En busca de la razón de ser en el mundo.


ENRIQUE
Enrique Conde

Por Enrique Conde.
-En homenaje a Ana con quien compartí esta búsqueda-


  (Permítaseme hoy bucear en mi propio aljibe.)

          Mi niñez estuvo poblada por el canto de los pájaros, el revolotear de la golondrina, el color de la lluvia, el rugir del follaje, el verde de los campos, el titilar de las estrellas, la caricia de la brisa y el perfume de las flores, que rodearon a mis sueños juveniles, allá en el valle del Aiguá,

          Desde muy niño, busqué una razón de ser para mi existencia.

          Podría decir que mi vida estuvo colmada de esta búsqueda.

          Hoy, al crepúsculo de mi vida, me pregunto ¿qué fueron de aquellos sueños juveniles?

          Y una voz me dice “vuélvete al pasado y vierte sobre las enmohecidas páginas del olvido la luz vívida del recuer­do…”

          Entonces, miré hacia atrás e intenté seguir mis propias huellas en la búsqueda de  la  Razón de ser en el mundo.

          Mi pensamiento voló a los jardines de mi niñez y adolescencia…

          En el principio era el caos.

          Mi madre quería que yo fuera sacerdote…

   * *

          A los diez años, internado en un colegio, me mostraron el infierno,  para que me arrodillara ante una negra sombra que estorbaba mi camino…

          Arrodillado ante esa sombra, mi corazón de niño sangra­ba pecados desconocidos.

          A los 14 años, cierto día el Cura Montero, profesor de literatura, se presentó y nos dijo que  ese día en clase, hiciéramos una redacción cuyo título era “Agua Turbia”.

          Mi redacción fue la siguiente:

          “Una  noche soñé…

           Soñé que iba por flori­dos vergeles, soñé que corría libre por el campo abierto sembrado de verde; soñé con el perfume de todas las flores; soñé con la caricia de sus pétalos… y, en mi sueño, llegué hasta el borde de las cris­talinas aguas de un estaque.

           En el espejo del agua, la luna reflejó su disco de plata, junto a mi rostro más oscuro, ofuscado, tomé del barro de la orilla y se lo lancé a la luna… ella se rompió en mil pedazos y mi figura tembló, fantasmal, en el agua turbia…         

          Entonces le grité:

          ¡Eres agua turbia!

          Ya serena, el agua me contestó:

          Tú, con tu acción, enturbiaste mi calma y agitaste el espejo de mi alma, rompiendo en mil pedazos la paz de los astros.

           Entonces, en silencio, miré hacia dentro de mí y una voz me dijo:

          ‑  Los fantasmas no vienen del infierno…

           ‑ ¿Dónde están?, pregunté.

           ‑ En tus acciones; ellas son la causa que, oculta a tus ojos, espera latente para mani­festarse en tu vida, ahí está el infierno, dentro de ti mismo.

          ¡Nunca enturbies el agua de tu estanque!

           Al despertar, sentí que todo el universo estaba en mí; me había revelado un secreto…     

          Lo guardaré por siempre, me dije”.

 

          A la clase siguiente el cura entregó a cada uno su redacción con la calificación correspondiente y al pie de mi redacción, sin calificación alguna, figuraba este hiriente y lacónico comentario: ¿de dónde lo copió?        

          Ese día sentí las estatuas suspendidas en el aire, cayendo sobre mí y huí despavorido, le envié una nota al director del colegio cura Francisco Fernández, sin comentario alguno, diciéndole de mi intención de irme del colegio.

*   *  *

          Entonces, volví a la sombra del viejo tala de mis sueños  y entre los dulces frutos de su follaje me dejó ver el cielo poblado de blancas nubes que, como rebaño, pacían en un fondo azul y busqué en la naturaleza… sentí que podría encontrar la respuesta lejos de mí… en la inmensidad…

      Y una tarde de verano, cuando el sol ya cerca del horizonte, anunciaba el crepúsculo, yo estaba absorto en la contemplación de la naturale­za… y soñé despierto junto al naranjo.

          Distintos matices de verde rodeaban mi sueño…

          Soñé un sueño inverosímil.

          Imaginé que un rayo de luz iluminaría  mi mente y encontraría una filosofía de vida, entonces, sentí una gran fuerza que venía de adentro de mí mismo…

          Y soñaba… soñaba que, a partir de entonces, ese  pensamiento podría iluminar las mentes de los demás.

          Primero unos pocos… luego más, más y más… y  recorrería el mundo librando a la humanidad de las cadenas, en que la ignorancia la tenía sumida…

          Y mientras el trasparente y el naranjo se oscurecían, opacados por la noche, recortando sus siluetas en el rosado pálido con que el crepúsculo pintaba el cielo, yo sentí el frío de la brisa, como si la gloria besara mi frente…

          Fue, desde entonces,  que busqué  una nueva filosofía de vida, pues todas las que conocía coartaban mi libertad, y quedó grabado en mi mente el pensamiento de Kant, que estamos en este mundo para evolucionar y ayudar a evolucionar a nuestros semejantes.

*   *   *

          Fue la lectura de libros lo que acunó mis sueños, lo cual cambió mi vida para siempre.

         La lectura de el “Don Juan” de Lord Byron, la figura fantasmal del monje loco, la frescura de la poesía de Moratín y “El sí de las niñas”, luego  a las riveras de mi corazón, llegó Delmira Agustini y su poema “Lo Inefable” que ha dejado en mí una profunda huella, tan es así que 40 años después me sorprendí al recordarlo de memoria sin haberlo repasado en tanto tiempo.

          Dice así:

   Yo muero extrañamente… No me mata la vida,

     no me mata la muerte, no me mata el amor;

     muero de un pensamiento mudo como una herida…

 

     ¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

     de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,

     devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?

     ¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida

     que os abrazaba enteros y no daba un fulgor?

 

     ¡Cumbre de los martirios!… ¡Llevar eternamente,

     desgarradora y árida, la trágica simiente

     clavada en las entrañas como un diente feroz!…

 

     Pero arrancarla un día, en una flor que abriera

     milagrosa, inviolable… ¡Ah más grande no fuera

     tener entre las manos la cabeza de Dios!

 

         También quedaron en mí, impresas para siempre, las palabras de Santa Teresa de Jesús dirigidas a su Dios:

                              “No me tienes que dar porque te quiera,

                                pues aunque lo que espero no esperara

                                lo mismo que te quiero te quisiera.”

    

         También tuvo su influencia en mí Dale Carnegie con un título muy sugestivo, algo así  “Cómo ganar amigos y agradar a los demás”, que seguramente fue quien  implantó esa falsa sonrisa que emerge de los labios de todas las promotoras que uno encuentra en los supermercados, pero que a mí me hizo ver la importancia del “otro” y cuánto se obtiene con un simple si.

          Concomitantemente a nuestro padre, por una inspiración aparentemente inexplicable, se le ocurrió comprar una colección de veinte tomos titulada “Grandes Novelas de la Literatura Universal”. Estimo hoy que esto se debió a algo que siempre nos dijo nuestra madre desde muy niños “no les compraremos juguetes, pero nunca dejaremos de comprarles lo que necesiten para estudiar”.

          Y siempre fue así, los juguetes de nuestra niñez fueron los que nosotros mismos,  con ayuda de nuestros padres, nos podíamos fabricar, pero nunca nos faltó un libro, cualquiera fuera el que necesitáramos

          En la “Grandes Novelas de la Literatura Universal” estaban reunidos allí Víctor Hugo, Emilio Zolá, Nikolai V. Gógol, Anatole France, León Tolstoi, Henrik Ibsen, Molière, Shakespeare, Cervantes, Fedor Dostoievsky; Chejov, Flaubert y quizá alguno que hoy no recuerde.

          Seguramente, al decir de Don Bosco, cada uno dejó algo en lo profundo de mi conciencia…

          Ellos me visitaban en las noches; allí estuvieron Los Hermanos Kramazov… Las Almas Muertas… Gògol, Missard buscando un tesoro escondido… el Avaro de Moliere… el rugir de la locomotora  en La Bestia Humana, lanzada sin maquinista a un viaje sin fin en la noche sin destino… Sancho Panza y el Quijote… y no faltaron a la cita ni Naná ni Safo…

           Cuando hoy recuerdo mi inclinación por a lectura, no estoy seguro que haya sido yo quien lo decidiera  y encuentro en Elisabeth Kübler Ross la respuesta, cuando dice: “Las casualidades no existen, sólo las manipulaciones divinas.”

*   *   *

           Con el corazón inflamado y la mente llena de ilusiones, al término de los cuatro años de Liceo, llegué a Montevideo para los cursos preparatorios al ingreso a facultad, por entonces, mis lecturas fueron de otra naturaleza

          Pasó el tiempo… y cuando el verano de 1954 moría, una mano invisible puso a Ana en mi camino.

          Era carnaval y el club de barrio “San Lorenzo” había instalado, justo frente  mi casa, un escenario a donde concurrían conjuntos a cantar.

          Yo estudiaba para un examen y la música y cantos me molestaban para concentrarme, entonces, cuando venía un conjunto, dejaba mi estudio y salía a la vereda donde mi madre había puesto unas sillas sacadas del comedor para ver cómodamente las actuaciones.

          Fue allí que vi por primera vez a Ana, Ana Zaida, ella era orgullosa de su segundo nombre, entonces, estaba hablando animadamente con mi madre.

          Sus ojos, su cara, su pelo, los gestos de sus manos, la expresión de su rostro, su porte, pero particularmente, los gestos de sus manos al hablar me llamaron la atención.

           Yo no sabía quien era y mi madre me dijo que había venido a acompañar a su hermano menor, que la conocía del barrio pero no sabía su nombre.

          Esa noche cuando se retiró, intenté seguir sus pasos para ver donde vivía; la busqué calle arriba, calle abajo, pero no la encontré, sin embargo en mi mente siguieron sus ojos… su cara… su pelo… los gestos de sus manos… la expresión de su rostro… su porte…  su andar…

          A los pocos días volví a verla y al mirarla, sus labios esbozaron una sonrisa respon­diendo a mi sonrisa…

          Ella ya sabía quien era yo… entonces, acercándome le dije: “quisiera decirle algo que usted ya sabe…”

          El  tiempo se detuvo…  oliendo a rosas  y jazmines,  a violetas y madreselvas…  el perfume ­de todas las flores emanó de su  cuerpo… y en su boca la dulzura de la miel…

          La noche profunda, poblada de estrellas, quedó en silencio…

          La luna tras el follaje iluminó nuestro encuentro… con los colores del arcoíris…

          La brisa jugaba  en su pelo…  sus ojos brillaban  como diamantes…

          Fue un instante fugaz… un hálito de amor, uniendo nuestros caminnos en busca de la razón de ser en este mundo, ella con 20  años, yo con 24.

          Dice Milán Kundera: “Si el amor debe ser inolvida­ble, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís.”

         Pronto entre los consabidos obsequios de cumpleaños y aniversarios, anillos, medallas, dijes, flores, perfumes y otros regalos ¿qué hubo?  LIBROS,  sí, libros prolijamente encuadernados de la editorial “Aguilar”, entre ellos las obras completas de  la poetiza Juana de Ibarbourou,, obras poéticas completas de Ramón de Campoamor, las obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer, narraciones completas de Edgard Allan Poe, las obras de George Bernard Shaw Pigmalión y Santa Juana…

           A su vez mi biblioteca se llenaba, libros serios unos y frívolos otros, entre ellos “El Matrimonio Perfecto” de no sé que autor, que decía que la verdadera felicidad consiste en procurar la felicidad del ser amado, que coincide con lo dicho por Savater, al decir que el amor consiste en “querer ser la causa de la alegría del otro”.

          Al fin… el título y enseguida el hogar formado con Ana, cuando yo frisaba los 30 años.

*   *   *

          El 31 de julio de 1959, el día de sus 26 años, nos unimos en matrimonio, con la sensación de que ni aún la muerte nos separaria…

          Fue un hálito de amor con destello de eternidad.

¡Qué felices vivimos los dos!

 

          ¡Qué sueño tan dulce, tu hijo… nuestro hijo Enriquito…

          Lo tomabas en tus brazos, haciendo nido en tu regazo…

          Sus manos morenas, de uñas brillantes reposaban en tu seno…

          No querías que la vida  lo hiriera…

          No querías que un día se fuera…

          En el nido de tus brazos cual avecillla dormía…

          ¡Qué felicidad sería tener el nido repleto!

          Y volvió el nido a poblarse com dos avecillas pequeñas…

          Ya eran tres las que lograban tus sueños…

          Con el olivo en su pico, una paloma llegó…

          Y así el nido completo quedó.

           La vida hogareña, junto a nuestros hijos, transcurrió con las alternativas propias a la vida misma, con la dulce voz de Ana, su sonrisa… su manera suave de decir… la expresión de su rostro… su porte…  su andar… y los gestos de sus manos al hablar… aquellos gestos de sus manos del primer día, que  me impulsaron una vez a escribirle:

                                             Tus manos

                     ¡Qué cálidas  son  tus  manos, haciendo arabescos en el aire!

                     Cuando rozas mis manos…

                     Cuando tocas mi pelo… mis sienes…

                     Cuando aprietas tu pecho á mi pecho…

                     Cuando  acarician, ya lánguido, mi cuerpo…

 

                     ¡Qué tiernas  son  tus  manos  haciendo arabescos en el aire!

                     Cuando alzas a nuestro hijo…

                     Cuando haces cuna en tus brazos…

                     Cuando  acaricias su piel y sus rizos…

                     Cuando acercas su boca a tu pecho…

 

                      ¡Que generosas son tus  manos  haciendo arabescos en el aire!

                       Cuando partes el pan…

                       Cuando cultivas la flor…

                       Cuando repartes el fruto…

                       Cuando con ellas das la vida…

 

                       ¿Qué embrujo tienen tus manos  haciendo arabescos en el aire?

 

          No éramos iguales, sin embargo, la gente no podía creerle cuando Ana decía que nunca nos habíamos peleado, que nunca estuvimos ni un minuto disgustados o sin hablarnos ni nunca decirnos adjetivos, epítetos o palabras hirientes y agregaba “yo me volvería casar con Enrique”

          También en el hogar estuvieron los libros, los ya acumulados y, de a poco, casi toda la serie de la Editorial Sopena  con los más diversos temas entre ellos “Discurso del Método” de Descartes, “Critica de la Razón Pura”, de Emanuel Kant, todas la novelas de Zolá, en fin, León Tolstoy, Flaubert, Oscar Wilde, etc. más de 100 títulos.

         De Emanuel Kant quedó en mi mente que la razón de nuestra existencia en el mundo, es evolucionar y ayudar a evolucionar a los semejantes, concepto recibido en las clases de filosofía del cura Basil en mi pueblo natal.

*  *   *

 

          En el año 1968 nos asaltó la gran preocupación consistente en decidir a qué escuela orientar a los chicos y, nuevamente, “casualmente”, cierto día, estando en estas cavilaciones, mientras esperábamos en la antesala de un consultorio médico, un compañero del Banco estaba junto a su padre para la consulta con el mismo médico que Ana, aprovechando que ese día había paro en el gremio bancario y como los bancos estaban cerrados, de la misma manera que yo acompañaba a Ana, él acompañaba a su padre.

           Cuando entramos en conversación él nos presentó a su padre Don Juan Moreno quien estaba leyendo un libro y yo no pude resistir a la tentación de preguntarle de qué se trataba ese libro cuyo título había espiado: “Curso de Iniciación Logosófica”

           Moreno nos explicó que se trataba de una escuela filosófica creada por un señor Carlos Bernardo González Pecotche que postulaba un método por el cual el ser humano, en vez de evolucionar lenta e inconscientemente, podía hacerlo mediante una evolución consciente y nos explicó que había grupos de estudio y una escuela primaria.

          Al oír “Escuela Primaria” en nuestra mente sonó el timbre de nuestras cavilaciones.

          ¿Por qué no averiguamos más sobre esa escuela?

          Así lo hicimos y al entrar en  su edificio se leía “Fundación Logosófica en Pro de la Superación Humana”.

          Además del  ya referido “Curso de Iniciación Logosófica” la bibliografía que se nos ofrecía era abundante: “El mecanismo de la vida consciente”, “Logosofía, Ciencia y Método”,  “Deficiencias y Propensiones  del Ser Humano”, “El Espíritu”, “La Herencia de Sí mismo” y un conjunto de Conferencia de González Pecotche.

          Siempre me acompañó, entre otras, una frase de González Pecotche, guardada en mi memoria: “Toda enseñanza moral, no abalada por el ejemplo, obra en el alma de quien la recibe, en sentido contrario”.

           Repasando “las casualidades” que nos llevaron a elegir la Escuela Logosófica para nuestros hijos, recuerdo lo que dice Milan Kundera en la “Insoportable Levedad del Ser”:

          “Un acontecimiento es tanto más significativo y privi­legiado cuantas más casualidades sean necesarias para pro­ducirlo.”, concepto clarificado por Elisabeth Kübler Ross en “Lecciones de Vida”,  al decir “Las casualidades no existen, sólo son manipulaciones divinas.”

          Estos libros llenaron un espacio de nuestras vidas.

          Por entonces se cruzaron en mi camino el referido Milan Kundera, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Leo Buscaglia, Jean Francois Revel con su  libro “El Conocimiento Inútil”, José Enrique Rodó con sus “Motivos de Proteo” y sus “Parábolas”, Kalil Gibrán, Antoine de Saint Exupéry, con “El Principito”, “El Diario de Ana Frank, Dominique Lapierre y Larry Collins con ” Esta noche la libertad” y  “El Quinto Jinete”, “La Magia del Poder Psicotrónico” de Rober B. Stone, Alvin Toffler con “La Tercera Ola” y  algunos libros conteniendo cuentos cortos.

               Los últimos años de este período estuvieron empañados por la enfermedad que acosó a nuestro hijo Enriquito.

*   *   *

 

           Corría el año 1984  cuando Enriquito, nuestro hijo mayor, fue afectado por un rayo que turbó su mente

           De su mano recorrimos todos los senderos en busca de la luz para su mente, nos detuvimos en cada estación… en cada piedra del camino… gol­peamos todas las puertas… toca­mos todos los timbres.

          Los fantasmas rondaban su mente y mi mente.

          A cada instante lo leía en sus ojos que, profundos y tristes, me miraban como pidiendo permiso y perdón a la vez… para irse de nuestro lado…

         Yo siempre le negué el permiso, pero no le negaría jamás el perdón.

         Mi corazón ya lo había hecho.

          Luego de 9 años de tanto andar, acuciado por la idea del suicidio, Enriquito comenzó a asistir  a un centro de estudios de filosofía oriental, que hablaba sobre la fuerza vital cósmica, gobernando armoniosamente las funciones de la vida, sobre el sentido de la compasión y otras cuestiones filosó­ficas relativas a la vida.

          Un concepto de “un dios sin estatuas”, como la fuerza que subyace en el orden Universal en armonía con la esencia cósmica del indi­viduo, capaz de liberarlo del sufrimiento inherente al cuer­po que lo liga transitoriamente a la tierra, a través de las leyes  universales, que son la verdad contenida en los fenóme­nos derivados de la esencia del universo, como causa y sostén de todo cuanto existe.

            Y un concepto del amor, arraigado en el espíritu del ser humano, propiciando el mutuo acercamiento como una forma de vivir en el más alto grado de empatía, capaz de despertar un amor sin condiciones, hacia todo lo que nos rodea.

            Pero, ese “dios sin estatuas” al que los hombres luego le levantaron estatuas y templos llenos de ritos, no evitó en nuestro hijo, la trágica decisión del suicidio, sin embargo, nos iluminó en la búsqueda de la razón de ser en el mundo.

*   *   *

           El 16 de diciembre de 1993, a los noventa días de la partida de Enriquito yo escribí:

           “¿Qué fue de aquel sueño  a ojos abiertos, en aquella tarde de verano?

          Aún hoy siento la brisa besar mi frente; huelo los azahares del naranjo; veo el verde del trasparente y teñirse la tarde de rosa despidiendo al sol y… tengo la sensación de su presencia en mí.

           Muchas veces, a lo largo de mi vida, he sentido esa presencia como indicándome el camino a seguir.

           Nunca encontré el camino que en mis sueños juveniles busqué fuera de mí.

           Luego, buscando dentro de mí, encontré un largo camino, lleno de obstáculos, sembrado de dificultades.

            A su vera, sin embargo, disfruté, alguna vez, de la fresca sombra y también de algún fruto, mientras veía que otros, con los pies ensangrentados y a veces también las manos, corrían para llegar primeros, a no se sabe dónde, ni en busca de qué…

            Hoy, luego de mucho andar, ya no busco una filosofía normativa; todas las que hasta hoy conocí, son esclavizantes de la dignidad humana.

            El mayor valor que tiene el hombre es su libertad…

           También lo es para elegir el camino en su vida.

            Muchas veces tuve la sensación de que no era yo quien elegía… quizá mi invisible acompañante fue más inteligente que yo…”

                     *   *   *

            Enriquito se fue dejándonos el dolor de su trágica partida, y un legado para nuestra búsqueda de la razón de ser en el mundo, que se orientó indagar sobre la muerte, en procura de un camino que nos permitiera penetrar en ese misterioso ámbito

          Por su intermedio nos había llegado la noticia de la existencia de  una organización de origen japonés, radicada en nuestro país con la designación de  “Sociedad para el Desarrollo de los Valores Humanos” bajo la dirección del filósofo Daisaku Ikeda.

           El primero de sus libros con el que tomamos contacto fue  “La Vida un Enigma”, luego vinieron otros libros de Daisaku Ikeda que nutrieron nuestra vida “La noche anuncia la aurora”, “Escoge la Vida”

         Dice Ikeda que todos somos los  constructores de nuestro propio destino que todos nacemos con una tendencia  a la compasión, aunque rara vez nos damos cuenta de ello hasta que se presenta una ocasión especial.

         Si uno rompe su propio cascarón y sale a actuar en bien de los demás, su vida se renueva con vibrante vitalidad.

          El ser altruista, luchando por ayudar a otros es, en sí, un ataque frontal al yo egoísta.

          Hacer el bien es el mejor modo de mejorar el propio carácter y encontrar una mayor felicidad.

          Al ayudar a otros, el ser se modifica a sí mismo, pues al hacer el bien suprime el egoísmo latente en él.

          De esta manera, intuimos la presencia espiritual de nuestro hijo conduciéndonos hacia la búsqueda de ese estado de altruismo descrito por Ikeda, pero nos preguntábamos ¿cómo llevarlo a la práctica? ¿en qué ámbito? ¿de qué manera?¿Cómo hacer para ejercitar el altruismo?

           ¿Dónde está ese “otro” que ayudar?

            El camino propuesto por Ikeda es la adhesión a una institución plagada de ritos e invocaciones, sujeta a una estructura que constriñe la libertad.

              ¡Jamás renunciaríamos a nuestra libertad!

                                                *   *   *

    Nuestra búsqueda no tenía fin, durante dos años, de la mano de Ana,  llenos de dolor, golpeamos puertas que se cerraban, que empero, no lograron borrar el amor a nuestro hijo ausente.

               Hasta que un venturoso día, el último día  de octubre de 1995, encontramos en Renacer el ámbito del amor y el altruismo que se mani­fiesta en la fuerza indómita del espíritu, en el plano más íntimo de la vida, que engendra el amor incondicional y la libertad interna, como la capacidad de asumir, desde lo más profundo del ser, una actitud positiva frente a aquellos hechos que la vida nos depara y que no podemos modificar.

          A través de Víctor Frankl, Elisabeth Kùbler Roos, Elisabeth Luka con sus libros “El hombre en busca de sentido”, “La muerte un Amanecer” – “La Rueda de la Vida” y “Psicologìa espiritual”, pasando por Brian Weiss, Deepak Chopra e innumerables reflexiones de Alicia y Gustavo Berti, – hasta  hoy en “Cuando la Palabra Calla”-  descubrimos que en el Mensaje de Renacer estaba la filosofía de vida, objeto  de nuestra búsqueda.

          Renacer es trascender ayudando a “otro” semejante, como lo ha expresado Víctor Frankl al decir: “El hombre que se levanta por encima de su dolor para ayudar a un hermano que sufre, trasciende como ser humano” en Renacer se encuentra ese “otro”, aquel padre o madre que, como nosotros, han perdido un hijo.

     Y siempre habrá “otro” ser que exista y necesite algo de nosotros.

*   *   *

          Por entonces, les era imposible a los integrantes de los grupos tener, de primera mano, los conceptos de Renacer, por carecer de una fuente accesible, como existe hoy.

          Los conceptos de Renacer estaban dispersos en publicaciones, escritos originales de los primeros tiempos, encuentros y publicaciones diversas, de sus iniciadores, Alicia y Gustavo Berti, que llegaron a nuestro conocimiento, partiendo de una vieja carpeta que obraba en “Renacer Montevideo”, además, fueron engrosando el caudal de nuestra información, las grabaciones de los distintos encuentros realizados, a algunos de los cuales  pudimos asistir con Ana.

          Recordando aquella afirmación de Kant de que la razón de nuestra existencia en el mundo, es evolucionar y ayudar a evolucionar a los semejantes, buscamos con Ana la manera de difundir el pensamiento de Renacer a través de la palabra de sus iniciadores, Alicia y Gustavo Berti, de quienes aprendimos que, aún con nuestra crisis existencial, e inmersos en esa confrontación con un destino que pareciera dominar nuestra vida por completo, continuábamos abiertos a otros seres que siguen existiendo y esperan algo de nosotros.

          Fue así, que el 4 de noviembre de 2004 iniciamos la serie mensual denominada “LA PALABRA DE ALICIA Y GUSTAVO BERTI”, con un artículo titulado: Una puerta abierta a la verdad y a la libertad, enviado a 90 direcciones que por entonces teníamos.

           Al principio, con el estímulo recibido de los iniciadores de Renacer y luego, a partir de 2007 integrando artículos bajo sus propias firmas, en cuyos contenidos, fueron incluidas solo sus palabras sin cambio alguno de sus conceptos hasta los primeros meses de 2014.

           Cuando Ana terminó este ciclo de su vida, con el salto cósmico que la llevó junto a Enriquito, Susana, una madre que conocimos en un encuentro en Huerta Grande, expresó: “Juntos eran un bálsamo para mi corazón”

            Culminaron así 60 años, en que, con mi querida dulce Ana, compartimos la búsqueda, de la razón de ser en el mundo, que finalmente, encontramos a través del amor incondicional, que despertó en nosotros el Mensaje de Renacer, determinando que empezáramos a difundir los conceptos contenidos en la esencia de Renacer.

            Junto a Ana nuestros corazones han estado llenos de  gratitud  a Alicia, a Gustavo, a Nicolás y a todos los que nos ayudaron a encontrarle sentido  a nuestra búsqueda.

                                               *    *   *

          Luego, en agosto de 2014 alentados por la generosa sugerencia expresada por Gustavo Berti, en una comunicación personal expresando “puedes seguir publicando con tus palabras lo que tu desees.” comenzó la serie “Buceando en el aljibe” como una eiségesis del mensaje de Renacer con la colaboración de nuestra hija Ana Doris.

           Entonces, recordé aquel sueño en una tarde de verano, junto al naranjo, aquel sueño inverosímil,  imaginando que un rayo de luz iluminaría  mi mente y encontraría una nueva filosofía de vida  y soñaba que, a partir de entonces, esa nueva filosofía podría iluminar las mentes de los demás, recorriendo el mundo para librar a la humanidad de las cadenas, en que la ignorancia la tenía sumida…

          También ha sido el Mensaje de Renacer  que ha hecho posible que hoy, 18 de febrero, al cumplir 86 años, esté escribiendo, antes que sea tarde, mi testimonio: “En busca de la razón de ser en el mundo”, como lo soñé aquel verano, junto al naranjo, cuando sentí el frío de la brisa, como si la gloria besara mi frente…

                     Gracias por  permitirme bucear hoy en mi propio aljibe.

          Enrique, con el recuerdo más dulce que pueda existir para Enriquito y mi querida dulce Ana,  junto a Ulises y Anita.

                                                                 18 de febrero de 2016

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3 comentarios en “En busca de la razón de ser en el mundo.”

  1. Impresionante relato. Da placer y a la vez tristeza leerlo. Es sentirme protagonista de la historia, recordando los sueños que tuve alguna vez y de ser afortunada de haber podido hacerlos realidad. Hoy hace dos años que transito esa búsqueda… pero sola, porque junto a mi hijo partió también mi gran compañero, mi sostén en la vida, el hombre que dio todo para que esos sueños se cumplieran. Pero seguramente ellos me indicaron el camino a seguir, y pude encontrarme hoy con Renacer. Espero poder alcanzar la tranquilidad que mi alma y mi cuerpo me están pidiendo. Espero poder armar esta vida diferente y totalmente nueva que comenzó también para mi. Gracias por estas hermosas palabras.
    Soy Silvia, mamá de Gonzalo

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  2. Me quedo con un nudo en la garganta al leer este escrito, porque siento que esta historia esta impregnado de cada uno de nosotros, que hemos visto partir a un hijo y que criamos que jamás volveríamos a encontrar un poco de paz, pero resulta que al transitar este camino sucedió algo increíble, gracias a nuestros hijos que nos impulsaron a esta búsqueda a miras de un renacer porque ya no podíamos vivir de la misma manera ya somos otras personas, renacimos acompañado de la filosofía de renacer.
    Martha Elena Arce mamá de Diana Paola
    Muchas gracias

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