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La enfermedad y la muerte son trágicas solamente porque la vida es buena


 harold-kushnerFragmento del prólogo del libro de Harold Kushner, “Cuando la gente buena sufre”.


 

 

Pero lo principal es que aprendí algo acerca de la increíble resistencia del alma humana. He leído y oído testimonios de circunstancias que debieron soportar muchas personas y de las cuales muchos emergieron con su fe, su deseo de vida y su determinación intactas He hablado con padres que permanecieron junto a la cama de su hijo moribundo, como lo hicimos mi esposa y yo, y respondieron:

“Ojalá seamos merecedores del valor puro de este niño. Ojalá tengamos la fuerza y la sabiduría para vivir los años que él no vivió, para saborear la alegría de vivir que él no vivió para saborear”. La tragedia los hizo comprender que la enfermedad y la muerte son trágicas solamente porque la Vida es buena y santa.

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Las culpas


Fragmento del libro de Harold Kushner, “Cuando a  la gente buena le suceden cosas malas”.


 

Hace algunos años tuve una experiencia que me enseñó la forma en que la gente puede empeorar una situación que ya de por sí es mala, culpándose a sí misma. En enero, tuve que oficiar dos funerales, en días sucesivos, para dos ancianas de mi comunidad. Las dos fallecieron a “una edad avanzada”, como diría la Biblia; las dos sucumbieron al  desgaste normal de su cuerpo después de una vida larga y plena. Sus casas estaban próximas así que realicé las visitas de pésame a las dos familias en la misma tarde.
En la primera casa, el hijo de la mujer fallecida me dijo:
-Si hubiese mandado a mi madre a Florida y la hubiera sacado de este frío y nieve, todavía estaría viva. Yo tengo la culpa de que haya muerto.
En la segunda casa, el hijo de la otra mujer fallecida me dijo:
-Si no hubiese insistido en que mi madre fuera a Florida, todavía estaría viva. Ese largo viaje en avión, el cambio abrupto de clima, fue demasiado para ella. Yo tengo la culpa de que haya muerto.
Cuando las cosas no resultan como lo deseamos, es muy tentador suponer que si las hubiésemos hecho de otro modo, la historia hubiera tenido un final feliz. Los religiosos saben que cada vez que se produce una muerte, los sobrevivientes se sienten culpables. Como el curso de acción que eligieron no salió bien, creen que el opuesto -retener a mamá en casa, postergar la operación- hubiera resultado mejor. Después de todo, ¿qué podría haber sido peor? Los sobrevivientes se sienten culpables porque ellos conservan la vida y, en cambio, el ser querido ha muerto. Se sienten culpables cuando piensan en las palabras amables que jamás le dijeron, y las cosas buenas que nunca tuvieron tiempo de hacer por esa persona. Ciertamente, muchos de los rituales de todas las religiones tienen por fin ayudar a los deudos a desprenderse de esos sentimientos irracionales de culpa por una tragedia que ellos, en realidad, no causaron. Pero ese sentido de culpa, la sensación de que “yo tengo la culpa”, parece ser universal.
Al parecer, hay dos elementos involucrados en nuestra predisposición a sentir culpa. El primero es nuestra necesidad extenuante de creer que el mundo tiene sentido, que hay una causa para cada efecto y una razón para todo lo que sucede. Eso nos lleva a encontrar patrones y relaciones tanto donde realmente existen (fumar produce cáncer de pulmón; la gente que se lava las manos tiene menos enfermedades contagiosas) como donde sólo las inventamos con nuestra mente (los Red Sox ganan cada vez que uso mi suéter de buena suerte; el muchacho que me gusta me habla los días impares, pero no los pares, excepto cuando hubo un feriado que modificó el patrón). ¿Cuántas supersticiones públicas y personales se basan en algo bueno o malo que sucedió inmediatamente después de que hicimos algo, y en nuestra suposición de que sucederá lo mismo cada vez que se presente el mismo patrón?
El segundo elemento es la noción de que nosotros somos la causa de lo que sucede, especialmente de las cosas malas. Aparentemente, hay una breve distancia entre creer que cada evento tiene una causa y creer que tenemos la culpa de cada desastre. Las raíces de este sentimiento pueden encontrarse en nuestra niñez. Los psicólogos mencionan el mito infantil de omnipotencia. Los bebés llegan a pensar que el mundo existe para satisfacer sus necesidades y que ellos hacen que las cosas sucedan. Se despiertan a la mañana y ponen en movimiento al resto del mundo. Lloran y alguien corre a atenderlos. Cuando tienen hambre, los alimentan, cuando se mojan, los cambian. Con frecuencia, no superamos por completo esa noción infantil de que nuestros deseos hacen que las cosas sucedan. Una parte de nuestra mente continúa creyendo que la gente enferma porque nosotros la odiamos.
En realidad nuestros padres suelen alimentar esa noción. Sin comprender que nuestros egos infantiles son muy vulnerables, nos reprenden cuando están cansados o frustrados por razones que no tienen nada que ver con nosotros. Nos gritan por interponernos en su camino, por dejar los juguetes desparramados o por poner el televisor demasiado fuerte, y nosotros, en la inocencia de nuestra niñez, suponemos que tienen razón y que nosotros somos un problema. Su ira puede pasar en un instante, pero nosotros continuamos llevando las cicatrices de sentirnos culpables, pensando que cada vez que algo sale mal, nosotros debemos asumir la culpa. Años después, si nos sucede algo malo a nosotros o a las personas que nos rodean, los sentimientos de nuestra niñez vuelven a emerger y suponemos instintivamente que hemos vuelto a cometer un error.

¿qué haré ahora que pasó?


Fragmento del libro “Cuando a la gente buena le suceden cosas malas” de Harold Kushner.

Si la gente viviera eternamente y no muriera jamás, sucedería una de dos cosas. El mundo estaría insoportablemente lleno o la gente evitaría tener hijos para impedir que se llenara. La humanidad se vería privada de esa sensación de nuevo comienzo que le representa el nacimiento de un niño, esa posibilidad de algo nuevo bajo el sol. En un mundo en el cual la gente viviera eternamente, es probable que jamás hubiéramos nacido.
Pero, al igual que en nuestra discusión previa del dolor, debemos reconocer que una cosa es explicar que la mortalidad en general es buena para la gente en general y algo muy diferente decirle a alguien que ha perdido a un padre, una esposa o un hijo que la muerte es buena. No nos atrevemos a intentarlo. Sería cruel y desconsiderado. Lo único que podemos decirle a alguien en un momento como ese es que la vulnerabilidad frente a la muerte es una de las condiciones de la vida. No podemos explicarla como tampoco podemos explicar la vida en sí misma. No podemos controlarla, y algunas veces, ni siquiera posponerla. Lo único que podemos hacer es intentar elevarnos sobre la pregunta” ¿por qué pasó?” y comenzar a preguntarnos

“¿qué haré ahora que pasó?”

¿Por qué sufren los justos?


Capítulo 1 del libro “Cuando a la gente buena le pasan cosas malas” de Harold Kushner.

Hay una sola pregunta que en realidad importa: ¿por qué a la gente buena le pasan cosas malas? El resto de las disquisiciones teológicas es una mera distracción intelectual, algo así como los crucigramas y pasatiempos del suplemento dominical del periódico, que pueden satisfacer a algunas personas, pero que no tocan ninguno de los pro- blemas existenciales. Toda conversación importante que he mantenido sobre Dios y la religión comenzaba con esta pre- gunta, o giraba en torno a ella. El hombre o la mujer que vuelve del médico con un diagnóstico espantoso, el estudiante universitario argumentándome que no hay Dios, o el desconocido en una reunión social, que al enterarse que soy un rabino, se me acerca con la pregunta: “¿cómo puede creer en…?”—todos tienen en común la preocupación por la injusta distribución del sufrimiento en el mundo.

Las desgracias de la gente buena no son solamente un problema para los que sufren y sus familias. Constituyen un problema para todos los que quieren creer en un mundo justo, honesto, habitable. Cuestionan la bondad, la benevolencia, y aun la propia existencia de Dios.

Yo ejerzo como rabino de una congregación de seiscientas familias, unas dos mil quinientas personas. Los visito en los hospitales, oficio sus funerales, trato de ayudarles en el trámite doloroso de sus divorcios, en sus fracasos financieros, en su infeliz relación con sus propios hijos. Me siento y escucho lo que tienen que contarme sobre sus maridos o esposas que se están muriendo, sobre sus padres seniles cuya longevidad es más una maldición que una bendición, sobre lo que significa ver a sus seres queridos retorcerse de dolor y sentirse sumidos en la frustración. Y me resulta muy difícil decirles que la vida juega limpio, que Dios da a la gente lo que se merece y necesita. Una y otra vez, he visto a familias e incluso a una comunidad entera unirse para rezar pidiendo la recuperación de una persona enferma, sólo para ver que sus esperanzas eran burladas y sus oraciones desatendidas. He visto enfermar a las personas equivocadas, he visto sufrir daño a los que menos lo merecían, he visto morir a los más jóvenes.

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La capacidad de perdonar


Por  Harold Kushner

Hace unos años, mi prédica de Iom Kipur se había centrado en la capacidad de perdonar. Al día siguiente, una mujer vino a verme, muy preocupada por el sermón. Me contó que, hacía diez años, su marido la había dejado por una mujer más joven, y había tenido que criar sola a sus hijos. Y me preguntó, enojada, “¿Y usted quiere que yo le perdone lo que nos hizo?”

Yo le dije, “Sí, quiero que lo perdones. No que lo excuses, no que digas que lo que hizo es aceptable, pero perdonarlo como una forma de decir que alguien que hizo eso no tiene derecho a vivir dentro de tu cabeza, así como ya no tiene derecho a vivir en tu casa. ¿Por qué vas a darle a un hombre así el poder de convertirte en una mujer amarga y vengativa? No se merece ejercer ese poder sobre vos.”

El perdón no es un favor que les hacemos a las personas que nos ofendieron. Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos, limpiando nuestras almas de pensamientos y recuerdos que nos conducen a vernos como víctimas y a no disfrutar de la vida. Cuando entendemos que no podemos elegir lo que otras personas nos hacen, pero siempre tenemos la posibilidad de decidir cómo responder ante lo que nos hacen, nos libramos de esas memorias amargas y comenzamos el Nuevo Año limpios y frescos.