El poder de transformación del ser humano


 

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Por Alicia Schneider y Gustavo Berti. Río Cuarto 1996.

“Un ser humano que cambie para bien, eleva a la humanidad un escalón más en su evolución espiritual.”
Jiddu Krishnamurti

Dice Elizabeth Lukas que el poder para la transformación que yace en el ser humano, es una capacidad que hoy se aprovecha de manera muy insuficiente; agrega que una psiquiatría muy determinista ayudó para dejarlo caer en el camino. Sin embargo es una  capacidad inherente al ser humano que fue comprendida y  ricamente utilizada y descripta en la antigüedad por todas  las religiones, y por todos los mitos religiosos. Sólo miramos algunos ejemplos con los que vivimos a diario: el pedazo de barro que se convierte en el primer hombre, el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo; siempre el simbolismo de algo que se transforma en algo más ha acompañado a la historia de la humanidad. Tenemos ejemplos concretos de la naturaleza misma: el carbón que se pule hasta obtener el más fino diamante; la oruga, que  de una existencia pequeña aferrada a la tierra, cuando el momento es exacto, despliega sus alas de mariposa recién descubiertas para volar libre.

Como parte integral de una naturaleza siempre cambiante y rica en matices y expresiones, el hombre tiene también esta capacidad de transformación. Lukas cita a  Karl Jaspers y nos dice que, como fuerza más potente “lo trágico” se muestra como desencadenante de conmociones existenciales con una gran potencia para la transformación: “Con el conocimiento trágico comienza el movimiento histórico, que no sólo acontece en los sucesos externos sino en la profundidad del ser humano”. “En lo trágico acontece el trascender por encima de la miseria y del horror hacia el fundamento de las cosas”. O sea, que el hombre no solo puede cambiar el mundo que lo rodea, sino que puede cambiarse a sí mismo. Emerger desde el abismo de lo que fue, hacia las alturas de lo que comienza a descubrir, hacia “el fundamento  de las cosas”, hacia su ser. El hombre puede elevarse por encima de sus condicionamientos físicos y psíquicos, de su “ser oruga”, más allá aún de toda experiencia previa y emerger libre, viéndose a sí mismo por primera vez, con los ojos despojados del espíritu, donde mora su conciencia. Y comenzar a construir de la nada.

Al entrar los padres al grupo observamos que las preguntas que generalmente se hacen sólo pueden ser hechas desde el “ser oruga”, cuando todo lo familiar de repente se les antoja desconocido, la existencia como la vivían y concebían, estalla en pedazos:

“¿ Por qué a mí?, por qué a él?, la vida no tiene sentido”. “Dios no existe”.

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