Archivo de la categoría: Kübler Ross, Elisabeth

Como pueden ayudar los amigos (republicación)


Fragmento del Capítulo10 del libro “La muerte y los niños” de Elisabeth Kübler Ross.

Tras la muerte de un niño, el mundo parece detenerse, no sentimos ningún interés por lo que ocurre a nuestro alrededor. Mecánicamente sacamos a pasear el perro, ponemos el abrigo al crío y lo despedimos cuando se va al colegio; preparamos la cafetera totalmente absortos y contestamos aturdidos al teléfono. Cuando la florista llega con flores nos acordamos vagamente de darle una propina. Tenemos un gesto de agradecimiento para con la vecina que nos trae una apetitosa tarta de manzana, aunque estemos totalmente en otro lugar. Lo que queremos es que el tiempo retroceda; oír llegar a Jim saludando alegremente: «Hola, mamá». Volver a ver sus zapatillas, las que se ponía para ir a jugar al fútbol, llenas de fango en la entrada. Queremos oírlo tocar la batería, su querida batería. Nos negamos a creer que sus manos, ¡tan bonitas y especiales!, no volverán a tocarla.

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Elisabeth Kübler Ross en Buenos Aires


Fragmento de una conferencia de Elisabeth Kübler Ross en Buenos Aires en Agosto de 1991.

Hace unos día una mamá comentaba en el artículo Carta a los padres que han perdido un hijo publicado en este  Blog:

Paola tiene 12 añitos y esta muy malita a causa de su leucemia, la quimioterapia la tiene muy mal, y lo que le dijo a su papa me dejo muy impresionada, porque como es posible que una niña de 12 años asuma su situación con tanta madures, le dijo: papá no estés triste, ni odies a Dios por lo que me esta pasando, si el me necesita que, así sea; yo lo acepto, pero no quiero que estés triste, ni odios a Dios por esto.  (Ver comentario completo).

En el siguiente Video hay referencias al tema mencionado.

Oración para un bebé querido


Extraído del “Capítulo 2 – El comienzo de la Vida” del libro “La muerte y los niños” , de Elisabeth Kübler Ross.

 

  

No te conocí nunca, pero te amé.

No te tuve en brazos, como hace una madre.

Contigo enterré mis esperanzas y sueños por un hijo desconocido al que nunca vi.

Pero también enterré el amor en mi corazón y la tristeza de saber que debemos separarnos.

Y ruego a Dios que haga por ti todo lo que yo hubiera hecho.

Que guarde a mi bebé a salvo

para que ría y juegue cuando llegue la primavera.

 

 

 

Un amigo, 1977.

La lección de la pérdida


“Lecciones de vida”   Elizabeth Kübler- Ross y David Kessler Capítulo 4

  Un estudiante de psicología que estaba terminando la carrera se debatía interiormente debido a la pérdida que supondría la muerte de su abuelo, el cuál había contribuido a su educación y estaba gravemente enfermo. Según dijo, parte de su conflicto residía en la decisión de aplazar su último año de estudios para pasar más tiempo con él. Pero también se sentía impelido a terminar la carrera en aquel momento porque estaba aprendiendo mucho sobre la vida. -“Lo que estoy aprendiendo ahora en la facultad- explicó-, me está ayudando de verdad a crecer como persona.” -“Si quieres crecer como persona y aprender, debes darte cuenta que el universo te ha matriculado en un curso de postgrado de la vida llamado “pérdida”, le respondí”.  

Al final perdemos todo lo que tenemos, sin embargo, lo que de verdad importa no se pierde nunca. Nuestras casas, coches, empleo y dinero, nuestra juventud, e incluso nuestros seres queridos son sólo un préstamo. Como todo lo demás, nuestros seres queridos no nos pertenecen. Pero esta realidad no tiene que entristecernos, sino todo lo contrario, pues nos permite valorar las múltiples y maravillosas experiencias y cosas de las que disfrutamos durante nuestra vida en este mundo. Si la vida es una escuela, la pérdida es, en muchos aspectos, la asignatura más importante del programa de estudio. Cuando sufrimos una pérdida, experimentamos también el cariño de nuestros seres queridos ( y a veces inclusos los desconocidos) sienten por nosotros en nuestros momentos de necesidad. Una pérdida es un vacío en nuestro corazón, pero es un vacío que reclama más amor y que nos permite albergar el de los demás.

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Pensamientos…


Pensamientos…
Estoy en la sala de estar, tras pasar una larga semana en Nueva York, en un encuentro con unas ochenta y cinco personas, muchas de las cuales padecían una enfermedad terminal o tenían ante sí la miseria y la insensatez de la vida o del suicidio. Otras habían per¬dido un hijo o a su pareja, y algunas venían para cre¬cer, para apreciar la vida con más intensidad, o sim¬plemente para «cargar las baterías» y trabajar mejor con quienes las necesitan.
Y desde aquí, sentada delante de la máquina de es¬cribir, veo por el ventanal azulejos y colibríes, un conejillo que cruza el patio, una salamandra que mira hacia la casa, y luego aparece un águila, sobrevolando los árbo¬les del jardín. El paraíso debe de ser algo así: árboles y flores en un marco de valles y montañas, con un cielo azul, un lugar apacible y tranquilo que invita a descansar.
Pienso en los indios que recorrían esta tierra y despedían a sus muertos. Oigo sus oraciones al viento y sus lamentos al paso de uno de sus niños.
Como si viese una película de aquellos tiem¬pos, imagino la llegada de los colonizadores, de los jóvenes durante la fiebre del oro, con sus sueños so¬bre el «Lejano Oeste», donde esperaban encontrar una tierra para trabajar, tener una familia y ganarse la vida. Veo sus caravanas, avanzando con dificul¬tad; a sus mujeres, abatidas, acaloradas y cansadas; las veo cocinando en una marmita y refugiándose de la tormenta. Las veo embarazadas y temiendo el viaje; oigo el llanto del recién nacido, y veo el orgu¬llo y el sudor en la cara del padre que contempla a su primer vástago. Veo cómo la joven pareja cava una fosa en el camino hacia el Oeste y reemprende la lucha para sobrevivir, para empezar de nuevo, una y otra vez. En los últimos miles de años apenas ha habido cambios: los seres humanos siempre han lu¬chado, esperado, soñado, triunfado, perdido y vuel¬to a empezar.
En ese momento una mujer entra en mi sala para traerme algunas cosas y, al salir, mira la máquina de escribir y pregunta: «¿Cómo puedes haber escrito siete libros sobre los que se mueren y sobre la muer¬te?». Y se va, sin esperar mi respuesta. No deja de ser una curiosa pregunta. Las bibliotecas de medicina es¬tán atiborradas de centenares de libros sobre embara¬zo, parto, nacimientos en casa, niños que nacen muertos, cesáreas, alimentación para las embaraza¬das, la diferencia entre amamantar y alimentar al re¬cién nacido con productos lácteos del mercado, y so¬bre todos los aspectos imaginables en torno a la concepción, al desarrollo del futuro ser humano en el útero y finalmente su alumbramiento.
Todos los seres humanos son diferentes, incluso antes de aparecer en escena. Se concibieron en distin¬tas circunstancias, compartieron diferentes vidas y experiencias en el seno de sus madres, fueron amados o rechazados, se vieron amenazados por un aborto u otros traumatismos, se rezó por ellos, fueron escu¬chados y acariciados con amor, o fueron maldecidos incluso antes de nacer.
Y ahora están aquí para compartir el mundo con nosotros. Todos los seres humanos tienen vidas y ex¬periencias distintas, y personas a las que tratar y de las que aprender a lo largo de su vida; y cada encuentro de sus vidas siembra la semilla del mañana. Apenas somos conscientes de la infinidad de posibilidades que la vida nos ofrece.
Y lo mismo ocurre con la muerte, la culminación de la vida, el tránsito, la despedida antes de entrar en otro lugar; el fin, antes de otro principio. La muerte es «la gran transición».
Al observar, analizar y tratar de aprender y com¬prender las distintas maneras, los miles de formas en que las gentes de todas las edades y culturas realizan esa transición, se aprecia un milagro tan grande como el nacimiento. O incluso mayor, pues es la puerta de la comprensión de la naturaleza humana, de la lucha y la supervivencia humana y, en última instancia, de su evolución espiritual. Muestra las claves del POR¬QUÉ y el DÓNDE, y la finalidad última de la vida con todos sus sufrimientos y toda su belleza.
Es cierto, he escrito siete libros, pero, cuanto más estudio al ser humano frente a la muerte, más aprendo sobre la vida y sus recónditos misterios. Quizá los pensadores antiguos ya poseían ese conocimiento cuando, expresándose mediante la pintura, la poesía, la escultura, las palabras, o de cualquier otro modo, dejaban traslucir un concepto de temor, misterio y enigma sobre esa cotidiana compañía a la que con tanto desprecio llamamos MUERTE.
Los que aprenden a conocer la muerte, más que a temerla y luchar contra ella, se convierten en nuestros maestros sobre la VIDA. Hay cientos de niños que sa¬ben mucho más de la muerte que los adultos. Hay adultos que restan importancia a lo que dicen los ni¬ños y pasan por alto sus ideas, pues piensan que los niños no comprenden la muerte. Pero quizás un día, al cabo de unos años, cuando tengan ante sí al «último enemigo», recuerden sus enseñanzas, y se den cuenta de que esos niños eran sabios maestros, y ellos, alum¬nos principiantes.
En numerosas ocasiones me han solicitado que expu¬siese mis ideas sobre los niños y la muerte, dado que la mayor parte de lo que he publicado está relaciona¬do con los adultos. Este libro trata de responder a las siguientes preguntas: ¿En qué medida se diferencia la actitud de los niños de la de los adultos ante la última fase de la enfermedad? ¿Son conscientes de su inmi¬nente muerte, incluso si los padres o sus cuidadores del hospital no les explican la gravedad de su enfer¬medad terminal? ¿Cuál es el concepto de muerte se¬gún las diferentes edades, y la naturaleza de la tarea que ellos dejan inacabada? ¿Cómo podemos nosotros aportar la ayuda más eficaz a sus padres, abuelos y hermanos en ese período que precede a la separación? Y ¿cómo podemos reducir el porcentaje cada vez más elevado de suicidios infantiles, que constituye una de las más dolorosas separaciones?
He basado este libro en mis diez años de trabajo con niños de todas las edades, recogiendo en él la ex¬periencia de familiares que han pasado por ese trance, de padres que han perdido uno, dos o incluso tres hi¬jos, de familias que han perdido un hijo asesinado, a quien no pudieron proteger y que se fue sin un adiós.
Aprovecho esta oportunidad para agradecer a los que me han permitido ampliar mis conocimientos so¬bre el tema, al compartir conmigo, en encuentros o por cartas, su tristeza, su dolor y su maduración y crecimiento de su sabiduría.
Quiero compartir con el lector el conocimiento interior de esos niños que mueren, para que también pueda crecer y comprender la importancia de la voz interior, que es tan necesario escuchar. Estoy convencida de que este aspecto intuitivo, espiritual —la voz interior—, que nos habita, nos da el «conoci¬miento», la paz, y nos señala la dirección que debe¬mos seguir en las tormentas de la vida, sin ser destro¬zados por ellas, sino enteros, unidos en el amor y la comprensión.
Gracias por permitirme compartir con vosotros lo que aprendimos de nuestros hijos.

Del libro “La muerte y los niños de Elisabeth Kübler Ross”

Estoy en la sala de estar, tras pasar una larga semana en Nueva York, en un encuentro con unas ochenta y cinco personas, muchas de las cuales padecían una enfermedad terminal o tenían ante sí la miseria y la insensatez de la vida o del suicidio. Otras habían perdido un hijo o a su pareja, y algunas venían para crecer, para apreciar la vida con más intensidad, o simplemente para «cargar las baterías» y trabajar mejor con quienes las necesitan.

Y desde aquí, sentada delante de la máquina de escribir, veo por el ventanal azulejos y colibríes, un conejillo que cruza el patio, una salamandra que mira hacia la casa, y luego aparece un águila, sobrevolando los árboles del jardín. El paraíso debe de ser algo así: árboles y flores en un marco de valles y montañas, con un cielo azul, un lugar apacible y tranquilo que invita a descansar.

Pienso en los indios que recorrían esta tierra y despedían a sus muertos. Oigo sus oraciones al viento y sus lamentos al paso de uno de sus niños.

Como si viese una película de aquellos tiempos, imagino la llegada de los colonizadores, de los jóvenes durante la fiebre del oro, con sus sueños sobre el «Lejano Oeste», donde esperaban encontrar una tierra para trabajar, tener una familia y ganarse la vida. Veo sus caravanas, avanzando con dificultad; a sus mujeres, abatidas, acaloradas y cansadas; las veo cocinando en una marmita y refugiándose de la tormenta. Las veo embarazadas y temiendo el viaje; oigo el llanto del recién nacido, y veo el orgullo y el sudor en la cara del padre que contempla a su primer vástago. Veo cómo la joven pareja cava una fosa en el camino hacia el Oeste y reemprende la lucha para sobrevivir, para empezar de nuevo, una y otra vez. En los últimos miles de años apenas ha habido cambios: los seres humanos siempre han luchado, esperado, soñado, triunfado, perdido y vuelto a empezar.

En ese momento una mujer entra en mi sala para traerme algunas cosas y, al salir, mira la máquina de escribir y pregunta: «¿Cómo puedes haber escrito siete libros sobre los que se mueren y sobre la muerte?». Y se va, sin esperar mi respuesta. No deja de ser una curiosa pregunta. Las bibliotecas de medicina están atiborradas de centenares de libros sobre embarazo, parto, nacimientos en casa, niños que nacen muertos, cesáreas, alimentación para las embarazadas, la diferencia entre amamantar y alimentar al recién nacido con productos lácteos del mercado, y sobre todos los aspectos imaginables en torno a la concepción, al desarrollo del futuro ser humano en el útero y finalmente su alumbramiento.

Todos los seres humanos son diferentes, incluso antes de aparecer en escena. Se concibieron en distintas circunstancias, compartieron diferentes vidas y experiencias en el seno de sus madres, fueron amados o rechazados, se vieron amenazados por un aborto u otros traumatismos, se rezó por ellos, fueron escuchados y acariciados con amor, o fueron maldecidos incluso antes de nacer.

Y ahora están aquí para compartir el mundo con nosotros. Todos los seres humanos tienen vidas y experiencias distintas, y personas a las que tratar y de las que aprender a lo largo de su vida; y cada encuentro de sus vidas siembra la semilla del mañana. Apenas somos conscientes de la infinidad de posibilidades que la vida nos ofrece.

Y lo mismo ocurre con la muerte, la culminación de la vida, el tránsito, la despedida antes de entrar en otro lugar; el fin, antes de otro principio. La muerte es «la gran transición».

Al observar, analizar y tratar de aprender y comprender las distintas maneras, los miles de formas en que las gentes de todas las edades y culturas realizan esa transición, se aprecia un milagro tan grande como el nacimiento. O incluso mayor, pues es la puerta de la comprensión de la naturaleza humana, de la lucha y la supervivencia humana y, en última instancia, de su evolución espiritual. Muestra las claves del PORQUÉ y el DÓNDE, y la finalidad última de la vida con todos sus sufrimientos y toda su belleza.

Es cierto, he escrito siete libros, pero, cuanto más estudio al ser humano frente a la muerte, más aprendo sobre la vida y sus recónditos misterios. Quizá los pensadores antiguos ya poseían ese conocimiento cuando, expresándose mediante la pintura, la poesía, la escultura, las palabras, o de cualquier otro modo, dejaban traslucir un concepto de temor, misterio y enigma sobre esa cotidiana compañía a la que con tanto desprecio llamamos MUERTE.

Los que aprenden a conocer la muerte, más que a temerla y luchar contra ella, se convierten en nuestros maestros sobre la VIDA. Hay cientos de niños que saben mucho más de la muerte que los adultos. Hay adultos que restan importancia a lo que dicen los niños y pasan por alto sus ideas, pues piensan que los niños no comprenden la muerte. Pero quizás un día, al cabo de unos años, cuando tengan ante sí al «último enemigo», recuerden sus enseñanzas, y se den cuenta de que esos niños eran sabios maestros, y ellos, alumnos principiantes.

En numerosas ocasiones me han solicitado que expusiese mis ideas sobre los niños y la muerte, dado que la mayor parte de lo que he publicado está relacionado con los adultos. Este libro trata de responder a las siguientes preguntas: ¿En qué medida se diferencia la actitud de los niños de la de los adultos ante la última fase de la enfermedad? ¿Son conscientes de su inminente muerte, incluso si los padres o sus cuidadores del hospital no les explican la gravedad de su enfermedad terminal? ¿Cuál es el concepto de muerte según las diferentes edades, y la naturaleza de la tarea que ellos dejan inacabada? ¿Cómo podemos nosotros aportar la ayuda más eficaz a sus padres, abuelos y hermanos en ese período que precede a la separación? Y ¿cómo podemos reducir el porcentaje cada vez más elevado de suicidios infantiles, que constituye una de las más dolorosas separaciones?

He basado este libro en mis diez años de trabajo con niños de todas las edades, recogiendo en él la experiencia de familiares que han pasado por ese trance, de padres que han perdido uno, dos o incluso tres hijos, de familias que han perdido un hijo asesinado, a quien no pudieron proteger y que se fue sin un adiós.

Aprovecho esta oportunidad para agradecer a los que me han permitido ampliar mis conocimientos sobre el tema, al compartir conmigo, en encuentros o por cartas, su tristeza, su dolor y su maduración y crecimiento de su sabiduría.

Quiero compartir con el lector el conocimiento interior de esos niños que mueren, para que también pueda crecer y comprender la importancia de la voz interior, que es tan necesario escuchar. Estoy convencida de que este aspecto intuitivo, espiritual —la voz interior—, que nos habita, nos da el «conocimiento», la paz, y nos señala la dirección que debemos seguir en las tormentas de la vida, sin ser destrozados por ellas, sino enteros, unidos en el amor y la comprensión.

Gracias por permitirme compartir con vosotros lo que aprendimos de nuestros hijos.

Carta a los padres que han perdido un hijo


Extraido del Libro de Elisabeth Kubler Ross: La muerte y los niños, Capítulo 3: La muerte súbita.

 Regresando de una gira por Europa, Alaska y Hawai encontré dos mil cartas a las que tenía y quería dar respuesta. No pudiéndolo hacer individualmente opté por hacerlo en una «Carta a los padres que han perdido un hijo» en la sección de cartas al director, la que os ofrezco a continuación.

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