5 de diciembre de 2015: El Grupo Renacer cumple 27 años.


Para recordar este aniversario a continuación publicamos la carta que escribieron Alicia y Gustavo con motivo del encuentro por el 25 aniversario de Renacer realizado en Huerta Grande.


Queridos padres:

Gracias por estar hoy aquí. Por hacer el esfuerzo de ser parte presente de esta “celebración” -y utilizamos bien la palabra- de los 25 años de Renacer.

Veinticinco años desde ese primer 5 de diciembre de 1988, cuando comenzamos calladamente con la primer reunión de Renacer, en la ciudad de Río Cuarto. Entonces no sospechábamos el alcance y repercución de esta idea que comenzara gradualmente a forjarse en nuestro interior, solo unas pocas semanas después de la partida de Nicolás y que se convirtiera muy pronto en un convencimiento profundo: debía haber un sentido en esta tragedia. Convencimiento  que nos impulsó a buscar otros padres, intuyendo que extendiendo la mano al otro, se encontraba el camino.

Veinticinco años en el devenir del universo  son apenas un pestañeo en el tiempo, pero para nosotros, a quienes nos ha tocado vivir este momento histórico, es una parte muy significativa de nuestra vida.

Mirando hacia atrás  vemos cuánto hemos avanzado, en este breve período de la humanidad, Renacer está en todos los países de habla hispana en el mundo, y aún en aquellos cuya lengua nativa es otra, pero en ellos se reúnen personas que encuentran en su mensaje una luz de esperanza, esperanza de una vida plena a pesar de todo.

La muerte de un hijo es considerada la crisis  más severa por la que un ser humano puede atravesar. Constituye una verdadera conmoción existencial que sacude de raíz nuestras creencias más profundas,  aquello en lo que basábamos nuestra vida misma. Nos damos cuenta que todo  lo que sabíamos, y  vivimos  hasta ese momento,   no nos alcanza o no fue suficiente, para enfrentar y comprender esto que nos ha sido dado vivir.   Pero una cosa es lo que nos toca vivir y otra muy distinta qué hago yo, cada uno de nosotros con esto.

La muerte de un hijo no tiene nombre estamos pues,  transitando un territorio inexplorado de nuestra vida y aún, de nuestro ser.  Debemos atrevernos más allá de lo conocido para encontrar el sentido que yace latente en la tragedia esperando ser  descubierto. Un sentido tan valioso como ese mismo hijo. Este es el desafío.

Dice Viktor Frankl que al hombre se le puede arrebatar todo en la vida menos la última de las libertades individuales, la actitud con que se enfrentará a lo que le toca vivir. Frente a la tragedia que nos presentó la vida, necesitamos lo que Elisbeth Lukas llama “un anticipo de confianza”,el que nos hace intuir en un susurro interior que esa inconmensurable tragedia, aparentemente cruel y absurda, cumple con un sentido. Pero para esto hay que llegar a reconocer e inclinarse ante el misterio de la vida y de la muerte, darse cuenta que “solo se que no se nada”. Atravesar “la noche oscura del alma” y en las alas indómitas del espíritu, en una toma de decisión que surge de esa dimensión eminentemente humana, -la dimensión espiritual-  remontar vuelo, al infinito de la experiencia humana, más allá de los condicionamientos sociales, psicológicos, más allá de la experiencia previa, descubriendo nuevas dimensiones de nuestro ser, el sentido incondicional de la vida.

Darse cuenta de las posibilidades que aún yacen en el futuro para cada uno de nosotros esperando ser realizadas, las opciones que aún están allí, esperando de esa toma de decisión que me hará escoger de entre todas, aquellas que son buenas para mi, para los que me rodean y para la vida misma:” las opciones plenas de sentido. Y descubrimos también que frente a este planteo duro de la vida, no somos víctimas, porque aún retenemos la capacidad y la libertad de elegir la actitud con que nos enfrentaremos a lo que nos toca vivir. Al mismo tiempo advertimos que frente a esta libertad somos responsables de cada opción que tomamos, de la forma en que vivimos la vida en cada momento.

Cuando vimos  y sentimos la primer sonrisa en el rostro de un padre, antes marcado duramente por el dolor, supimos que estábamos en el camino correcto. Dentro nuestro comenzaba a crecer y echar raíces un gozo interior quizá solo conocido en el momento en que contemplamos por primera vez el rostro de nuestros hijos. Era como darlos a luz nuevamente, a través del dolor de su partida  y en un acto supremo de amor y renuncia echarlos a volar libres .

Comenzamos a experimentar una profunda transformación interior. Descubrimos una nueva forma de amar, como  cuando los vimos nacer, excepto que esta vez el amor crece y se expande sin límites, más allá de su forma física, más allá de la vida y de la muerte, más allá del tiempo y del espacio, el amor incondicional, para siempre.

Así fuimos descubriendo que Renacer no es un lugar donde solo voy a recibir consuelo, sino un lugar donde por sobretodo, voy a ofrecer lo mejor de mi en homenaje a mi hijo, por los que quedan que tanto nos necesitan, por la vida misma. En la medida que más me comprometo con la tarea por el bien común, mi sufrimiento adquiere un sentido poderoso, trascendente, tan valioso como ese ser maravilloso que tanto me marcara con su vida y su partida. Crecen mi fuerza y mi compasión, se suaviza mi dolor hasta convertirse en una “dulce nostalgia”, la que me permite vivir una vida plena, nuevamente.

Queridos padres, hoy estamos trabajando por el Renacer del presente, sino también por el de de aquí a 50 años, por los padres que vendrán. Esta era una necesidad de la vida no contemplada. somos todos parte de este mensaje, como tales somos responsables también  de llevarlo adelante con coraje, honestidad e infinito amor.

Por todo esto los invitamos hoy, en esta maravillosa celebración de la vida a asumir el compromiso que nuestros hijos nos han legado: aquel que nos mueve a ser verdaderamente humanos.

Alicia y Gustavo, Huerta Grande, Córdoba, noviembre de  2013.

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