LAZOS QUE UNEN A PADRES, HIJOS Y HERMANOS


Es frecuente escuchar decir que la muerte de un hijo es la primera de una serie de pérdidas. Eso no es tan así. Desde el nacimiento, los seres humanos están sometidos a múltiples pérdidas (nacemos y perdemos el vientre materno). La muerte de un hijo es la pérdida más brutal, ya que se asocia y retrotrae otras pérdidas anteriores. Si los padres han vivido mal aquellas pérdidas, probablemente vivan esta con mayor dificultad. La “avalancha” de dolores sobreviene si no se ha conectado con el dolor antes, y es la muerte la que los enfrenta obligatoriamente con el dolor.
Las recriminaciones y las culpas pueden producir divisiones en los padres, pero si ellos son capaces de encontrar un nuevo sentido, una nueva motivación, una luz que los movilice, que les dé futuro, podrán tolerar esta traumática experiencia y generar una nueva propuesta de vida.
También es habitual que los padres idealicen al hijo que murió. Esto se produce porque lo más conflictivo en la relación tiende a olvidarse, para preservarse lo más grato; porque se necesita idealizar para que no aflore nada de lo negativo que alguna vez se sintió, para que no aparezcan los aspectos agresivos que, a juicio de los padres, pudieron haber dañado al hijo que murió. Pero es importante saber que en toda relación significativa lo agresivo también está presente.
El refrán que dice “todo muerto es bueno” o “no hay muerto malo”, tiene que ver con el hecho de que el doliente debe procesar a nivel cognitivo un sinnúmero de información para poco a poco lograr una adaptación o ajuste a la nueva situación.
La idealización del hijo que murió está relacionada a las culpas que los padres sientes si se olvidan un minuto de él. Eso no lo conciben, se sienten infieles si no lo recuerdan.      De ahí que muchos padres hagan en sus casas pequeños altares en honor al hijo fallecido, o hagan a un lado a los otros hijos o a su pareja, para dar un lugar de privilegio a quien no está.
Debido a que el dolor tiene replegados a los padres, estos no son capaces de destinar atención a los hijos que quedan. Muchos papás cuentan que ellos ni siquiera logran imaginar que los otros hijos sientan algo parecido a lo que ellos experimentan, creen que el dolor es sólo suyo. Sucede que en momentos de crisis el “yo” busca volver a estructurarse, y para lograrlo lo externo deja de importar. El “yo” se retrae y sólo piensa en “uno mismo”, en su dolor, en su tragedia, no puede creer que “los otros” también vivan ese sufrimiento. Por otra parte, el tener que aceptar que los otros hijos sufren implica reconocer el dolor, nombrarlo, lo que a veces es difícil. Decirlo es confirmarlo. Cuando se está inmovilizado por el propio dolor, simplemente no se tiene la fortaleza para ayudar a alguien más. Este repliegue es necesario para que los padres puedan reconstruir o reinventar su existir.

Aporte de Daniel Maratta.

Transcripto del libro:

“La otra cara del dolor” de Susana Roccatagliata

 

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