Porqué no hay una palabra que nombre la muerte de un hijo


Por Alicia Schneider y Gustavo Berti.
Villa General Belgrano, 5 de abril de 2017


En el prólogo de nuestro libro  “Donde la palabra calla”, Grijalbo 2015, se hace alusión al significado de la falta de una palabra que defina a quienes quedan de este lado de la vida al morir un hijo, específicamente los padres. Se propuso la tesis de que la falta de palabra implica un proceso de búsqueda y aun de creación más allá de lo que el lenguaje pueda expresar. Esta propuesta encuentra validación por parte de los propios padres a través de diálogos Socráticos durante los Encuentros Regionales, Nacionales o Internacionales de Renacer donde se dan cita varios centenares de padres.

Comienzo la charla con un par de preguntas que demandan respuestas de los padres:

Primero les pregunto si ellos piensan que se puede ser la misma persona luego de la muerte de un hijo. En este caso la respuesta unánime es que no se puede, que el preciso instante en que eso sucede ya somos una persona radicalmente distinta. Punto primero y de fundamental importancia que está ahora a la luz del día,  asumido. Esta es una realidad de la que muchos padres, inmersos en su dolor, no se dan cuenta, incluso por meses y hasta años después de perder un hijo y persisten en querer vivir como antes, cuando su hijo aún vivía.

Luego les pido que levanten la  mano quienes han perdido a sus padres, a lo que un gran número responde afirmativamente,  entonces pregunto:

¿Alguno de ustedes necesitó asistir a un grupo de ayuda mutua en esa instancia?, obteniendo una negativa universal; esto es seguido de una nueva pregunta: ¿En qué se diferencia entonces el sufrimiento por la muerte de un padre al de la muerte de un hijo? En este momento se hace un silencio pues esta es, indudablemente, una respuesta dificil, razón   que origina una nueva pregunta: Ustedes me han dicho que son distintas, entonces ¿Son distintas en cantidad o lo son en cualidad? ¿Es que una es simplemente más dolorosa que otra o es una vivencia diferente? Algunos pocos manifiestan que el sufrimiento es simplemente más doloroso, pero la mayoría, luego de un momento de silencio coincide en que son distintos en calidad, aunque no puedan describirlo con palabras, pero se dan cuenta que están enfrentados a una nueva vivencia no explorada aun; están a las puertas de “algo” desconocido pero que ha de estar presente para siempre en sus vidas.

La siguiente pregunta se dirige a la percepción que tienen sobre lo que se denomina duelo y elaboración del mismo. Antes de seguir en esta línea es importante recordar que Renacer se origina y se mantiene como una alternativa al duelo. Seguimos ahora con el dialogo y les recuerdo a los padres que son ellos quienes han dicho que no se puede ser la misma persona y que las vivencias por la muerte de un hijo son de una cualidad distinta a las de duelos previos y les pregunto: ¿puede un modelo de duelo que se aplica a la muerte de un padre ser aplicable a la muerte de un hijo? Aquí se hace un silencio, no todos responden pero la mayoría  se da cuenta que es una pregunta que requiere de ellos una reflexión profunda y una respuesta de igual carácter, y aquí y ahora comienza a aflorar la conciencia de que lo previo no sirve, puesto que pertenece a un mundo que ha sido abandonado y la incertidumbre ya se refiere a lo nuevo, a lo aun por descubrir.  Continúo manifestando que  debemos tener en cuenta que se padece un duelo por la muerte de un ser querido, por una separación, por la pérdida de una casa, un trabajo y aun una mascota, todos estos eventos son, ciertamente dolorosos y pueden ser extremadamente dolorosos, pero ustedes ya me han dicho que la vivencia de la muerte de un hijo es distinta en calidad, en otras palabras han dicho que son otra cosa, que son diferentes, y ahora entramos en el meollo del problema: son cosas diferentes y para describir a una de ellas, la que nos trae aquí… No tenemos palabras para hacerlo, no existe, aun, una palabra que lo define… Cuando muere un hijo no hay palabra.

Vuelvo ahora a la aseveración previa por parte de ustedes y voy a conversar sobre esa realidad indiscutible de ser personas diferentes a partir del preciso instante en que un hijo muere. A una persona diferente se le abre un mundo diferente, un mundo nuevo y tenemos ahora la conjunción de un hombre nuevo que vacila  entre un nuevo mundo y uno viejo. Y debemos elegir en cual de ellos nos hemos de mover. En el mundo viejo está el antes, el dolor y la tristeza, el “duelo y sus etapas”, el frio y la oscuridad; muchos padres intentan permanecer en ese mundo viejo pero no pueden alejarse de esa oscuridad. En el nuevo mundo hay incertidumbre, desconocimiento, temor a ingresar, pero también  está el futuro, la esperanza, la memoria de sus hijos que en Renacer se convierte en una memoria colectiva; está la búsqueda de sentido, las incontables posibilidades que esperan ser realizadas por nosotros Y un silencio sin palabras, y palabras nuevas que necesitan ser creadas, percibidas  desde la visión de un hombre nuevo que observa con curiosidad infinita y permanece abierto al asombro, ese que se había perdido en el viejo mundo vivencial. Por eso no hay palabra que nombre la muerte de un hijo en este mundo viejo si nos resistimos a dar el paso que trasciende lo ya conocido.

Pero esto nos plantea nuevas disyuntivas: y ahora vuelvo a insistir: si ingresamos a un mundo nuevo, si ya somos hombres nuevos, si la muerte de un hijo genera sufrimientos diferentes a la de un padre, ¿puede entonces   una metodología de elaboración del duelo   de los padres aplicarse a la muerte de un hijo? Si ustedes, implícitamente han adelantado que no es así, entonces ¿Qué opciones nos quedan? ¿Será este el momento de reconocer que en ese mundo nuevo un hijo que muere merece algo más que un mero transitar las etapas de un modelo antiguo? ¿Qué ese “algo” más sea una profunda transformación interior? ¿Acaso un cambio radical de existencia? Y aquí nos encontramos con un hecho paradojal: Esta transformación interior, la más brusca y profunda que el hombre puede experimentar, ya ha tenido lugar aunque no seamos conscientes de este hecho.

Es por esta razón que los grupos Renacer, desde sus inicios, se levantan ante esta tragedia como alternativa al duelo y plantean que, frente a esta transformación interior acaecida espontáneamente, su rol es el de no obstaculizarla tratando que los padres vean la futilidad de permanecer en un viejo mundo asistidos por  ciencias de la psiquis obsoletas para el caso; de fomentar y facilitar dicha transformación para que nuevos valores puedan ser percibidos e incorporados, para que vean en sus hijos un valor que permanece en las conciencias morales y sirva de norma para una vida más solidaria, más compasiva, más receptivas al dolor de los demás y más respetuosa  del Otro como persona también única e irrepetible.

Entonces la muerte de un hijo no será en vano, no tendrá como resultado el sufrimiento eterno sino el origen de un nuevo hombre y el desafío de vivir un nuevo, y por qué no, mejor mundo.

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2 pensamientos en “Porqué no hay una palabra que nombre la muerte de un hijo”

  1. Hola Es la tercera vez que envío este mensaje, no quiero recibir más  correos del grupo Renacer. Ya me está comenzado a discustar el caso omiso de mi petición AT&T Maribel Montalvo 

    Sent via the Samsung Galaxy Express 3, an AT&T 4G LTE smartphone

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    1. Al pie de lo emails, tiene el enlace para desuscripción. Está recibiendo los mensajes porque usted se suscribió y usted debe desuscribirse. Todas las personas que reciben su mensaje no pueden hacer nada para desuscribirla.

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