REFLEXIONES SOBRE RENACER Y LA AYUDA MUTUA


¿Cuál es el sonido del aplauso con una sola mano?

 Acertijo budista Zen

 ALICIA Y GUSTAVO BERTI

El propósito de este ensayo ha sido el compartir con ustedes nuestra experiencia con grupos de ayuda mutua para crisis existenciales y demostrar que ésta es parte indisoluble del ser humano y que el hombre —particularmente durante sus crisis existenciales— al vivir su vida no sólo que existe sino que además explica la ayuda mutua, aunque no pueda definirla y menos aún conocerla como tal.

Hemos intentado, además, transmitir la idea que esta ayuda mutua es una expresión existencial del ser humano y que cada grupo, independientemente de la razón que los convoca, constituye un “grito no escuchado que clama por sentido”.

 Validación del marco referencial.

Hemos trabajado en la búsqueda de un marco referencial adecuado para facilitar la reproducción de la experiencia sin que medie la presencia de los creadores y el hallazgo, en ese intento, de la Logoterapia y el Análisis Existencial de Viktor Frankl cómo el más apropiado para dicha premisa. El propio Frankl, en su libro “Psicoanálisis y Existencialismo afirma, literalmente, que la “logoterapia guarda relación, por lo común, con hombres que sufren espiritualmente, pero que no deben ser considerados como enfermos en sentido clínico”

Denominación

            Durante los seis primeros años de actividad los grupos Renacer se denominaron de “autoayuda”, por aquel entonces a falta de un nombre mejor. A medida que transcurrió el tiempo los integrantes comenzaron a darse cuenta de que lo realmente valioso era el hecho de ayudar a otro ser sufriente, que en la medida en que se preocupaban más por el dolor del Otro menos intenso era el propio y aprendieron entonces que ese “alivio” de su propio sufrir era el resultado de la ayuda al Otro, aún cuando inicialmente había sido la meta personal. Levinas, filósofo Lituano contemporáneo, ya fallecido dice: “No soy el otro; no puedo ser sin el otro”

Para una persona que pierde uno o más seres queridos, que atraviesa una crisis existencial de otra índole o es presa de un proceso adictivo u otra enfermedad es muy difícil hablar de “felicidad”, pero ese alivio, esa  “paz interior” lograda al ayudar a otro se aproxima bastante a la “felicidad”. Hemos visto que la felicidad no puede ser una meta sino el resultado de una tarea o una misión llevada a cabo adecuadamente, por lo que podemos decir que: ” la ayuda que cada uno anhela  es el resultado de una tarea adecuadamente cumplida que consiste en la ayuda a un hermano que sufre, y en ese ayudar a otro nos ayudamos a nosotros mismos en un proceso de ayuda mutua”. Esta vuelta de tuerca existencial que va de “recibir para después dar” (tan frecuente en los objetivos de otros grupos de autoayuda) al “dar para recibir” reafirma al hombre como un ser abierto al mundo y a los hombres, es decir autotrascendente. A partir de esta comprensión, los grupos han comenzado a cambiar su denominación de grupos de autoayuda a grupos de ayuda mutua.

Definición

            La ayuda mutua es una expresión o experiencia existencial, más aún, podríamos definirla como un existencial humano. Es una manifestación, quizás una de las más nobles, de la autotrascendencia del ser humano. Es  precisamente  a  través  de  ella  que  el  hombre  llega  a ex-plicar (desarrollar) su trascendencia casi sin darse cuenta. Podemos definirla como “Un encuentro existencial de seres sufrientes que confluyen en un objetivo común: trascender el sufrimiento” Aquí la pregunta que surge por si sola es la siguiente: ¿Es posible lograr la trascendencia del sufrimiento merced al pasaje por un duelo? Y ¿Qué pasa si nos estancamos en una de las etapas del duelo? ¿O acaso es más factible que si en el grupo logramos trascender el sufrimiento ya no sea necesario duelo alguno?

Esta expresión (la ayuda mutua) surge con mayor intensidad cuando el ser humano se ve confrontado a situaciones límite que, al tiempo que limitan, demarcan, a su vez, nuevos territorios existenciales a explorar. Estas situaciones conducen al análisis de la existencia humana al desnudo, con todas las dificultades inherentes, análisis que debe servir al mismo tiempo para qué, apoyado y acompañado por aquellos con quienes el destino común los ha hermanado, pueda el hombre encontrar, en esos nuevos territorios, el campo de sus libertades, que le han de servir ahora para enfrentarse y oponerse a ese mismo destino, haciendo objeto del análisis compartido por el grupo, no  “las vivencias pasadas, que, presuntamente, tanto determinan nuestra personalidad,  sino  las  posibilidades  de  poder  ‘crecer  por  encima’ de tales condicionamientos”  

Estas situaciones límites producen un cisma en la vida y hacen, quizás por vez primera, al hombre darse cuenta que es un ser histórico, inmerso en el devenir de su propio ser. Y lo que es más importante aún, le hacen ver que su pasado, su historia ya realizada no puede ser cambiada y por eso mismo lo confrontan, ésta vez de manera ineludible, con su propia conciencia en un diálogo que no permite el escape de la responsabilidad  existencial. Ante esta profunda señal de alerta implícita en la crisis, el hombre despierta a su intuición y conoce, sabe que la salida existencial yace por delante suyo, en lo que aún queda por realizar de ese futuro en el que existen las posibilidades aún no realizadas, se da cuenta que la única manera de eliminar la oscuridad es dejando entrar la luz. De ésta manera los grupos ayudan a sus miembros a aceptar la responsabilidad por su propia vida frente a lo sucedido. En Renacer, cada uno de sus integrantes reconoce que, si bien han perdido hijos, la decisión de dejarse morir en vida o levantarse por sobre lo sucedido es exclusivamente de cada padre. Pero también saben que si eligen destruirse, con esta actitud permiten que “sus vidas sean destruidas por ese mismo hijo que tanto amaron”.

             El mismo Frankl nos dice que el hombre tiene un “autoconocimiento axiológico prerreflexivo” (conocimiento intuitivo, a priori, de los valores), hecho que una vez más, queda validado por el despliegue  intuitivo del horizonte de libertades por personas que comparten un destino común doloroso. Éste autoconocimiento axiológico pre-reflexivo, significa que al hacer un juicio de valor existe siempre como base un conocimiento, tal vez no explicito, no completamente consciente, de un Sumun Bonum. Esto lo relaciona fuertemente con la fenomenología de Heidegger, quien la fundamenta a partir de un conocimiento humano pre-reflexivo del ser de lo ente, sin el cual todo conocimiento de lo ente sería imposible. Es decir que ambos autores parten de un presupuesto idéntico en la búsqueda de sus objetivos.

Bajo ninguna circunstancia la ayuda mutua puede ser considerada como un mero recurso terapéutico, aunque muchas veces lo sea, pero siempre es más que… y precisamente ese ser más que… es lo que alerta a las personas que existe en ellos una dimensión espiritual no sujeta a determinismo (doctrina metafísica que afirma que todo fenómeno está determinado de una manera necesaria por las circunstancias o condiciones en que se produce, y, por consiguiente, ninguno de los actos de nuestra voluntad es libre, sino necesariamente condicionado)  alguno y que nunca enferma. Podríamos definir a la ayuda mutua como “Un encuentro existencial de seres sufrientes que confluyen en un objetivo común: trascender el sufrimiento”. Aún sin poder definirlo los integrantes de los grupos se descubren testigos, más aún, exponentes del despertar de lo que Frankl llama el poder indomable del espíritu.

 Esencia de la ayuda mutua

La esencia de la ayuda mutua, independientemente de la razón que la origina, se manifiesta en una frase que define tanto el comienzo como el final de esta tarea: “El ser sufriente a quién amar se vuelve la tarea a cumplir, a través de los valores de actitud”.  Esta frase nos dice: primero, que hay una persona a quién amar; segundo que existe una tarea que cumplir y tercero, que para cumplirla debemos adoptar una cierta actitud sin la cual el resultado no sería el deseado. En otras palabras, es solamente en la plasmación del tu, que la ayuda mutua existe y se manifiesta. Es la distancia existencial que va del ser-para-sí mismo al ser-para-otro. Es la escalera que conduce por la dereflexión (salida del si mismo) hacia la autotrascendencia, es, en palabras de Elisabeth Lukas, el “impulso hacia la dimensión espiritual del ser humano”.

Hemos mostrado los senderos, propuestos desde la Logoterapia, que conducen hacia el sentido inherente en las crisis existenciales, que llevan hacia los valores creativos, experienciales y de actitud. Así también hemos visto cómo estos tres senderos se funden en uno solo cuando el hombre doliente se encuentra, rostro a rostro con Otro, como su par, que en su tragedia lo reclama.  En estas circunstancias el hombre intuitivamente conoce que “no vale la pena perder tiempo derribando vallas” (emociones que supuestamente lo condicionan) cuando se puede saltarlas para ayudar al hermano que sufre, y al saltarlas se da cuenta que se levanta por sobre sí mismo, que verdaderamente existe y en ese proceso trasciende su existencia inauténtica en su camino hacia el ser auténtico, y también trasciende su existencia fáctica dándole alas a su espíritu para este salto de libertad. Pero al mismo tiempo, y arrastrado por el sentido, que espera por él ser realizado, en ese mismo salto que paradójicamente lo conduce, no sólo al Otro, sino al ser, su propio ser, desaparece la angustia existencial, pues la nada se desvanece en la plenitud del sentido.

 El sufrimiento sólo puede ser trascendido

Se ha avanzado la hipótesis de que todos los grupos de ayuda mutua son, desde su inicio mismo, grupos de “transformación interior” lo que nos ha llevado a plantear la forma en que un grupo puede ayudar más adecuadamente a un integrante a llegar a ese estado de conciencia ampliada que llamamos espiritualidad, y nos hemos preguntado si esto se logra haciéndole reflexionar y analizar (elaborar) continuamente las emociones y sentimientos que se originan en este momento histórico de su persona, o abriéndole su horizonte de libertades (posibilidades) y ayudándole de esta manera a encontrar su nuevo momento histórico, su nuevo modo del ser, en ese, su viaje por un nuevo territorio, sólo que esta vez acompañado y ayudado  por sus compañeros de destino.

Parece evidente que al hombre que tiene que hacer su viaje por la vida con un platillo de la balanza sobrecargado por las realidades que el destino, ya sea biológico, psicológico o circunstancial le ha deparado, la mejor forma de ayudarlo  no  es  alivianar   ese  platillo ( hecho de por sí imposible de llevar a cabo), sino cargando el platillo de lo que él ofrece a la vida mediante la realización de posibilidades cualitativamente mejores, en otras palabras, de la realización de las posibilidades de sentido, entendiendo por sentido aquella opción que cumple la triple condicionalidad de ser bueno para la persona, ser bueno para los demás y ser bueno para la vida misma.

Hemos observado que el primer paso en este largo y difícil camino que los grupos de ayuda mutua ofrecen ha sido aprender nuevas maneras de comunicación que partan desde lo mejor de cada uno hacia lo mejor del otro. Y lo mejor de cada uno es ese amor que aún tenemos por la vida, por Dios, por nuestros seres queridos o por uno mismo, puesto que si los corazones estuviesen resecos, sin amor alguno, nadie estaría en un grupo, y esta pasión es humilde y es desapegada y es autorrenuncia. Estos tres fenómenos humanos han estado larvados en la existencia en la mayoría de los integrantes de los grupos, y reflejan la autotrascendencia humana. Hemos llegado así a “descubrir”, a desocultar que la respuesta del hombre al sufrimiento yace en la trascendencia, y se hace evidente una conclusión más: el sufrimiento no puede ser curado, ni resuelto, ni elaborado, el sufrimiento sólo puede ser… trascendido

También hemos visto que las crisis existenciales severas, o situaciones límites, colocan al ser humano en una categoría existencial nueva desde el punto de vista histórico. Por un lado lo colocan en un momento histórico del ser distinto a todos los demás y que presenta la peculiaridad de poder llegar a ser atemporal, y por otra parte nunca se siente el ser humano tan arrojado al mundo (Heidegger) como cuando el destino lo coloca frente a una situación límite no buscada y de la que le resulta imposible escapar.

Nada hace más egoísta al ser humano que el sufrimiento, así es posible ver que el hombre sufriente se vuelca, literalmente se dobla sobre sí mismo (reflexión), llegando sin esfuerzo alguno a situaciones de intensa hiperreflexión, dando lugar a la categoría existencial de ser- para- sí- mismo, despojado de toda orientación a otro ser, al mundo, a la comunidad, es decir de toda autotrascendencia. Estas situaciones de intenso egocentrismo (concentración acentuada en el si mismo) provocadas por el sufrimiento pueden perdurar por períodos de tiempo muy prolongados, y en ocasiones de por vida, dando origen a un sufrimiento de carácter atemporal, durante el cual el ser sufriente no sólo es un ser- para -sí- mismo sino también es un ser-así (sufriente), no pudiendo ser de otra manera, como ser desprovisto de toda autotrascendencia.

Este nuevo ser, este ser en un nuevo momento histórico, este ser arrojado a una situación límite, para poder continuar su camino por la vida sin secuelas debe, indefectiblemente, dar  un  giro  radical  a   su  existencia,  debe  transformarse  de  un ser-para-sí mismo  en  un  ser-para-otro. Solamente este cambio existencial evitará que ese ser muera ahogado en una tempestad de egocentrismo.

En el curso de este ensayo se ha vuelto patente que el hombre arrojado a esta nada existencial tiene dos posibilidades extremas: permanecer en profundos estados de hiperreflexión o re-encontrarse con la autotranscendencia propia de su ser mediante la dereflexión (salida del si mismo). La permanencia en estado de hiperreflexión puede ser vista, desde una perspectiva heideggeriana como un intento, aunque deficitario, de reconquistar el ser desde esa nada a la que había sido arrojado. Decimos deficitaria dado que continúa ausente el mundo, es decir el “hacia” o el “a-donde” de la trascendencia del Dasein (nombre filosófico del ser humano). En este caso podemos hablar del sufrimiento como un anclaje existencial en la mismidad, o como la irreductibilidad de la facticidad (la imposibilidad de avanzar más allá de las emociones y sentimientos), el no poder salir de ella. El ser sufriente, habiendo perdido existencia el ser del mundo en el que es, se refugia en sus propias experiencias fácticas  (psíquicas), dando lugar a estados de hiperreflexión de los que no puede desapegarse. El hombre se ve inmerso en una ocupación egoísta consigo mismo, una especie de autocontemplación  psicológica que conduce a una perpetua disección de la vida anímica del  mismo. Desde una fenomenología de la percepción podemos apreciar que las emociones se aferran a nosotros, nos poseen, son inmanentes, y nos posicionan en un mundo regido por la inmanencia. La lágrimas, en cambio, “se desprenden” de nosotros, van más allá de nosotros, son expresión de nuestra trascendencia.

La conciencia sólo puede ser reconquistada como «conciencia de» y en estos casos es rápidamente transformada en «conciencia de dolor» De aquí en adelante todas las experiencias y vivencias de ese ser sufriente serán percibidas a partir de un estado de consciencia uni-intencional, una «consciencia de dolor » en la que, de acuerdo a Husserl, el acto y el «hacia dónde» del acto pertenecen a la misma esfera —inmanente— del ser.

Un grito no escuchado que clama por sentido       

Desde el punto de vista de los grupos de ayuda mutua y su manera de trabajar, podemos hablar de una ontología del sufrimiento, donde la esencia está dada por la universalidad del mismo, mientras que la existencialidad se da en la manera personal de sufrir de cada integrante.

            Unamuno, al analizar las proposiciones 6 y 7 de la Ética de Spinoza dice: “… que tu esencia, lector, la mía, la del hombre Spinoza, la del hombre Butler, la del hombre Kant, y la de todo hombre que sea hombre no es sino el conato, el esfuerzo que ponen en seguir siendo hombre, en no morir”  Esta característica esencial del hombre según Spinoza, este esfuerzo por seguir siendo, por no morir, nos acerca al pensamiento budista de la esencialidad del sufrimiento; la tragedia del ser humano consiste en la lucha(destinada al fracaso de antemano)para tratar de no ser engullido por su propio devenir que consiste en nacer, envejecer, enfermar y morir. Dentro de esta línea de pensamiento y extrapolando nuestra experiencia con RENACER a otros grupos de autoayuda y ayuda mutua creemos que existe algo común a todos los grupos, y es que todos tienen que ver con el sufrimiento humano, más allá del origen de ese sufrir y que por lo tanto deben estar orientados hacia el hallazgo de sentido en ese sufrimiento, que el objetivo en común no debe ser no sufrir, sino no sufrir en vano, que deben ayudar a sus integrantes, no a trabajar con los hechos del pasado que no pueden ser cambiados, sino a abrirse a ese mundo en el que esperan las posibilidades aún latentes, que deben ayudarlos a elegir   entre estas posibilidades las opciones de sentido, que deben emprender el camino, el único camino con sentido que la conmoción existencial que los convoca les plantea: el camino final de humanización. En este sentido cada grupo que se forma es un grito no escuchado que clama por sentido.

El despertar de una sonrisa. Un hallazgo inesperado

Durante los últimos 10 años hemos filmado las reuniones del grupo, en gran medida para responder a preguntas planteadas por grupos más jóvenes cuyas inquietudes versaban, mayoritariamente, sobre la manera de conducir una reunión. Cuando revisamos el material nos encontramos con sorprendentes manifestaciones de lo que podemos llamar “el emerger de la dimensión espiritual”, que se ha manifestado fenoménicamente con una luminosidad propia tan extraordinaria que no ha sido posible, ni aún intencionalmente, omitirla de este ensayo. Se ha mostrado ya cómo una respuesta del ser doliente a su sufrimiento consiste en una respuesta muda, de actitud. También se ha planteado que esa respuesta tiene su origen en lo que, siguiendo a Frankl, hemos llamado la “dimensión espiritual” del hombre. Esto nos ha llevado a preguntarnos cómo se manifiesta fenoménicamente esa respuesta a la que, de antemano, hemos catalogada como muda; cómo se puede convocar a esta fuerza indómita del espíritu merced a una actitud, sin recurrir al lenguaje, ¿es acaso posible?   Y, si esto es posible, ¿cuáles son entonces sus manifestaciones más tempranas?

Hemos visto en los grupos Renacer, para padres que pierden hijos, el efecto notable de un abrazo pleno de amor, sin cuestionamiento alguno, abrazo que une a las personas de una manera tal que trasciende incluso la alteridad; el enorme poder de una mano sobre el hombro de un padre que se debate en un mar de llanto y dolor; el valor de una sonrisa compasiva y el enorme poder que una caricia gentil sobre un rostro doliente posee para convocar la fuerza espiritual de ese ser sufriente. Levinas ha sostenido que en la caricia que no aprieta demasiado, que no deforma los límites del acariciado, ambos están condenados a encontrarse, aunque permanezcan en universos diferentes, pero ¿es esto real, lo de universos diferentes, cuando el abrazo y la caricia unen dos experiencias idénticas? ¿Cuando ambas experiencias reflejan idéntico deseo de escapar a la mismidad, de des-hechizarse del ser?

Con respecto a las manifestaciones no verbales de la emergencia espiritual en la persona, es necesario recordar que el énfasis ha sido puesto en aquellas manifestaciones existenciales (valores asumidos), dejando de lado las manifestaciones corporales —en el sentido del cuerpo vivido (Leib) — de dichas actitudes que, en la medida en que son manifestaciones corporales de actitudes espirituales bien pueden ser consideradas como manifestaciones corporales del emerger espiritual de la persona o, en otras palabras, como signos de la presencia del espíritu.        Desde esta perspectiva se facilita la comprensión de una sonrisa en el medio del dolor, tarea que se ve torna aún más comprensible si recordamos la enorme implicancia de la revolución filogenética que significó la aparición del hombre: “por vez primera un gruñido pudo ser respondido con una sonrisa. Esta representó la llegada del espíritu al planeta Tierra” y aún hoy representa una de las manifestaciones no verbales del espíritu. De esta manera hemos aprendido en los grupos que cuando una sonrisa emerge en el medio del dolor hay, aún, esperanza para esa persona; que esa sonrisa representa la señal primera de una recuperación de fe en la vida.

Cuando vemos aparecer una sonrisa en una persona que hasta entonces ha estado llorando desesperadamente, sumergida en un mar de pena y congoja, nos damos cuenta que el espíritu tiene “presencia”, que esta “presencia” se torna manifiesta cuando la persona recobra una postura erecta y su mirada se dirige hacia delante como buscando un horizonte, desconocido aún, pero sin embargo cargado de esperanza; los ojos adquieren un brillo especial —en palabras de Gabriel Marcel, tengo ojos, pero soy mi mirada— y la voz se torna firme y claramente comprensible. La entera expresión facial cambia y transmite un estado de apertura, de esperanza y confianza, la clase de esperanza que anhela lo mejor pero que, sin embargo, está preparada para aceptar lo que pueda venir, para aceptar el destino con humildad, dejando que los eventos de la vida sean lo que son, en libertad. Ella es, en otras palabras, una “presencia” que des-oculta la apertura del ser en la verdad, una “presencia” que no solo se torna visible sino que pre-siente el sentido des-ocultado yacente en el sufrimiento.

Aunque se vuelva necesario, en este momento, ser precavidos con respecto a modelos naturalistas que han adoptado un concepto del hombre alimentado por una lógica formal aristotélica basada en la ontología de una “presencia objetiva” “ante los ojos” que reduce estas manifestaciones del emerger espiritual a la categoría de meros síntomas, “ante los ojos”, tales como relajación, tranquilidad, calma, etc., es importante tener en cuenta que estas manifestaciones semiológicas de la emergencia del espíritu son de extrema importancia para quienes están en calidad de ayudadores en un determinado momento, puesto que el espíritu, en su trascendencia original, propia del Dasein (nombre filosófico del ser humano), esta siempre delante de sí mismo y del decir, y se manifiesta fenoménicamente por el cambio de entonación de la voz, por el brillo en la mirada, por una sonrisa y por un cambio en la actitud corporal, manifestaciones que preceden al discurso, por lo que la persona que está en función de ayudador debe ser consciente de ello para inducir así, lo más precozmente posible, la dereflexión en el ser sufriente, por qué, como sucede frecuentemente con todo fenómeno, estos pueden ser cubiertos nuevamente en forma tan rápida que pueden pasar desapercibidos y permitir que el ser sufriente se hunda nuevamente en oleadas de hiperreflexión.

Por último, y merced a nuestro descubrimiento y encuentro del Otro, que a su vez nos ha conducido a nuestro propio ser, estamos en condiciones, finalmente, de responder al acertijo budista y descubrir que el sonido del aplauso con una mano es el de la ayuda mutua, que sólo se produce cuando mi mano se encuentra con la mano de un hermano…

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