A partir de 1993 en Rio Cuarto…La historia de Renacer.


A partir de 1993 en Río Cuarto asistían entre 30 y 40 padres a cada reunión quincenal y esa cantidad aumentaba cuando fallecía un joven en unpueblo cercano y era acompañado por otros padres del lugar. Esta afluencia tan numerosa tuvo un gran significado en el desarrollo y crecimiento de muchos de los grupos en todo el país.

Los padres con menos tiempo en el grupo debieron ceder, por razones obvias, parte de su tiempo a quienes recién ingresaban, permaneciendo más tiempo en el papel de oyentes, lo que permitió que prestaran más atención al dolor de los demás, haciéndose, de esa manera, más receptivos al sufrimiento ajeno. Esta circunstancia fue aprovechada por nosotros para hacerles ver el significado de dicha renuncia, haciéndoles ver que no quedaban relegados en el grupo, sino que ellos ejercían, libremente, la autorrenuncia a su tiempo y necesidades por otros y que en ese acto trascendían como seres humanos. Allí, en ese ejemplo, muchos comprendieron el valor de dichas actitudes. Esto simplificó también la tarea de mostrarle a los padres que en ejercicio de la capacidad humana de autorrenuncia podían hacerlo aun con ciertas maneras de expresar su dolor que terminaban siendo nocivas para quienes los rodeaban.

Para entonces existían en nuestro grupo factores que facilitaban su permanencia en el tiempo, tales como la cohesión, la esperanza y la universalidad. La primera hacia que se compartieran los objetivos sin disidencias internas, ya que nosotros desde hacía casi tres años no moderábamos reunión alguna y el grupo funcionaba sin rectores; la esperanza que los padres transmitían era evidente desde el inicio de la reunión cuando nos juntábamos para recibirnos así como para los padres que llevaban poco tiempo de asistencia. A muchos de ellos cuando tiempo después les preguntáramos qué les había hecho permanecer en el grupo citaban la esperanza como uno de los factores principales; por último la universalidad, el hecho de reunirnos sin que importara la edad ni la causa de la muerte de nuestros hijos permitía no solo una más estrecha afinidad sino que podíamos trabajar con el sufrimiento —un universal— como generador de las emociones y sentimientos en lugar de trabajar con estas, lo que a la vez nos facilitaba el mantenernos lejos de un abordaje psicologista basado en un análisis de emociones y sentimientos, que en estos momentos no podían ser otra cosa que profundamente negativos.

En cuanto a nosotros la observación de la espontánea conducta amorosa, atenta, tolerante y por sobre todo compasiva de los veteranos, antes acostumbrados a trabajar en grupos pequeños nos llevó a investigar sobre el

significado del otro y nos condujo a la obra de Emanuel Levinas, el “filósofo del otro”. De esta manera Renacer seguiría nutriéndose de conceptos filosóficos.

Los viajes a distintos grupos a los que éramos invitados aún ocupaban dos fines de semana al mes y permaneció de esta manera hasta 1998. La metodología permanecía igual: si las distancias eran largas viajábamos el viernes durante el día y al llegar nos esperaban algunos padres para compartir una cena y desayuno al día siguiente; el almuerzo era libre y luego de unas horas de descanso dábamos nuestra charla. Alicia hablaba primero; lo hacía de una manera tan amorosa y cariñosa que ganaba de inmediato la atención y el corazón de los padres. Ella se transformaba en el ejemplo vivo de la fuerza indómita del espíritu que permitía a la persona levantarse, en alas del amor, para aliviar el dolor de quienes padecían la noche oscura del alma. En Gustavo había recaído la tarea de explicar a los padres el significado de la ayuda mutua y a tratar de explicar cuan nocivos eran los personalismos, tratar de explicar por qué los grupos debían permanecer ecuménicos, tratar de mostrar que el sufrimiento no era una enfermedad, que era parte de la condición humana y por lo tanto ninguna religión podía apropiarse de él; que el objetivo primordial de los grupos eran los padres nuevos; que actuar en grupos requería nuevas maneras de comunicarse basadas en el respeto, la tolerancia y, por sobre todo, el amor incondicional. Se compartía con los padres una regla muy simple que se había desarrollado espontáneamente en nuestro grupo— que ya mencionamos— y que decía que si algún padre pensaba en decir algo que podía lastimar o herir a otro padre entonces no debía decirse. Esta simple regla facilitó la amistad, el respeto y cohesión entre todos.

A.Schneder. Gustavo Berti.

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