GRUP0 RENACER. LA PRIMERA REUNION. RIO IV.CORDOBA. 5 DE DICIEMBRE DE I988.


” La historia de Renacer, contada por sus iniciadores ”

LA PRIMERA REUNIÓN :

Luego de un tiempo para conocernos y lograr un cierto grado de tranquilidad, pasado ya el nerviosismo y el temor por lo desconocido, aunque algunos matrimonios se conocían de antes, pudimos finalmente sentarnos para dar comienzo a la reunión.

Aún resuenan en nuestras mentes las palabras con las que iniciamos la reunión: “Buenas noches. Estamos todos aquí porque ha entrado en nuestras casas un huésped no invitado que nos ha dejado una habitación vacía y un lugar vacío en nuestras mesas y ha de estar con nosotros por el resto de nuestras vidas y si hemos de convivir con él, con la muerte, creemos que es necesario conocerlo, aprender todo lo que nos sea posible de él para poder hacerlo en armonía”

Una vez sentado el objetivo inicial procedimos a presentarnos todos: nombre de cada padre/madre, nombre y edad del hijo y causa de la muerte si deseaban compartirlo. Sentados en ronda fuimos dándole la palabra a cada uno de los presentes pidiéndoles que nos contaran lo que desearan, sin apremios ni obligaciones.

No había norma alguna para conducir la reunión, deberíamos hacer camino al andar, aprender no solo de nuestra experiencia, escasa en aquellos tiempos, sino de los propios padres, como sucedería con el correr de los años.

La reunión fue muy tranquila, los padres hablaron de sus hijos, de la causa de muerte y cómo estaban sobrellevando su sufrimiento; se habló sobre las premoniciones que habían experimentado tanto los padres respecto de la muerte de sus hijos como de las notas que nuestros hijos dejaban antes de partir, pequeños mensajes que indicaban despedidas, regalos de sus objetos preciados a los amigos que indicaban una intuición, en niveles no conscientes, de los jóvenes que habrían de partir, tal como lo había dicho Kübler-Ross. Estas premoniciones de los jóvenes fueron objeto de interés por parte de los padres durante el primer año pues ellas señalaban una aceptación, en dichos niveles de conciencia, de lo que estaba por venir y si ellos lo aceptaban ¿porqué no habríamos de hacerlo nosotros?

Por primera vez aparecía en el grupo un razonamiento basado en experiencias médicas descritas con anterioridad y que proporcionaba un cierto alivio a los padres.

No hubo explosiones de dolor esa noche, los hechos fueron comentados para que nos conociéramos mejor y no como expresión de un lamento; aun cuando el llanto irrumpía lo hacía de manera tranquila y calma, casi como pidiendo permiso para expresarse. Daba la impresión que nadie quería molestar al resto de los presentes. Cuando aparecían expresiones de dolor, las que, aunque mudas se reflejaban en los rostros, tratábamos de intervenir con algún comentario cálido, contenedor y así fue que cuando “sentimos” y vimos la primera sonrisa en el rostro de un padre antes marcado duramente por el dolor, supimos que estábamos en el camino correcto.

En los momento en que afloraba el llanto también vimos, por primera vez, la mano de un padre posarse sobre el hombro de otro con un gesto de consuelo ¡Primera señal objetiva del valor del grupo!

Quedamos en volver a encontrarnos el lunes designado a la misma hora para continuar aprendiendo sobre la muerte y las enseñanzas de Elisabeth Kübler-Ross. También estuvimos de acuerdo en invitar, cuando fuera factible, algunas personas muy espirituales y con experiencia en diferentes disciplinas, no médicas o psicológicas, para que nos hablaran de sus experiencias respecto del sentido de la muerte en distintas culturas y religiones.

Cuando, estando ya de regreso en casa, comentábamos sobre la reunión nos percatamos que no habíamos llorado, ni nuestra voz se había quebrado en momento alguno por la emoción, ni en esa primera reunión ni nunca en veinticinco que llevamos trabajando con los grupos. Ese día experimentamos que al preocuparnos por el dolor del otro desaparecía el nuestro, que la respuesta al sufrimiento se daba en el servicio a los que sufren; que para ayudar a otros es necesaria una actitud serena y firme a la vez, una actitud que indique aceptación del dolor y capacidad de caminar por la vida con la frente erguida.

Dentro nuestro comenzaba a crecer y echar raíces, un gozo interior quizá solo conocido en el momento en que contemplamos por primera vez el rostro de nuestros hijos. Era como darlos a luz nuevamente, a través del dolor de su partida, dejándolos volar libres en su nueva vida en un acto supremo de amor y renuncia.

Descubrir una nueva forma de amar, como cuando los vimos nacer, excepto que esta vez el amor crecía y se expandía sin límites más allá aún de su forma física,

más allá de la vida y de la muerte, más allá del tiempo y del espacio. El amor incondicional, para siempre. Un amor que se refleja, pleno y profundo, hacia el otro que sufre, hacia la vida misma, hacia la autotrascendencia humana, que no puede dejar de darse y verterse sin retaceos hacia una puesta de sol, un amanecer, un pájaro que canta muy cerca de nuestra ventana.

Berti Alicia Gustavo

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