Carta a padres de hijos suicidas


Por Alicia y Gustavo Berti, Río Cuarto 1992

Este material forma parte del libro “Tributo a Renacer en su 23 aniversario” disponible para descarga en la sección Libros de este blog.


¡Qué difícil es hablar de la muerte, cuando afuera el sol ilumina el verde brillante de las hojas, las gotas de rocío en el pasto, las flores blancas del laurel, la ropa limpia que cuelga en la soga al fondo del jardín! En realidad es difícil hablar de la muerte en cualquier circunstancia y en cualquier lugar.

Tiene que ver con negar la existencia de una certeza, pues todos sabemos que vamos a morir, que es inevitable y, sin embargo, haremos todo lo imposible por negarlo y damos la espalda cuando “le pasa a los demás”.

Hasta que un día nos pasa a nosotros; le pasa a seres que amamos más que a nada en el mundo… le pasa, incluso, a nuestros hijos, quienes nos enseñaron una insospechada forma de amar, que teníamos reservada sólo para ellos.

Y de entre todas las diversas formas de morir un hijo, el suicidio está entre las más duras y trágicas para los seres que quedan, generalmente, sumidos en un dolor que no conoce iguales y en una incredulidad que les hará repetirse, una y otra vez: ¿por qué? al mismo tiempo que se reprochan el “no haberse dado cuenta” de lo que iba a suceder para evitarlo y, de aquí en más, comenzarán el largo y angustiante camino de las culpas que los acosarán día y noche y no los dejarán vivir, dormir, respirar.

Se culpan ellos, culpan a otros, culpan a Dios y aún quizá, lo que les causa tanto más desasosiego, culpan a los hijos que decidieron irse de esa manera.

El dolor no parece tener límites, las nociones de castigo los asechan y quizá, también, la mirada de los demás que creen verlas, aún cuando no lo sean, como acusadoras.

Pero, así como sabemos poco y nada sobre la muerte y el proceso de morir, lo que nos hace difícil consolar a los que sufren, especialmente a un padre que pierde hijos, menos sabemos sobre cómo hablar al padre cuyo hijo se quitó la vida.

Y lo que es más aún, poco y nada sabemos de lo que lleva a un niño o a un joven a suicidarse. A veces parecen haber causas directas, muchas otras no, y los padres se debatirán en un sin fin de explicaciones tentativas, buscando el sosiego y la paz que parece haberlos abandonado para siempre.

Conversando con adictos recuperados en las comunidades terapéuticas alrededor del “Viaje de Vuelta”, aprendimos algo invalorable: en una reunión de padres de adictos, un padre se acusaba de ser el culpable de la adicción de su hijo, por haberle dado demasiado, inmediatamente un segundo padre se culpaba de no haberle dado lo suficiente; otro diría que lo amó demasiado y un cuarto quizá no lo suficiente. En la larga historia de estas comunidades de rehabilitación del adicto, la experiencia les dice que, en realidad, no se sabe porqué un chico acepta la droga, que como ellos expresan es una forma de suicidio.

Pueden ser muchas las causas que pueden no ser detectables, puede ser un proceso, una decisión puramente personal lo que lo lleva a aceptar y no rechazar la droga.

Por su parte, Elisabeth Lukas, discípula de Víctor Frankl, en su libro “El Sentido del Sufrir” llega a una conclusión semejante y narra: “Una madre buscó consejos porque una de sus hijas tenía serios problemas; fue un bebé deseado, criada por padres amorosos y con las mejores oportunidades de educación y, sin embargo, era inestable y llena de problemas. Su segunda hija, había sido un bebé no deseado, fue criada por sus abuelos, más adelante volvió a vivir con sus padres, fue violada por el padre y luego se alejó de la familia y más adelante llegó a ser una joven y saludable mujer, con su buen trabajo y una relación satisfactoria con su novio.” Elisabeth Lukas agrega: “Esta realidad no se encuentra en los libros de texto de psicología, la teoría de traumas perdurables se halla, entonces, cuestionada. Una persona expuesta a traumas severos puede llevar una vida normal, mientras que otra, habiendo crecido en circunstancias favorables, lleva una vida llena de problemas psicológicos; cada persona responde a la vida de una manera individual.”

Y es así como los padres de los hijos que deciden terminar con sus vidas, pueden perder la paz tratando de comprender qué llevó a su hijo de apariencia y vida normal, a tomar decisión tan extrema. Se fueron de nuestra vida “dando un portazo”, sin pedirnos permiso, pero se fueron. Consideremos, por un momento, darle el permiso para que la partida sea menos dolorosa, para que ellos sepan que los amamos por sobre todo y que no los juzgamos. Sólo Dios sabe lo que habitaba en sus corazones.

Nuestros hijos son seres separados de nosotros, son el universo en sí mismos. No siempre nos es posible saber lo que piensan, lo que sienten. Respetemos su decisión de partir, aún de esa manera, a pesar del dolor. “Hijo querido, hasta aquí llegamos juntos. Tú has decidido seguir tu propio camino, has decidido partir. Yo te respeto, te quiero y deseo que seas feliz, que Dios te bendiga”.

Quizás palabras similares a éstas puedan señalar el comienzo del retorno a la paz interior: Víctor Frankl, dice en sus libros, que el hombre en su búsqueda de un sentido para su vida, a veces, pareciera no encontrarlo en esta tierra, lo que puede motivarlo a esperar hallarlo “del otro lado”, porque si así no fuese, no tomaría decisión alguna. Aunque muchas religiones, se expresen condenatoriamente sobre el suicidio, nosotros creemos en un Dios de amor y, si estamos hechos a Su imagen y semejanza, somos capaces de amar y perdonar a nuestros hijos, por encima y, a pesar de todo, tenemos la seguridad de que así lo hará Él, porque el amor es su naturaleza misma.

Es el amor que nos enseña, porque, detrás, alrededor, y dentro del dolor que debemos vivir, está el amor, que es lo único que nos puede salvar del abismo.

Elisabeth Lukas reflexiona que la logo actitud “ayuda a la gente a darse cuenta que todavía les queda una elección y que no importa cuán irrevocables sean los hechos: elegir la actitud que adoptarán frente a esas situaciones. Pueden aceptarlas o condenarse a sí mismos o al mundo, pueden mostrar coraje y confianza en el futuro, o desesperanza. Esta es su decisión: el destino más cruel no tiene el poder de decidir cómo deben ellos enfrentarse a él.” Una cosa, sin embargo, es cierta: si encontramos una actitud positiva, al enfrentarnos a circunstancias extremadamente negativas, encontramos un gran consuelo en el hecho de que no necesitamos perder autoestima; podemos, aún con orgullo, llevar nuestro sufrimiento con dignidad y ser, así, un ejemplo para otros padres en sus propias tragedias.

Por su parte, Elisabeth Kübler-Ross nos dice que las partidas prematuras son una lección de amor incondicional, y, nuestros hijos, los maestros del verdadero y desinteresado amor, aquel que no tiene reclamos ni expectativas, que ni siquiera necesita de su presencia física. Dejando fluir estos sentimientos en nuestro interior, daremos paso al nacimiento de un nuevo ser en nosotros, un ser capaz de disfrutar nuevamente del sol y de la naturaleza en todo su esplendor: un ser que no resentirá la vida, porque ha comprendido la muerte. Que no rechazará el dolor, porque ha sabido aprender de él, y que se acercará a otros que sufren ayudándolos a realizar su propio aprendizaje hasta encontrar la luz.

Publicado en Revista RENACER Bahía Blanca 1996

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