Alicia y Gustavo Berti: perder un hijo, volver a nacer


Historias de vida, Magdalena Tagtachian,
Publicado en Diario Clarín, 9 de octubre de 2016.

Alicia y Gustavo Berti: honrar la vida. Foto Gentileza

Sonríen. Hacen bromas. Cuentan chistes. Se miran y miran con amor. Alicia “Moñi” Schneider y Gustavo Berti no admiten lamento ni autocompasión. Después de perder a su hijo mayor, están parados firmes sobre sus pies, sobre su propia voluntad de vivir en plenitud a pesar de la tragedia. “El Cielo es nuestro límite”, aseguran luminosos. Es ese mismo Cielo que se guardó para siempre a Nicolás. Flaco y larguirucho, cursaba el último año del industrial. Quería seguir Física astronómica en el Instituto Balseiro de Bariloche. La madrugada del 20 de mayo de 1988 regresaba a casa luego del cumpleaños de un amigo. Su moto tuvo un accidente. Nunca llegó. Tenía 18 años.

Seis meses después, Moñi y Gustavo crearon el grupo de ayuda mutua Renacer (gruporenacer.wordpress.com), como una forma de resignificar la vida de su hijo y de ayudar a otras parejas que habían pasado o pasarían por lo mismo “Sólo acercándonos a otros, le daremos trascendencia a nuestro drama y podremos tener una vida plena y feliz, aún con las circunstancias que nos tocan. Esto vale para cualquier pérdida o situación de adversidad”, puntualiza Moñi, profesora de inglés, rubios rulos, mirada celeste, bella mujer de 70. En Renacer reciben a los papás, pero también a los hermanos, abuelos y amigos de quien se fue. Hoy, a casi tres décadas de ese otro “nacimiento”, los Berti tienen más “hijos” por toda la Argentina, Latinoamérica, México, Estados Unidos y España, donde se siguen abriendo grupos. “La partida de Nicolás nos dio la posibilidad de ser mejores personas, de hacer una transformación interior profunda. El dolor es inevitable, pero permanecer en el sufrimiento genera desesperación. Hay que darle un sentido a la pérdida. Eso implica una decisión y responsabilidad personal. Una vez aceptado el hecho, nos planteamos qué significado le daremos, no sólo a la tragedia, sino a la vida que nuestro hijo estuvo con nosotros”, explica el matrimonio -vía skype- desde Villa General Belgrano, rodeados de sierras y de naturaleza.

Llevan 48 años juntos. Gustavo tiene 75 y es neurocirujano. A partir del sufrimiento que escuchaba y veía en sus pacientes, empezó a estudiar los enunciados de Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra vienés de origen judío, sobreviviente de los campos de concentración. Frankl, padre de la logoterapia y análisis existencial, plantea: “Ahora que te ocurrió lo más terrible, ¿qué vas a hacer con ello? ¿De qué manera lo vas a enfrentar?”. Ese es el desafío que, junto a Moñi, llevaron a la dinámica de Renacer. “No venimos al grupo a hacer el duelo ni a ahondar en detalles dolorosos ni a buscar una mano en el hombro. Venimos a trabajar para adelante, a volver a constituirnos. Lo hacemos juntos porque es más fácil que individualmente. Los valores de actitud positiva son contagiosos”, subraya Gustavo, que se formó en Cleveland Clinic, donde conocieron a René Favaloro. En Ohio, Estados Unidos, nacieron los dos hijos de la pareja: Nicolás y Luciana, de 44. “Luciana, como todos los hermanos de quien se fue, es una sobreviviente de la tragedia”, cuenta Moñi, abuela orgullosa de Facundo, seis años. Luciana es artista digital. Una de sus obras viste la tapa de “Donde la palabra calla”, el libro de los Berti que publica Grijalbo.

Allí cuentan su historia y su experiencia en el grupo Renacer. “La memoria de nuestros hijos no significa dolor ni frustración. Es memoria de amor. Tenemos que dar a los otros esa sonrisa y ese amor que ellos nos inspiran. Por eso en nuestros grupos hay ambiente de alegría. Muchas veces me preguntan cómo hago para reírme y bailar. Nos han dicho que el padre que pierde un hijo está muerto en vida. No es así. El hijo, al morir, no debe transformarse en un verdugo de sus padres. Porque, en realidad, un hijo nunca muere. Ante este hecho terrible, una vez aceptado, el desafío es encarar una transformación profunda. Darle sentido al dolor. Esa pérdida nos da la posibilidad de ser mejores personas aún y de ayudar”, dice Moñi que viaja con su marido para dar charlas. “Los grupos se reúnen cada semana. Es una entidad 100 % solidaria y gratuita. Nos auto-financiamos, no aceptamos donaciones ni fondos”, destaca Gustavo. ¿Qué pasa cuando los padres no pueden salir del dolor? “Nunca nos pasó. Me acuerdo de una pareja que, hace muchos años, cuando todavía no teníamos sedes en Buenos Aires, manejaba todos los meses 800 kilómetros para venir a vernos a Córdoba. Llegaban llorando. Hasta que en un momento hicieron un click. Querían curarse. Salir adelante”, cuenta Moñi.

“Si un padre, cualquiera, puede encontrar sentido a la fatalidad, todos pueden hacerlo. Lo peor es encerrarse. Para estar mal ni siquiera hace falta levantarse de la cama”, advierte Gustavo. Moñi toma la posta: “Perder un hijo es tremendo. Pero si además me dejo morir con él, resulta atroz. Una vez que lo dejé en el cementerio, me responsabilizo de cómo me pongo de pie. Somos padres que hemos caído en el abismo. Logramos levantarnos, sonreír y abrazar a otro que nos necesita. Somos importantes. Somos valiosos. Vivir sigue siendo un privilegio”.

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