EL PRIMER ANIVERSARIO DEL GRUPO RENACER. 5 DE DICIEMBRE 1989.


Se acercaba el 5 de diciembre de 1989, fecha en la celebraríamos el primer aniversario del grupo. Planeamos un asado en casa, en el patio, debajo de un añoso níspero e invitamos a todos los padres y a Néstor, aquel profesor que nos contara su experiencia cercana a la muerte. Con él habíamos trabado una buena relación y nos pareció acertado invitarlo.

Era una apacible noche de verano y estábamos casi todos cuando Néstor llegó. Traía en su mano un pequeño libro de tapas blandas que nos entregó “Mi regalo para el grupo” dijo.

El libro se llamaba “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl, un siquiatra vienés que había estado prisionero en cuatro campos de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Lo dejamos en la biblioteca y continuamos la reunión que se llevó a cabo en un tono festivo. Alicia, Néstor, Delfina, Humberto, Aldo, Jorge y Eva, quienes venían de General Deheza y

nosotros constituíamos un grupo homogéneo con idénticos propósitos en lo referente a la continuación de la tarea emprendida y con lazos de amistad que la trascendían y que perduran aún hoy.

En un momento dado nos retiramos unos metros a ver cómo los padres charlaban y reían, algunos probablemente por vez primera desde su tragedia. Nos preguntamos entonces que pensaría alguien que estuviese observando sin conocer las circunstancias de los presentes ¿Pensaría en un cumpleaños? ¿Una despedida? Seguramente algo festivo. El ver a los padres disfrutando tan plenamente nos confirmaba el valor de la ayuda mutua entre seres sufrientes y nos hacía pensar en el carácter contagioso de los valores de actitud, aunque por entonces no pudiéramos darle ese nombre, pero estaba al llegar.

Esa noche cenamos, reímos, contamos anécdotas, recordamos padres que ya no estaban en el grupo, hicimos proyectos, disfrutamos como si nunca hubiésemos sido heridos, como si solo existiese la paz en el horizonte. Poco a poco los padres fueron despidiéndose con una sonrisa y un abrazo. Por entonces ya nos recibíamos todos con un fuerte abrazo, incluso a los que recién asistían a las reuniones, lo que solía despertar rostros de incredulidad y sorpresa, que algunos padres más joviales anticipaban para luego divertirse con esas expresiones. Sí, no han leído mal, ¡hay padres capaces de volver a reír en los grupos! Y es bueno que lo hagan pues les muestra a los más nuevos que no todo termina con la muerte de un hijo. Por otra parte debemos destacar que también hubo padres que se han sentido ofendidos al ver una sonrisa y se han retirado de una reunión para no regresar, aunque han sido muchísimos más aquellos que se han beneficiado al ver sonreír a otro padre.

Ya era tarde, todos se habían retirado y el patio y la cocina habían recuperado su apariencia previa. Gustavo buscó el libro de Frankl y lo llevó al dormitorio con la intención de hojearlo brevemente para tener una idea de lo que se trataba.

Habían leído tantos libros sin valor alguno que recelaban, aun de aquellos ofrecidos por amigos. En el prólogo, un psicólogo existencial Norteamericano, Gordon Allport, mencionaba que Frankl había estado prisionero en campos de concentración nazis, donde habían muerto sus padres, su hermano y su esposa embarazada y allí se preocupaba, antes que por sí mismo, por ayudar a otros

prisioneros a alcanzar esa capacidad tan humana de elevarse por encima de su aparente destino. Allport relataba la existencia, en los campos, de prisioneros que elegían ser “dignos de su sufrimiento”. Esto fue suficiente para que Gustavo pasara la noche en vela leyendo el libro de corrido.

La mañana siguiente fue una fiesta. Había aparecido lo que buscáramos con tanta ansia, una experiencia similar a la nuestra y lo que era más importante aún es que era resuelta del mismo modo.

Los padres que perdemos hijos somos prisioneros de un destino cruel y supimos entonces que en crisis existenciales aun más severas que las nuestras hay quienes se levantan por encima de su dolor para ayudar a hermanos que sufren y también que hay quienes “eligen” sufrir con dignidad cuando el sufrimiento es inevitable. Ese “pequeño regalo del cielo” fue leído y releído una y otra vez; cada vez que acudíamos a él encontrábamos más similitudes con nuestra tarea.

Por entonces habíamos recibido cuestionamientos por parte de algunos psicólogos de la ciudad quienes afirmaban que no estábamos capacitados para manejar grupo alguno, que carecíamos de experiencia y que seriamos incapaces de contener a una persona que entrara en crisis en una reunión —debemos aclarar que nunca, en los más de veinticinco años de existencia de los grupos nos encontramos con esa situación.

Esta crítica nos dolía y solo podíamos refutarla apelando a lo aprendido en un año de trabajo, con aciertos y problemas que se solucionarían con el correr del tiempo (pero a ellos no les interesaba compartir nuestra experiencia) Aunque allí, en ese maravilloso libro de Viktor Frankl estaba la respuesta a esta cuestión. El relataba que a los prisioneros no les gustaba hablar de sus vivencias:

“No nos gusta hablar de nuestras experiencias. Los que estuvieron adentro no necesitan de estas explicaciones y los demás no entienden cómo nos sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora”

En esta frase estaba definida nuestra postura en el grupo: ¡No era necesaria el lamento pertinaz, todos sabíamos cuanto sufría quien estaba a nuestro lado y las explicaciones no eran necesarias! El camino estaba abierto para orientar al grupo hacia un camino de transformación interior. Ya era posible afirmar que el legado de un hijo consistiera en transformarnos en mejores personas, más compasivas y

receptivas al dolor de los demás. En cuanto a los psicólogos era claro que no entendían lo que sentíamos.

Podíamos ver al grupo como la ley del común denominador donde el numerador era el padre en particular y el denominador era el dolor por la muerte del hijo. Tiempo después llegaríamos a la conclusión que el denominador, que es el sufrimiento, es lo esencial del grupo, mientras que lo existencial estaba dado por la manera en que cada padre lo expresaba.

Alicia Schneider. Dr. Gustavo Berti.

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