CARTA A QUIENES HAN PERDIDO HIJOS


         Hoy, 19 de marzo, se cumple un año que nuestra querida y dulce Ana, dió el gran salto cósmico para unirse a nuestro hijo Enriquito.

       En su homenaje queremos difundir hoy el texto de una carta que en nuestros primeros pasos en Renacer, conjuntamente con Ana, preparamos para quienes han perdido un hijo.

 “Buceando en nuestro aljibe” – Reflexiones de Enrique y Ana Doris Conde sobre Renacer


         “Querido papá o mamá:

          Hasta hoy, no sabíamos nada de ti, sin embargo hoy, sin haberte visto, podemos leer en tu alma.

          Pocos saben de la angustia de perder un hijo o una hija.

          Sabemos que acuciarán los ¿por qué?… ¿Por qué a él o a ella?; ¿Por qué a mí?; ¿Por qué ahora?; ¿Por qué no a mí?… y muchos otros que quedan todos sin respuesta, pero te asaltarán a cada instante y te robarán el sueño.

          Nunca tendrás respuestas a esos ¿por qué…?

          También vendrán otros pensamientos… si yo hubiera…; si yo no hubiera…; si él o ella hubiera…

          ¡Ya no existen esos hubieras!

          Tú le diste lo que tu cariño sintió que debías darle, el resto no está en tus manos, ni lo estará, por siempre.

          Así son los hechos.

          La razón es esquiva a aceptarlo, pero lo debes aceptar con el corazón, pues como dice Blas Pascal “El corazón tiene razones que la razón ignora”

          Es en el corazón que debes alojar a tu hijo o hija y, entonces, verás que allí tiene un lugar y en ese lugar renacerá para ayudarte a superar esta adversidad, que es la más grande de las adversidades que puede soportar un ser humano.

          Pero también es, como toda adversidad, como toda dificultad, un nuevo campo de experimentación, del cual no podrás ya sustraerte.

          No importa donde creas que está, estará por siempre también en tu recuerdo, en tus actos, en tus triunfos y en tus fracasos.

          No hagas, en su homenaje, que tu vida se vaya con su vida, por el contrario, haz que tu vida florezca en su homenaje.

          Te aseguramos que es posible.

          Desde lo más remoto de los tiempos, el hombre ha buscado desentrañar los misterios a que la vida nos enfrenta.

          Quizá esos misterios estén ocultos a la  percepción humana, tras la propia naturaleza de su manera de percibir.

          La ciencia se ha preocupado, fundamentalmente, de  buscar la explicación de los fenómenos tangibles, aquellos que se manifiestan a los sentidos y entonces se ha centrado en lo que se puede medir, evaluar, demostrar, predecir, haciendo  caso omiso a todo lo que nuestra mente percibe como intangible y lo rodea de misterio.

          Cuando enfrentamos un infortunio, éste  tiene una dimensión mayor en el  propio mundo interno, que en el mundo material.

          La angustia, el dolor y la pena, son siempre más abarcadores que la satisfacción por los deseos materiales cumplidos.

          Por eso, cuando se logra superar un obstáculo, uno se da cuenta que su mundo interior posee una fuerza vital que le permite enfrentar todas las dificultades, transformando un hecho negativo en fuente de energía interna.

         La historia está signada por ejemplos de esa naturaleza.

          El general macedónico cuyas tropas habían arrasado  la ciudad, destruyendo el hogar del filósofo griego Stilbo de Megara, matando a su familia y a sus amigos, le preguntó irónicamente, ¿qué has perdido? y éste contestó: “Nada he perdido, pues llevo conmigo todo lo que es mío”.

          Y el escritor John Milton, cuando quedó ciego, dijo: “El verdadero infortunio, es no saber sobrellevar un infortunio”.

          “Sólo quien ha vivido en carne propia  el sufrimiento del invierno, puede gozar de los frutos de la primavera”, afirmó el filósofo suizo Carl Hilty.

          “Nunca la primavera deja de suceder al invierno”, dice la filosofía oriental.

          Así pues, las piedras que encontramos  en el camino, que nuestra mente ve como montañas o precipicios, pueden, en virtud  de esa fuerza vital interna,  transformarse, si aprendemos la lección de que los obstáculos son un motivo para superarnos, antes que para desesperarnos.

          A partir de ahí, podemos comprobar que detrás de cada muralla, detrás de cada obstáculo, detrás de cada barrera, detrás de cada montaña, hay un paisaje.

          Y ese paisaje será como nosotros queramos que sea, oscuro o brillante, todo depende de nuestra fuerza y de la determinación que pongamos en ello.

          Ese es el hálito que nos permite trascender.

          Para trascender el infortunio de la ausencia de un hijo no existen edades, ni tiempos, ni espacios; tampoco  ámbitos sociales o religiosos, pues lo que se aloja en el corazón no está sujeto a esas dimensiones, todo se resuelve en el ámbito individual de la comprensión, del afecto, de la empatía, que se sustenta en la esencia, no importando las circunstancias.

          Debes, si los tienes, abrir el corazón a aquellos  otros hijos, que  siendo, también,  hijos de nuestra propia vida, nos acompañan y requieren el afecto, que, a veces, nuestros ojos nublados por el ayer, olvidan dispensarles en el hoy.

          Trascender, es comprender y sentir que estamos vivos y que por estar vivos, viven también en nosotros, nuestros hijos.

          Trascender es despertar a la espiritualidad en este  mundo teñido por el deseo de lo material, que se desvanece frente a la percepción de la espiritualidad, a que te enfrenta esta circunstancia.

          El mundo circundante, por la cultura en que estamos inmersos, quizá se aparte de ti; no sabrán que decirte, no querrán herirte; no te comprenderán.

          No te comprenderá mientras sufres, ni te comprenderá si trasciendes tu dolor.

          Quien no haya vivido, este dolor no lo puede entender… es nuestro el deber de demostrar al mundo, que para nosotros también el mundo sigue andando, que podemos levantar una copa, sonreír, recibir llamadas telefónicas y tarjetas para Navidad o Año Nuevo, porque hemos resuelto que nuestra vida aún no ha terminado.

          Trascender es dar  con humildad, es dar con la mano extendida, llevando consuelo a quien sufre la misma pena.

          Trascender mientras aún sientes el fuego de la lágrima incontenida… sin esperar a encerrarte en un dolor sin esperanza.

          Esperanza es lo que hemos encontrado en “Renacer Uruguay”.

          El Grupo “Renacer”, de Padres cuyos hijos han partido de la vida física, es un conjunto de seres sensibles a las circunstancias de la vida, que buscan, por medio del diálogo  y la comprensión, hacer que la dificultad  a que la vida  los enfrenta, se transforme en motivo para la superación individual.

          Encontrar en uno mismo la fuerza para superar  adversidades y volcarla en procura de un acercamiento humano  a nuestros semejantes, es el mejor homenaje  que podemos hacer a nuestros hijos.

          Descubrir su latir  en nuestros corazones resulta una ofrenda de amor mutuo, que mitiga su ausencia física y acrecienta el valor de su presencia espiritual.

          A partir de ahí, cada uno puede encontrar una armoniosa conjunción  que le permita volcar  hacia quienes sufren idéntica pena, el bálsamo de la comprensión, la amistad y una misión a cumplir.

          Misión que llena de paz al corazón, ahuyentando la pena y la angustia, mientras se siente  la presencia de quienes nos inspiran en esta hora.

          El filósofo alemán Friederich Nietzsche dijo:

          “¡Que en lo sucesivo, no sea tu propósito el sitio de donde vienes, sino el lugar al cual te diriges!

          El pie que desea adelantarse más allá  de donde te encuentras, ¡ese ha de ser tu nuevo propósito!”

          Ese debe ser nuestro propósito y nuestra esperanza.

          Tuvimos la oportunidad de integrarnos a ese grupo de padres, que enfrentan una nueva vida con altruismo, tratando de llevar calma y tranquilidad a aquellas almas sacudidas por una pérdida idéntica a la que cada uno de nosotros ha debido enfrentar.

          Existen madres y pa­dres con esa fuerza dinamizadora, que con generosidad y altruis­mo, están dispuestos a trasmitir a sus semejantes esa fuente de vitalidad, que cambia el enfoque con que nuestra cultura está acostumbrada a encarar los obstáculos que nos presenta la vida, llevando, como el Buen Samaritano, el bálsamo, para aquellos corazones que han sido sacudidos y ansían la paz espiritual.

          La solidaridad, el afecto y la comprensión que emanan de sus integrantes, hace que luego de conocerlos compartiéramos su lucha y su trabajo, sabedores de que esa actitud es la mejor ofrenda que podemos hacer a nuestros hijos.

          Por su causa, gracias a ellos, en nombre de ellos y por ellos, podremos acercar bálsamo para el dolor de otros seres, que también pueden renacer, haciendo surgir esa fuerza vital inherente a cada ser humano, que inunda el universo, y de la cual, junto con nuestros hijos, somos parte inseparable, en el tiempo infinito y en el espacio intangible reservado al amor.”

                                                                         Ana y Enrique


Sustituye, por marzo corriente, al envío que habitualmente se emite el último viernes de cada mes. Hoy 19 de marzo de 2015, con el recuerdo más dulce que pueda existir para nuestra querida y duce Ana, Ulises, Anita y Enrique.   De Renacer Congreso – Montevideo, Uruguay “Por la Esencia de Renacer”  

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