QUINCE AÑOS DE VIDA. LA CELEBRACIÓN.La historia de Renacer.


Durante 2001 y 2002 no sucedió en nuestro país nada significativo, salvo la tremenda crisis político-institucional que llevó a la renuncia a su cargo al Presidente De la Rúa. Grupos continuaron formándose y otros dejaron de funcionar, especialmente en pueblos muy pequeños.

El nuestro siguió trabajando en su manera habitual y la vida transcurría sin mayores inconvenientes, sin embargo en septiembre de ese año tuvo lugar un acontecimiento que cambió la historia del mundo tal como lo conocíamos hasta ese entonces, nos referimos al ataque a las torres gemelas en Nueva York y la posterior respuesta retaliatoria de los Estados Unidos. Esta situación dio lugar a que cerca de fin de ese año enviásemos a todos los grupos la siguiente carta en la que exponíamos nuestra posición frente a la violencia que intuíamos se desataría en los meses siguientes:

“Queridos hermanos de Renacer:

Nos acercamos ya a la más cristiana de todas las ocasiones, aquella que representa la venida al mundo de un mensaje de amor incondicional que no hace distinción de hombre alguno sobre la faz del planeta, un mensaje de amor que comprende por igual a santos y pecadores. Un mensaje que debería iluminar nuestro camino bajo toda circunstancia, aún las más adversas y de estas últimas, nosotros, padres que hemos perdido hijos, tenemos, sin duda, conocimiento.

Este ha sido un año muy especial para Renacer. Al margen de los momentos difíciles por los que ha atravesado el mundo y por los que aun atraviesa nuestro país, debemos decir que el mensaje de Renacer no solo se ha afianzado, sino que ha sido validado por la misma fuerza de los hechos del 11 de Septiembre.

Cuando nosotros comenzamos esta tarea, hace ya quince años, en Río

Cuarto, intuíamos que para continuar con una vida plena después de haber

perdido uno o más hijos, era necesario que fuésemos capaces de pensar o imaginar algo en nuestro futuro que tuviese el mismo significado, el mismo valor que esos hijos, de lo contrario sabíamos, y esto ya con certeza, que nuestra vida sería distinta y de menor calidad, ensombrecida por la posibilidad de un lamento pertinaz, de una victimización, y enfrentados al miedo y desesperanza de un futuro opaco y vacío.

Esa luz en el camino, que por entonces éramos capaces de imaginar, tenía que ser una luz que brillara con intensidad, que tuviese vida propia, una luz que fuera objetiva, un valor tan importante que nos convocara a levantarnos por encima de nuestro dolor y decirle “sí a la vida” Esa luz debía ser lo suficientemente poderosa como para abrirse paso entre la maraña de emociones y sentimientos negativos que dominan ese tiempo durante el cual resuenan en nuestro ser esas “crepitaciones de un pan que en las puertas del horno se nos ha quemado” En otras palabras, esa luz tendría que estar en el mundo, fuera de nosotros pero a la vez cubriéndonos, protegiéndonos y alimentándonos, y la única luz que nos protege y nos alimenta y en la cual podemos vivir en plenitud es la luz del amor incondicional, el mismo amor que sentimos por nuestros hijos, ya sea que estén de este o del otro lado de la vida.

Esta capacidad del amor incondicional para abrirse paso entre esa maraña de sentimientos y emociones negativas propias de los períodos iniciales —pero tenaces e insistentes— y por cierto, muy capaces de perpetuarse si les damos permiso, nos llevó, por su propio peso, a diferenciar entre el amor y nuestros sentimientos. Si bien al principio nos faltaban las palabras para explicar esta intuición, con el tiempo nos fueron muy útiles los conceptos de Martin Buber sobre el amor y los sentimientos de Jesús. Nos dice Buber: que los sentimientos de Jesús por sus discípulos bien amados y por los fariseos eran distintos, sin embargo el amor por ambos era el mismo. Continúa Buber diciendo que, mientras los sentimientos y emociones habitan en el hombre, el hombre habita en el amor.

Así, de esta manera comenzamos a trabajar, ayudando a otros padres que habían perdido hijos, llevándole a ellos una palabra de esperanza y tratando que ellos también pudieran ver la pequeña luz al final del túnel, haciéndolo en nombre del amor que sentíamos por Nicolás y que, por cierto, no había muerto

con su partida. Por eso podemos decir, sin ninguna duda, que Renacer nació como una obra de ese amor en el que todos habitamos.

Este mensaje fue muy difícil de transmitir al principio. Nuestra cultura indicaba que lo acostumbrado era trabajar con las emociones y sentimientos y así, cuando nos encontrábamos con padres cuyos hijos habían sido víctimas de hechos violentos y les decíamos que Renacer era un mensaje de amor y que, en nombre de nuestros hijos solo tenía sentido devolver una obra de amor a la vida, esos mismos padres nos miraban con desconfianza y en ocasiones hasta con desagrado, y nos hablaban, una y mil veces, sobre su emociones y sentimientos y por sobre todo de su enojo con la justicia.

A pesar de todas estas dificultades iniciales, continuamos mostrando a Renacer como un mensaje de amor y sosteníamos que, para ver y mostrar a otros padres a Renacer como una obra de amor, no era necesario hablar del duelo en las reuniones. Decíamos, por entonces, que se podía ver a Renacer de varias maneras, entre ellas como un lugar a donde íbamos a que alguien pusiera un brazo en nuestros hombros y nos dijera “pobre, yo sé lo que se siente, yo pasé por lo mismo” y esto es importante, pero no alcanzaba…, también, les decíamos, pueden ver a Renacer como un lugar donde van a dar algo de ustedes en memoria y en homenaje a ese hijo que partió.

Luego preguntábamos a los padres como preferían ver a Renacer y la inmensa mayoría respondía que les agradaba más verlo como un lugar a donde iban a dar algo de ellos en homenaje a sus hijos. Ahora venía la pregunta obligada: “¿Qué van a dar en homenaje a ese hijo? ¿Llanto, dolor, desesperación, bronca, odio, deseo de venganza? ¿O preferían dar amor, ese mismo amor que sentían por sus hijos? Así se hizo patente que, para dar amor, para devolver ese amor a la vida, no era necesario analizar nuestras emociones, no era necesario “elaborar” el duelo. Este tema fue incomprendido durante mucho tiempo, a punto tal que recién este año, trece años después, en una editorial del boletín electrónico de Renacer se reconoce que no es necesaria la elaboración del duelo en las reuniones de grupo y que, por el contrario, hasta es contraproducente.

En este momento se preguntarán ustedes el porqué de este énfasis sobre las emociones y el lamento y para esto es necesario remitirnos al párrafo inicial de esta carta, allí donde se decía que, merced al atentado del 11 de Septiembre y los

meses subsiguientes, se había demostrado la validez y vigencia del mensaje de Renacer.

Desde ese nefasto día vimos, en todos los canales del mundo, múltiples expresiones de congoja, llanto y pesar, repetidas hasta la exasperación. Pasados unos días se pudo ver otro aspecto emocional de la tragedia: los familiares y el resto de la gente comenzaron a pedir venganza. Había allí miles de padres que habían perdido hijos y todos ellos, al unísono, reclamaban que se hiciera justicia, sabiendo que, en aras de esa justicia por la que reclamaban, habrían de morir, en una tierra lejana, muchos otros miles de hijos, dejando a su vez a otros padres desolados.

Esta actitud de esos padres cuyos hijos habían muerto en las torres gemelas era una actitud vengativa, de violencia, opuesta, por cierto, al mensaje de Renacer que se basa en el amor y la no violencia como expresión de ese amor. Ahora surge con intensidad la disyuntiva, ¿Cuál de las actitudes es correcta? ¿La de Renacer que siendo un mensaje de amor se opone a la violencia y afirma que el hombre es lo que devuelve a la vida y no lo que recibe de ella? ¿La de los americanos que exigieron una justicia sangrienta?

En el Libro del Génesis, del Antiguo Testamento, cuando Caín manifiesta a Yavé que la condena por haber matado a su hermano es demasiado severa, Yavé pone una marca en la frente a Caín para que no lo matara aquel que lo encontrara, puesto que de seguir así, respondiendo a la muerte con más muerte, la humanidad se hubiera extinguido.

Cada uno de nosotros deberá hacer su propio examen de conciencia y decidir cuál es la postura correcta. Pero una vez tomada esa decisión será también necesario un firme compromiso existencial con esa postura. En estas situaciones no se puede ser ambivalente. Si decidimos llevar a otros padres y a la vida misma el mensaje de amor que nuestros hijos nos han legado, debemos hacerlo con entereza, con dignidad pues esto es lo que la vida y nuestros descendientes esperan de nosotros; no que nos disolvamos en un mar de lamentos, reproches de victimizados o conductas escépticas. No, no es esto, sino la actitud mesurada y, por qué no, optimista; aunque no sea un optimismo a corto plazo sino uno más bien mediato y basado en lo que Tillich ha llamado “fe absoluta”, que refleja la fe, no en algo o alguien, sino como una manera de ser del hombre, una forma

de relacionarse con la realidad caracterizada por coraje, aceptación del destino y compromiso total con la obra a realizar. Si así no lo hiciéramos estaríamos dejando a nuestros descendientes el peor legado posible: aquel que dice que el hombre solo es lo que recibe de la vida y no lo que ese mismo hombre decide devolver a ella

Con todo nuestro cariño

Alicia y Gustavo

plaza 2

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