Mirando hacia atrás . La historia de Renacer. Carta a los padres.


Solo han pasado 7 años desde ese primer cinco de diciembre de mil novecientos ochenta y ocho, cuando comenzamos calladamente con la primera reunión de Renacer, en nuestra ciudad de Río Cuarto. Entonces no sospechábamos el alcance y repercusión de esta idea que comenzara gradualmente a forjarse en nuestro interior, solo unas pocas semanas después de la partida de Nicolás, nuestro hijo mayor, de dieciocho años, quedando con nosotros Luciana, entonces quince.

Quizá todavía y seguramente nunca lleguemos a saber o aprehender la magnitud de la trascendencia de ese mensaje original que nos impulsó a buscar otros padres, seguros que ese dolor y esa partida debían tener un sentido, un propósito y convencidos también que solo entre pares estaría la respuesta, el camino.

Hoy, con una historia aún joven detrás, con un presente pleno de sentido y un futuro rico en proyectos de vida y esperanza, miramos el camino recorrido y advertimos cuánto hemos aprendido, pero cuánto aún nos queda por aprender, y sabemos que seguramente no nos alcanzará la vida para desarrollar todo el potencial inherente al sufrimiento inevitable. Pero lo estamos intentando, porque si todavía estamos de este lado de la vida es porque ella aún confía en nosotros.

Dice Viktor Frankl que al hombre se le puede arrebatar todo en la vida, menos la última de las libertades individuales, la actitud con que se enfrentará a lo que le toca vivir. Frente al límite, al abismo que la vida nos presentó con la partida de Nicolás, necesitamos lo que Elisabeth Lukas llama “un anticipo de confianza”, el que en momentos de recogimiento y quietud nos hace intuir, en un susurro, que ese abismo, ese límite aparentemente cruel y sin razón cumple con un sentido. Pero para esto hay que llegar a reconocer e inclinarse ante el misterio de la vida y de la muerte, darse cuenta que “solo sé que no sé nada”. Llegar al fondo de ese abismo, atravesar “la noche oscura del alma” y en las alas indómitas del espíritu, en una toma de decisión que surge de esa dimensión eminentemente humana —la dimensión espiritual— remontar vuelo, al infinito de la experiencia humana, más allá de los condicionamientos, más allá de toda experiencia previa, experimentar el Ser en plenitud, el sentido incondicional de la vida.

Darse cuenta de las posibilidades que aún yacen en el futuro para cada uno de nosotros esperando ser realizadas. Las opciones que aún están allí, esperando

de esa toma de decisión que me hará escoger de entre todas, aquellas que son buenas para mí, para los que me rodean, y para la vida misma: las opciones plenas de sentido. Y descubrimos también que frente a este planteo duro de la vida, no somos víctimas, porque aún retenemos la capacidad y la libertad de elegir la actitud con que nos enfrentaremos a lo que nos toca vivir. Al mismo tiempo advertimos que frente a esta libertad somos responsables de cada opción que tomamos, de la forma en que vivimos la vida en cada momento.

Dentro nuestro comenzaba a crecer y echar raíces, un gozo interior quizá solo conocido en el momento en que contemplamos por primera vez el rostro de nuestros hijos. Era como darlos a luz nuevamente, a través del dolor de su partida, echándolos a volar libres en su nueva vida en un acto supremo de amor y renuncia. Descubrir una nueva forma de amar, como cuando los vimos nacer, excepto que esta vez el amor crece y se expande sin límites más allá aún de su forma física, más allá de la vida y de la muerte, más allá del tiempo y del espacio, el amor incondicional, para siempre. Un amor que se refleja pleno y profundo, hacia el otro que sufre, hacia la vida misma, hacia las expresiones trascendentes de la naturaleza, que no puede dejar de darse y verterse sin retaceos a pesar de las heridas que el hombre le inflige una y otra vez. Hacia una puesta de sol, un amanecer, un pájaro que canta muy cerca de nuestra ventana.

Descubrimos de una manera intuitiva, a través de la experiencia que comenzaba a tallarse en Renacer, que solo a través de la autotrascendencia, de la autorrenuncia, recuperábamos la capacidad de alegría. Al dejar de lado nuestro sufrimiento para acercarnos al otro, trascendiéndonos, renunciando momentáneamente a nuestro dolor para ofrecer lo mejor de nosotros a ese otro que nos necesitaba, el camino de regreso a una vida plena comenzó a vislumbrarse.

Así a medida que hacíamos experiencia en esta tarea, descubrimos que el grupo no es un lugar donde voy a recibir consuelo, sino un lugar donde voy a ofrecer lo mejor de mí en homenaje a mi hijo. En la medida que más me comprometo con la tarea por el bien común, mi sufrimiento adquiere un sentido poderoso, trascendente, tan valioso como ese ser maravilloso que tanto me marcara con su vida y su partida. Crecen mi fuerza y mi compasión, se suaviza mi dolor… hasta convertirse en una “dulce nostalgia”. Nuestros hijos no se van en vano, son ahora nuestros maestros”

Alicia Schneider. Dr. Berti Gustavo.

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2 pensamientos en “Mirando hacia atrás . La historia de Renacer. Carta a los padres.”

  1. Gracias por este mensaje tan excelente. Ustedes realmente marcan una pauta para ayudar a los padres que hemos perdido un hijo, pues la labor que hacen es muy loable desde todo punto de vista. Les agradeceria me indicaran como hacer para reactivar en Venezuela a Renacer, pues la direccion que ustedes tienen no esta activa. Hace falta aqui, un lugar, con un objetivo y una mision como la de ustedes, donde nos podamos reunir, compartir y hacer el bien comun para que nuestros hijos, en el mundo espiritual se sientan realmente orgullosos de nosotros. Mil gracias por su respuesta, Alicia y Gustavo.

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