita del espíritu” de la que habla Viktor Frankl.

En el caso del suicidio el sentimiento de culpa se hace más lacerante, ya que nos queda la sensación de no haber hecho o dicho lo suficiente. Debemos asumir sin culpas, pero siendo conscientes que si hemos cometido algún error, debemos de alguna manera remediarlo, cambiando nuestra actitud ante la vida, viviendo con responsabilidad, sabiendo que este sentimiento de culpa es tan irreal como la capacidad de prevenir la muerte.
Debemos reconocer los límites de nuestro poder personal, ya que no podemos optar en lugar del prójimo y no es justo juzgar lo que hicimos en el pasado a la luz de lo que conocemos hoy.

Detrás de todo suicidio hay una patología, una enfermedad mental que muchas veces no ha sido diagnosticada, por lo que hace más difícil entender tremenda decisión, y que para una mente alterada una situación dramática se vuelve desesperada cuando se renuncia a la esperanza de que las cosas pueden cambiar o solucionarse.
El suicidio no es una decisión puramente intelectual, sino un conjunto de impulsos que interponen entre la persona y su crisis el abismo de la muerte, como una liberación.

El duelo por suicidio es uno de los más difíciles de superar, por lo traumático y trágico del hecho, ya que conmociona todo nuestro mundo emocional, religioso y moral.
Ante tan duro golpe hay que ser muy valiente para no sumergirse en la negación y rechazo de lo evidente, para poder vivir sana y plenamente hay que enfrentar y aceptar el hecho doloroso, ya que lo que no se asume no se supera y así se prolonga el sufrimiento.

Este volver a pararnos frente a la vida dignamente es un homenaje a nuestro hijo, es un responder a la vida con la convicción que ésta vale la pena de ser vivida con la responsabilidad de dar una respuesta honesta, tratando de reconocer errores y lo más importante, cambiar la actitud para no volver a cometerlos.
Con la convicción que mi hijo me espera en el futuro, en algún bello lugar, no detenido en el pasado, que me ilumina el camino, que me indica por dónde transitar, con las manos y el corazón dispuestos a entregar todo el amor que como maestros nos dejaron como legado.

No es arrogancia sino más bien orgullo, si digo que recorrí este camino a los tropiezos pero con dignidad y que recuerdo cada día a Daniel con inmensa alegría.
Aprendí que debemos saber que cada uno tiene la libertad de tomar o dejar lo que la vida nos brinda: dolor y alegría, llanto y risa, soledad y compañía, rechazo o aceptación. En definitiva oscuridad y luz, peligro y oportunidad.

Opté por darme la oportunidad de vivir la VIDA, (sí, con mayúsculas) consciente de cada día vivido con responsabilidad y dignidad. Opté por recorrer el camino señalado por el suicidio de Daniel, amenazador y oscuro en un principio, pero ahora iluminado por la decisión de recorrerlo como persona única e irrepetible.
Una vez que se tenga el coraje de poner el sufrimiento, la sensibilidad y la compasión al servicio de los demás, se habrá descubierto la clave para ayudarse a sí mismo, logrando hacer prevalecer la vida de nuestros hijos por encima de su muerte.

Sinceramente ¡vale la pena!!!

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