LA CUENTA DE LA MORIBUNDA.


LA CUENTA DE LA MORIBUNDA….

El bienestar de la humanidad depende realmente de cada individuo, igual que la calidad de una carretera de mil kilómetros depende de cada metro cuadrado de asfalto de que está hecha. ¡Qué peligro, si falta un metro cuadrado de asfalto en la calzada y, en su lugar, hay un boquete! La carretera podría convertirse en una trampa mortal. De un modo parecido faltan todas las posibilidades de sentido no realizadas por una vida humana en la historia de la Creación, tanto las que habrían consistido en una acción como las que habrían consistido en una omisión.

Un pobre que no roba en unos grandes almacenes contribuye a que este tipo de hurto no se convierta cada vez más en una falta «bien vista». Un enfermo que sale adelante y no pierde el coraje de vivir contribuye a que otras personas conserven el suyo. No infligir ni transmitir el sufrimiento es todo un logro y, sobre todo, una tarea que le corresponde a quien, por motivos de peso, tendría concedido el derecho a hacerlo. El, como nadie más, puede demostrar que también se vive sin hacer uso de ese derecho.

A continuación quisiera ilustrar, con una conmovedora experiencia extraída de mi vida personal, que se puede conseguir el bien en cualquier fase de la vida, incluso cuando morimos, y que, por tanto, el bienestar de la humanidad en pequeñas porciones depende de todos, incluso de un moribundo. Esta experiencia me reveló lo poco autorizados que estamos para juzgar sobre el sentido del tiempo de vida que le queda a un enfermo terminal.

En mi consulta psicoterapéutica conocí a una mujer de mediana edad. Un día contrajo una parálisis muscular progresiva imposible de atajar y que se recrudecía con rapidez. Yo estuve a su lado y, en nuestra búsqueda de la aceptación de lo irremediable, se desarrolló una cercanía personal entre las dos. Al final, la mujer fue ingresada en un hospital, en lo que fue la «última estación» de su vida, y llegó el día de mi última visita. Cuando me incliné hacia ella, me susurró unas palabras al oído. «He abierto una cuenta para usted murmuró, una cuenta en Nuestro Señor, donde voy ingresando rezos para usted.» Le costaba muchísimo hablar, y yo callaba de pura emoción. La mujer volvió a hacer acopio de fuerzas para decir lo siguiente: «Si alguna vez se encuentra en apuros, en un caso de emergencia, saque de esta cuenta…».

La mujer falleció y mi vida profesional cotidiana siguió su curso. Todavía pensé en ella durante un tiempo, pero pronto me vi tan reclamada por las obligaciones del presente, que sus palabras cayeron en el olvido.

Mi experiencia continuó dos años después, una tarde de otoño en mi casa. Mi marido y yo estábamos esperando que nuestro hijo, que entonces tenía 12 años, volviera de sus clases de violín. Las horas pasaban y el niño no llegaba. Esperábamos, y nuestra preocupación aumentaba, igual que les ocurre a todos los padres cuyos hijos no acuden puntuales a casa. Mi marido intentó llamar al conservatorio, pero ya estaba cerrado. ¿Qué podíamos hacer? Consideramos distintas opciones, pero al final nos pareció que lo más razonable era quedarnos en casa. Seguíamos esperando una explicación inocente al retraso de nuestro hijo. Pero esta esperanza no se cumplió. Llamaron al interfono y se escuchó una voz por el auricular: «Policía. Abran, por favor».

En aquel entonces vivíamos en un sexto piso, por lo que entre que abrieron la puerta del edificio, llamaron al ascensor y subieron a la sexta planta, los agentes todavía tardaron algún tiempo en llegar a nuestra vivienda. Seguro que sólo pasaron unos pocos minutos, pero aquel lapso en el que mi marido y yo estuvimos de pie ante la puerta de casa y esperamos impacientes la noticia me pareció eterno. Un terror frío me invadía y me oprimía el pecho. Era como si no hubiera suelo y el miedo me cortase la respiración. Entonces, emergieron desde las capas más profundas de mi conciencia las antiguas palabras de aquella mujer marcada por la muerte, y pensé: «¡Ahora sacaré de la cuenta todo lo que haya, retiraré toda la clemencia que una persona desconocida imploró para mí!». En ese mismo instante, recuperé la calma. La angustia no había desaparecido, pero podía soportarla. Podía mirar de frente lo que se nos avecinaba y mis pies volvieron a tocar el suelo.

Afortunadamente, la historia concluyó con un final feliz, porque nuestro hijo sufrió un atropello que sólo le ocasionó una fractura del hueso de la espinilla, de la que se recuperó a los tres meses.
Elizabeth Lukas.( discípula de victor Frankl )

moribunda

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