De pronto en un instante todo puede cambiar…


Enrique Conde
Enrique Conde

Una lluviosa tarde de septiembre de 1984, mientras nuestro hijo Enriquito trabajaba manejando una pulidora manual para madera, cayó un rayó y recibió una descarga eléctrica que turbó su mente y su conducta, a tal punto, que días más tarde se le diagnosticó “psicosis aguda delirante”.

A partir de ese instante, durante años, con Ana, golpeamos todas las puertas y tocamos todos los timbres en busca de la luz para su mente turbada, pero el 16 de septiembre de 1993, como fruto del rayo que turbó su mente y lo señaló para que prematuramente partiera de este mundo, nuestro hijo mayor, Enriquito, murió…

En mi mente y en mi corazón explotó un volcán y lavas de fuego y negro humo inundaron todo mi ser, un mundo de fuego y de sombras que la mente no comprendía.

Cenizas que no me dejaban ver.

Todo en mí se oscureció.

Todo parecía un sueño… un sueño que rompía tantos otros sueños que con Ana habíamos tenido desde el día que empezamos a vivir la dicha de la paternidad.

Se rompía toda esperanza…y con ello todos los sueños soñados…

Ahora, todo era vacío, un vacío existencial, nada de lo que nos rodeaba era como era…

Interminables preguntas sin respuesta acuciaban nuestras mentes.

El silencio se apoderó de nosotros…en medio de la oscuridad… y en medio de ese silencio y de esa oscuridad, nuestros otros hijos se esfumaban de nuestras vidas y, por entonces a Ana y a mí sólo nos quedaba hacer con nuestras lágrimas una inmensa piscina y ahogarnos en ella.

¡Magro horizonte!

No era eso lo que frente a su cuerpo le dijimos con Ana al despedirnos de él: “que siempre recordaríamos la serenidad en su rostro, su risa que retumbaría en nuestros oídos, su mirada, su estampa y la bondad de todo su ser y después de llorarlo con ansias, le adoraríamos, por siempre, con amor.

Si detrás de cada sufrimiento hay una enseñanza… gracias por enseñarnos a amar como te amaremos de hoy hasta la eterni­dad. En libertad; como tú querías.”

Era el mayor de nuestros hijos, aquél que esperamos con la ilusión más grande de un matrimonio joven, recién constituido.

Que ocupó y seguiría ocupando un lugar muy grande en nuestras vidas.

Que estaría en nosotros, como sentimos que estábamos nosotros en él.

Que en cada Navidad y en todas las festividades sucesivas, aunque rota su copa, aún así, su risa vibraría cristalina en nuestros cora­zones y nuestra mente se llenaría de su burbujeante alegría, porque la paz de su ros­tro y la serenidad de su mirada nos acompañarían.

Que en nuestro recuerdo, sería una flor que perfumaría nuestra existencia.

Que todos los días, nuestro recuerdo se elevaría en una invocación serena: “A ti, Enrique, que luego de llorarte con ansias, te adoraremos, por siempre, con amor”

Enrique Conde.
Renacer congreso.
Republica Oriental del Uruguay.

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