AMOR INCONDICIONAL


Enrique Conde
Enrique Conde

       La crisis existencial que se manifiesta, luego de la pérdida de un hijo, ha sido descripta como un estado desconocido en el que se produce un verdadero aislamiento existencial, en el que desaparece el mundo circundante que rodea al ser sufriente y no solo desaparece su significado, sino que desaparece el mundo mismo y es posible experimentar la nada, en su plenitud, como una puesta entre paréntesis del mundo que lo rodea y  se rompen los puentes de comunicación con los demás.

       Cabría preguntar ¿En estas condiciones es posible pensar que se pueda sustituir el dolor que esto provoca, por el amor incondicional al hijo que partió?

       Víctor Frankl sostiene que ante una profunda señal de alerta implícita en una crisis tal, el hombre, si responde a su intuición, llega a saber, por encima de toda lógica, que la salida existencial no la  encontrará sumiéndose en el pasado.

       El hombre puede aceptar su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, según  la forma en que cargue con su cruz.

       Incluso bajo las circunstancias más difíciles, puede darle muchas oportunidades a su destino, para añadir a su vida un sentido más profundo.

        La salida siempre estará por delante suyo, en lo que aún queda por realizar de ese futuro, en el que yacen las posibilidades aún no realizadas y puede darse cuenta que la única manera de eliminar la oscuridad es dejando entrar la luz, la misma que derrama sobre nosotros el Mensaje de Renacer, desde hace  27 años.

        Así lo expresan hoy sus iniciadores en “Donde la palabra calla”: “Cuando un hijo nace, conocemos una nueva clase de amor, un amor que no conocíamos.

        Cuando muere un hijo nos enfrentamos a algo desconocido, un dolor nuevo y también un amor nuevo, el amor incondicional que sentimos por nuestros hijos, el que no necesita la presencia  ni el contacto físico, para ser, crecer y expandirse.”

       Así lo expresaron, desde el principio, Alicia y Gustavo Berti, al decir: “Cuando nosotros comenzamos esta tarea, intuíamos que para continuar con una vida plena después de haber perdido un hijo, era necesario que fuésemos capaces de pensar o imaginar algo, una luz, en nuestro futuro que tuviese el mismo significado, el mismo valor que ese hijo, de lo contrario sabíamos, y esto ya con certeza, que nuestra vida sería distinta, de menor calidad, ensombrecida por la posibilidad de un lamento pertinaz, de una victimización, enfrentados al miedo y la desesperanza de un futuro opaco y vacío

       Esa luz para el camino, que por entonces éramos capaces de imaginar, tenía que ser una luz que brillara con intensidad propia, que tuviese vida propia, una luz que fuera objetiva, un valor tan importante que nos convocara a levantarnos por encima de nuestro dolor y decirle sí a la vida.

       Esa luz debía ser lo suficientemente poderosa como para abrirse paso entre la maraña de emociones y sentimientos negativos que dominan ese tiempo.

       Esa luz tendría que estar en el mundo, fuera de nosotros pero a la vez cubriéndonos, protegiéndonos, alimentándonos, y la única luz que nos protege y nos alimenta y en la cual podemos vivir en plenitud es la luz del amor incondicional, el mismo amor que sentimos por nuestros hijos, ya sea que estén de este o del otro lado de la vida.

        Esa capacidad del amor incondicional para abrirse paso entre la maraña de sentimientos y emociones negativas propias de los períodos iniciales, tenaces e insistentes, capaces de perpetuarse si les damos permiso, nos llevó, por su propio peso, a diferenciar entre el amor y nuestros sentimientos.

        Si bien al principio nos faltaban las palabras para explicar esta intuición, con el tiempo nos fueron muy útiles los conceptos de Martín Buber sobre el amor cuando dice que, mientras los sentimientos y emociones habitan en el hombre, el hombre habita en el amor.

        Así, de esta manera comenzamos a trabajar, ayudando a otros padres que habían perdido hijos, llevándole a ellos una palabra de esperanza y tratando que ellos también pudieran ver la pequeña luz al final del túnel, haciéndolo en nombre del amor que sentíamos por Nicolás y que, por cierto, no había muerto con su partida.

        Por eso podemos decir, sin ninguna duda, que Renacer nació como una obra de ese amor en el que todos habitamos.

        Este mensaje fue muy difícil de transmitir al principio.

        Nuestra cultura indicaba que lo acostumbrado era trabajar con las emociones y sentimientos y así, cuando nos encontrábamos con padres cuyos hijos habían sido víctimas de hechos violentos y les decíamos que Renacer era un mensaje de amor y que, en nombre de nuestros hijos sólo tenía sentido devolver una obra de amor a la vida, esos mismos padres nos miraban con desconfianza y en ocasiones hasta con desagrado, y nos hablaban, una y mil veces, sobre su emociones y sentimientos.

        A pesar de todas estas dificultades iniciales, continuamos mostrando a Renacer como un mensaje de amor y sosteníamos que, para ver y mostrar a otros padres a Renacer como una obra de amor, no era necesario hacer catarsis en las reuniones.

        Decíamos, por entonces, que se podía ver a Renacer de varias maneras, entre ellas como un lugar a donde íbamos a que alguien pusiera un brazo en nuestros hombros y nos dijera “pobre, yo sé lo que se siente, yo pasé por lo mismo” y eso era importante, pero no alcanzaba… también, les decíamos, pueden ver a Renacer como un lugar donde van a dar algo de ustedes en memoria y en homenaje a ese hijo que partió; luego preguntábamos a los padres como preferían ver a Renacer y la inmensa mayoría respondía que les agradaba más verlo como un lugar a donde iban a dar algo de ellos en homenaje a sus hijos.

         Luego venía la pregunta obligada: “¿Qué van a dar en homenaje a ese hijo? ¿Llanto, dolor, desesperación, bronca, odio, deseo de venganza? ¿O preferían dar amor, ese mismo amor que sentían por sus hijos?

         Al decidir llevar a otros padres y a la vida misma, el mensaje de amor que nuestros hijos nos han legado, debemos hacerlo con entereza, con dignidad pues esto es lo que la vida y nuestros familiares esperan de nosotros; no que nos disolvamos en un mar de lamentos, reproches de victimizados o conductas nihilistas.

         No, no es esto, sino una actitud mesurada y, por qué no, optimista, basada en una “fe absoluta”, que refleja la fe, no en algo o alguien, sino como una manera de ser del hombre, una forma de relacionarse con la realidad caracterizada por coraje, aceptación del destino y compromiso total con la obra a realizar porque el hombre no es lo que recibe de la vida, sino que hombre es lo decide devolver a ella.”

         Esto es Renacer y éste es el compromiso que debemos asumir hoy para los veinticinco, cincuenta, cien y más años, para que esta luz iniciada el 5 de diciembre de 1988 brille eternamente, signo del despertar de la semilla de una revolución cultural, bajo la esencia íntima del amor incondicional, para una humanidad tan necesitada de amor.

                                                          Viernes 18 de marzo de 2016

         Eiségesis del mensaje de Renacer por Enrique, Ana Doris  y Ulises, con el recuerdo más dulce que pueda existir para nuestra querida dulce Ana, quien mañana 19 de marzo hará dos años voló a unirse a Enriquito, en el reino de la paz y el amor.

                                         De Renacer Congreso – Montevideo, Uruguay

                                                    “Por la Esencia de Renacer”

 

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