Un encuentro existencial de seres sufrientes que confluyen en un objetivo común: trascender el sufrimiento.


        “Cuando una persona que sufre una crisis existencial llega a un grupo de ayuda mutua, lo hace con todo su sufrimiento encima, no con el de la humanidad.

        Sin embargo, el hecho inicial de encontrarse con 40 o 50 personas que están experimentando la misma crisis existencial, le hace ver al sufrimiento como un fenómeno perteneciente a la humanidad, como algo inherente a la esencia del hombre.

        La resignificación del sufrimiento como esencial humano se refleja en la conocida frase común a los grupos de ayuda mutua: “Amor compartido es dolor diluido”, frase que en realidad, significa que la percepción de la universalidad del dolor facilita la aceptación individual, al elevarlo por sobre sus emociones y sentimientos y hacerle ver a ese sufrimiento como un fenómeno perteneciente a la humanidad, como algo inherente a la esencia del hombre.

        Lo esencial del sufrimiento reside en el carácter ineludible del mismo como fenómeno humano común a todos los hombres, ya sea por la enfermedad, la vejez,  la muerte de un ser querido, mientras que lo existencial reside en la manera individual de sufrir, el vivir el propio sufrimiento sin escaparle, sin negarlo, sin considerarlo una enfermedad.

        La importancia de esto, desde un punto de vista práctico para el funcionamiento de un grupo, reside en que, a partir de la comprensión intuitiva del sufrimiento como aspecto esencial del hombre, se abre la puerta hacia un cambio existencial de una manera espontánea.”

        “Renacer nació y creció con el concepto, y más que eso, con la intuición que al sufrimiento sólo puede, o no,  dotárselo de sentido para así poder transcenderlo, por lo tanto, no hablamos de curación, de olvido o de superación. Pero aquí se plantea ya la primera semilla de divergencia.

        ¿Debemos utilizar el tiempo para elaborar las emociones y los sentimientos que el sufrimiento produce, y por ende, quedarnos en la persona psicológica, o debemos prestar más atención  a la indescriptible capacidad del mismo hombre para oponerse y enfrentarse a esos sentimientos y emociones y así, acceder a la persona espiritual?

        Debemos aclarar que no pretendemos un hombre desprovisto de emociones y sentimientos, sino un hombre que, partiendo de tanto sufrimiento, pueda darse cuenta que es libre, precisamente, para enfrentarse y oponerse a esos sentimientos y emociones, un hombre que pueda levantarse por sobre su dolor y ver, más allá de sí mismo, a otro ser humano que sufre y necesita de él.

        ¿Debemos, por otro lado, considerar más importante lo que acontece al hombre que la respuesta del mismo hombre a los interrogantes del destino?

        ¿Debemos trabajar arduamente elaborando nuestras emociones y sentimientos? ¿o finalmente, hemos de aceptar que lo que salva es el amor y la dedicación al otro?”

        “Ahora, al detenernos muy brevemente en la definición de la ayuda mutua como: “Un encuentro existencial de seres sufrientes que confluyen en un objetivo común: trascender el sufrimiento”, vemos como comienza a plasmarse un concepto distinto.

        Encuentro, visto como una relación con un semejante en la que se reconoce a éste como ser humano, en cuyo marco ambos integrantes del par “YO-TÚ” se reconocen en toda  su humanidad y, también se reconocen en su singularidad y unicidad, el encuentro se convierte, así, en relación de amor, como sostiene Víctor Frankl.

        Por eso, el verdadero Renacer se halla en el “encuentro” de los padres, encuentro que es directo y en el que no se interpone entre el YO y el TÚ ningún sistema de ideas.

        Hemos pasado, entonces, a considerar al otro como aquel para quien yo soy el otro. Nos hemos adentrado en una relación mucho más madura, más auténtica, menos egocéntrica, una relación basada en el amor.”

        Savater define al amor como “querer ser la causa de la alegría del otro”.

        Este querer ser la razón del bienestar del otro, es moneda corriente en los grupos de ayuda mutua y se refleja en la profunda satisfacción que experimentan los integrantes cuando una nueva persona que se ha acercado a un grupo se retira del mismo con una sonrisa en los labios.

        Es más fácil, ahora, entender porque los seres sufrientes se quedan en  los grupos; porque en ellos adquieren su verdadera dimensión como personas, sin máscara alguna y se dan cuenta, algunos por vez primera, que es posible el amor entre los seres humanos.

        Si creemos que lo que salva es el amor, se hace evidente que ningún modelo psicológico puede reclamar paternidad sobre él.

        El amor es un fenómeno humano que supera a cuanto modelo psicológico existente, más aún, es el fenómeno humano por excelencia, es el ámbito en el que existe el ser humano.

        Ese amor que surge de la vida y nos elige a nosotros como portadores, con toda nuestra tristeza  pero también con toda nuestra alegría. Amor que, con sólo no rechazarlo, con sólo dejar que nos una para salir hacia otros TÚ, nos permite educar, ayudar, liberar.

        Frente a todo esto, ¿queremos, aún reducir a Renacer a un mero lugar de análisis de emociones y sentimientos, no importando que modelo lo estudie?

        Pero, ¿cómo hacer para que cada padre pueda libremente, como ser único e irrepetible que es, hacer su propio Renacer de forma tal que, verdaderamente, podamos decir que allí donde dos padres se junten a ayudarse, allí estará Renacer?

        En nuestra opinión, la única manera en que esto puede suceder, es si estamos convencidos que Renacer es, por encima de todas las cosas, el lugar donde vamos a dar algo de nosotros en homenaje a nuestros hijos.

        A partir de ese conocimiento, depende de cada uno de nosotros decidir cual es el homenaje que nuestros hijos merecen; cada padre, cada madre, cada hermana o hermano, cada abuela o abuelo puede, entonces, hacer su único e irrepetible homenaje a ese ser tan querido, homenaje que ya no puede, entonces, ser indicado o tan siquiera sugerido por coordinador o conductor de grupo alguno.

        Pero esta absoluta libertad para decidir como honrar a sus hijos, que a su vez refleja la manera en que cada padre ve a Renacer, trae aparejada una enorme responsabilidad dado que esa decisión ha sido absolutamente incondicionada, es decir, libre y personal, y por esa decisión nosotros somos responsables, no importando ya ante quien decidimos asumir esa responsabilidad, ya sea ante nuestra conciencia, ante la sociedad, ante nuestros seres queridos que nos han precedido en el viaje evolutivo, o ante Dios.

        Debemos aceptar, entonces, que lo que cuenta es lo que vamos a dar a la vida como homenaje a esos hijos. Es más importante, entonces, lo que damos a la vida que lo que recibimos de ella, y nos damos cuenta naturalmente, casi sin pensarlo, que cuando muere un hijo lo que importa es lo que hacemos de allí en adelante, lo que cuenta es cómo vivimos nuestra vida a partir de lo que nos pasó y no lo que hicimos o no, antes de esa partida.

        Por otro lado, nos damos cuenta que somos capaces de elegir ese homenaje a pesar de nuestras emociones y sentimientos y, por extensión, podemos elegir una manera de vivir no condicionada por esos sentimientos.

        Parece evidente que quien tiene que hacer su viaje por la vida con un platillo de la balanza sobrecargado por las realidades que el destino, ya sea biológico, psicológico o circunstancial le ha deparado, la mejor forma de ayudarlo no es aliviar el platillo de su destino,  hecho por sí imposible de llevar a cabo, sino cargando el platillo de lo que él ofrece a la vida mediante la realización de posibilidades mejores, que cumpla la triple  condición de ser bueno para la persona, ser bueno para los demás y ser bueno para la vida misma.

        ¿Y qué es aquello que nuestros hijos nos dejan como mensaje que es bueno para nosotros, bueno para los demás y bueno para la vida, y que además de cumplir con esa triple condición, es tan universal que imposibilita disenso alguno?

        Una vez más, casi sin proponérnoslo, hemos llegado al único mensaje que nuestros hijos nos dejan: el amor.”

Enrique Conde

Conde Enrique,”Páginas sin punto final para un libro sin punto final“, Montevideo, 2010

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