Los talleres. Aspectos negativos de los mismos. La historia de Renacer.


En aquellos años (1996) los encuentros constaban de dos partes: por la mañana dábamos nuestra charla y por la tarde, debido al gran número de grupos existentes, se llevaban a cabo talleres con el objetivo de compartir experiencias con el fin tanto de convalidar el camino como de mostrar inconvenientes o aspectos que debían ser mejorados.

Pero paulatinamente los talleres en los encuentros fueron convirtiéndose en lloratorios, en sesiones de descargas emocionales de las que nada positivo podía emerger, solo se escuchaban lamentos y todo comentario positivo era prontamente tapado por otra oleada de lamentos. La temática de los talleres hacía pensar que pudieran ser valiosos, por ejemplo “La pareja después de la muerte de un hijo”; “El sexo después de la muerte de un hijo”; “Cómo vivir después del suicidio de un hijo”: pero invariablemente el espacio de los talleres se vio invadido por quejas, contra la lentitud de la justicia, la mala praxis médica, la incomprensión de la sociedad y otras tantas; todos estos factores fueron desvirtuando y eventualmente anulando el valor de estos talleres, aunque existen grupos, los menos, que realizan talleres de maneras más educativas y sanadoras.

Otro de los efectos negativos de los talleres fue que se convirtieron primero en reuniones por afinidad y posteriormente de víctimas. Tanto una como otra contrarias a la esencia de Renacer; la afinidad porque anulaba la universalidad sobre la que la tarea se asentaba: el haber entregado hijos a la vida antes de lo deseado sin importar la edad o causa de la muerte; la victimización porque la característica de la víctima es la transferencia de la responsabilidad por su vida al victimario, mientras que en Renacer tratábamos que los padres asumieran la responsabilidad por su vida y la manera en la que la vivían, de lo contrario terminarían siendo víctimas de sus propios hijos.

Teníamos la impresión que durante la mañana luchábamos contra los estados de lamento continuo y por la tarde, en los talleres los fomentaban. Tratábamos de mostrar al grupo organizador la futilidad y el peligro de los talleres pero al año siguiente un grupo nuevo organizaba el Encuentro anual y los talleres volvían a hacer su aparición. Pero, como dicen los orientales que el maestro recién aparece cuando el alumno está listo, eventualmente los padres se dieron cuenta del nulo valor de los talleres y estos desaparecieron de la mayoría de los encuentros.

Esa mañana en Mendoza luego de la presentación de los grupos —al ser nombrado los padres de cada grupo se paraban y eran recibidos con un cerrado aplauso— dimos nuestra charla y grande fue la sorpresa de todos cuando inmediatamente desde Mar del Plata se planteó un severo desacuerdo con nosotros a título personal y con nuestra manera de trabajar, seguido por la decisión de alejarse de los grupos Renacer.

Nunca supimos con exactitud los motivos de dicha decisión. Aún hoy creemos que existieron diferencias metodológicas y celos personales que nunca entendimos. Tanto ellos como nosotros nos sentíamos cómodos con los fundamentos de la Logoterapia en la ayuda al hombre sufriente, pero en el fondo y según nuestro parecer, existía una diferencia significativa: en Mar del Plata, formado inicialmente por un psicólogo logoterapeuta, se les enseñaba logoterapia a los padres, mientras que nosotros sosteníamos que la logoterapia era el lenguaje que usaban los padres al tratar de encontrar sentido en sus tragedias traducido, en palabras de Frankl, al idioma médico; a nuestro entender eran los propios padres los que hacían un aporte novedoso a la logoterapia. En cuanto al aspecto personal, si hubo de nuestra parte alguna falla, tratamos de remediarlo, de restablecer vínculos cordiales a través de correspondencia pero el intento fue infructuoso.

Esta escisión fue dolorosa para los padres que asistieron al encuentro pues durante los años anteriores la relación con el grupo de Mar del Plata había sido afectuosa y nos habíamos encontrado en varias ocasiones, pero sirvió, en cierta medida, para que los padres pudieran ver la futilidad, el sinsentido de las disputas personales y el daño que podían provocar en los grupos y el resultado fue el desarrollo, lento pero sostenido, de una mayor tolerancia hacia ideas no compartidas.

Pero no todo fueron espinas en Mendoza. El grupo de Córdoba había formado un coro con los padres y el de La Plata tenía un grupo de Teatro y por la mañana siguiente nos entretuvieron con sus respectivas representaciones. El encuentro concluyó, luego de una oración ecuménica, con la presentación del Coro de Niños Cantores de Mendoza. Tan hermosa fue la actuación del coro que parecía que fueran nuestros hijos cantando para todos los presentes. Fueron momentos verdaderamente maravillosos, de esos que hacen que la vida valga la pena ser vivida.

A partir de este año la mayor parte de los grupos en Argentina estaban consolidados, el mensaje y los fundamentos de Renacer, es decir su esencia, estaba ya bien difundida y parecía que todo se desenvolvería con tranquilidad y armonía. Era tan solo la calma que precedía la tormenta…

Alicia Schneider. Gustavo Berti.

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