¡No me abandones! 1996 Rio cuarto . La historia de Renacer.


Existe un requisito fundamental para que exista un grupo, exigencia tan simple que era sistemáticamente ignorada y debía ser expuesta continuamente: cuando dábamos la charla y preguntábamos que era aquello absolutamente necesario para la existencia de un grupo recibíamos las más variados respuestas: ¡El amor! ¡La solidaridad!¡Un lugar para reunirnos! Y algunas más que no vienen al caso. Luego de un momento de silencio, para que todos prestaran atención, les decíamos que aquello sin lo cual no podría existir un grupo era… la presencia de otro.

¿Qué grupo existiría si estuviese yo solo? Por esta razón uno debía cuidar

más a quien estaba sentado enfrente que a sí mismo dado que si el “otro” no regresaba no habría grupo posible; que deberíamos asistir a los grupos, no para removernos en nuestro dolor sino para ayudar a quien estuviera enfrente a sufrir menos, que para esa tarea era necesario que uno tuviera una actitud positiva y de esperanza. Insistíamos en que esperar que vinieran padres nuevos para arrojarles encima todo nuestro dolor y amargura, enojo, bronca, etc., era una actitud egoísta, desprovista de toda trascendencia y que carecía de valor tanto para uno como para otro.

Pero la tarea más difícil era y aún continúa siendo en muchos lugares, mostrar la ineficacia del emotivismo como solución al sufrimiento. Debimos comenzar por mostrar que el sufrimiento era la fuente de todas las emociones y sentimientos negativos y no al revés. Muchos padres nos decían que sufrían porque tenían bronca, o dolor, o enojo por la muerte de sus hijos y nosotros respondíamos que era lo contrario, que ellos sufrían por la muerte del hijo y que el sufrimiento era el origen de su dolor, su enojo, lo que fuere. Insistíamos que estábamos en los grupos no para no sufrir sino para encontrar un sentido en el sufrimiento, como habíamos aprendido de Viktor Frankl y que si encontrábamos una razón para seguir viviendo seriamos capaces de encontrar el cómo hacerlo e insistíamos: ahora, en medio de nuestra noche negra en que deambulamos sin saber dónde ir, esa razón para mantenernos en la vida está al alcance de todos, está en el grupo, en ese hermano que sufre y en su mirada clama ¡No me abandones! Les decíamos que si todo el dolor experimentado sirviera para que un hermano sufra menos, entonces ese dolor habría valido la pena ser vivido.

En un costado distinto al de lo didáctico, si así se puede llamar, las visitas a distintos grupos nos permitían hacer nuevas, y profundas, amistades, robustecer aquellas ya existentes y continuar escuchando cómo distintos padres encontraban sentido en su sufrimiento lo que significó, desde el primer momento de nuestra tarea, una enorme fuente de conocimiento y aprendizaje. Existía una atmosfera de compañerismo y comunión de sentimientos tan profunda como no nos fue dado experimentar en la vida diaria. Aquellos años de crecimiento y creación fueron maravillosos haciéndonos experimentar lo que la vida puede ser si nos alejamos de todo aquello innecesario y de todos los prejuicios de los que está hecha la cotidianeidad.

Creación, que en palabras de Heidegger significa “Extraer de la fuente significa tomar lo que emana y llevar lo recibido… recibe y da lo recibido. Lleva en la medida en que despliega lo recibido en plenitud” Recibíamos lo que la vida, en su perpetua necesidad, nos ofrecía y lo desplegábamos donde fuese requerido. Por las noches, en las cenas que compartíamos con quienes asistían a las charlas nos levantábamos y hablamos con tantos padres como nos fuese posible, escuchábamos sus tragedias y tratábamos de encontrar palabras de aliento para cada uno de ellos, lo que resultaba agotador al finalizar todo, pero en esos momentos era cuando más cerca de Nicolás nos sentíamos y cuando más sentido tomaba nuestra pérdida. En algún momento tratábamos de distanciarnos y ver la cena desde lejos y entonces podíamos apreciar toda la alegría contenida durante tanto tiempo; los padres, muchos de ellos desconocidos hasta esa tarde hablaban como si se conocieran de toda la vida, intercambiaban sonrisas y hasta anécdotas e historias. Ver sonreír a quienes horas antes se habían sentado en un auditorio a escucharnos con rostros transfigurados por el dolor y la desesperanza, aunque sabíamos que era resultado de otros factores sumados a nuestro esfuerzo, nos producía un sentimiento de plenitud incomparable.

De esta manera transcurrió parte de 1996 en una atmosfera que pronto cambiaría en el Encuentro nacional en Mendoza.

Alicia Schneider. Gustavo Berti.

abrazos

 

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