Jueves 11 Junio 2009 a 10:33 pm (Kushner, Harold, Material de Lectura)
El dios en quien yo creo no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo.
Las circunstancias de su vida le han singularmente calificado para hacer una contribución. Y si usted no hace esa contribución, nadie más puede hacerlo.
La diversión puede ser el postre de nuestras vidas, pero nunca su plato principal.
Prefiero pensar en la vida como un buen libro. Cuanto más lo conoces, más le das sentido.
No te preguntés cómo pasó algo, preguntate cómo vamos a responder, qué vamos ha hacer con eso que pasó.
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Miércoles 15 Abril 2009 a 9:42 pm (Kushner, Harold, Material de Lectura)
Por Harold Kushner
Hace unos años, mi prédica de Iom Kipur se había centrado en la capacidad de perdonar. Al día siguiente, una mujer vino a verme, muy preocupada por el sermón. Me contó que, hacía diez años, su marido la había dejado por una mujer más joven, y había tenido que criar sola a sus hijos. Y me preguntó, enojada, “¿Y usted quiere que yo le perdone lo que nos hizo?”
Yo le dije, “Sí, quiero que lo perdones. No que lo excuses, no que digas que lo que hizo es aceptable, pero perdonarlo como una forma de decir que alguien que hizo eso no tiene derecho a vivir dentro de tu cabeza, así como ya no tiene derecho a vivir en tu casa. ¿Por qué vas a darle a un hombre así el poder de convertirte en una mujer amarga y vengativa? No se merece ejercer ese poder sobre vos.”
El perdón no es un favor que les hacemos a las personas que nos ofendieron. Es un favor que nos hacemos a nosotros mismos, limpiando nuestras almas de pensamientos y recuerdos que nos conducen a vernos como víctimas y a no disfrutar de la vida. Cuando entendemos que no podemos elegir lo que otras personas nos hacen, pero siempre tenemos la posibilidad de decidir cómo responder ante lo que nos hacen, nos libramos de esas memorias amargas y comenzamos el Nuevo Año limpios y frescos.
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Martes 24 Marzo 2009 a 12:05 pm (Kushner, Harold, Material de Lectura)
Capítulo 6 del libro “Cuando la gente buena sufre” de Harold Kushner.
Una de las peores cosas que le pasan a una persona herida por la vida es que tiende a aumentar el daño hiriéndose por segunda vez. No sólo es la víctima del rechazo, el duelo, la lesión o la mala suerte; con frecuencia siente la necesidad de verse como una mala persona que recibió lo que se merecía y debido a ello ahuyenta a las personas que tratan de acercársele para ayudada. Con frecuencia, en nuestro dolor y confusión, hacemos instintivamente lo que no deberíamos hacer. Sentimos que no merecemos recibir ayuda, y permitimos que la culpa, la ira, la envidia y la soledad autoimpuesta empeoren una situación que era mala de por sí.
Cierta vez leí un proverbio folclórico iraní: “Si ves a un hombre ciego, patéalo; ¿por qué ser más amable que Dios?” En otras palabras, si ves que alguien sufre debes creer que se merece su suerte y que Dios desea que sufra. Por lo tanto, ponte del lado de Dios, humíllalo y rehúye su compañía. Si intentas ayudarlo, te estarás oponiendo a la justicia de Dios.
Probablemente para la mayoría de nosotros ese punto de vista es espantoso. Por lo general, pensamos que sabemos cómo debemos actuar. Pero muchas veces, les decimos a las personas que han sido heridas que ellas, en cierta forma, se lo merecían. No lo hacemos para hacerles daño pero lo hacemos y cuando lo hacemos, alimentamos su sentido latente de culpa, la sospecha de que, quizá, lo que sufren les sucedió porque de alguna forma se lo buscaron.
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Martes 17 Febrero 2009 a 11:25 am (Kushner, Harold, Material de Lectura)
Fragmento del libro “Cuando a la gente buena le suceden cosas malas” de Harold Kushner.
Si la gente viviera eternamente y no muriera jamás, sucedería una de dos cosas. El mundo estaría insoportablemente lleno o la gente evitaría tener hijos para impedir que se llenara. La humanidad se vería privada de esa sensación de nuevo comienzo que le representa el nacimiento de un niño, esa posibilidad de algo nuevo bajo el sol. En un mundo en el cual la gente viviera eternamente, es probable que jamás hubiéramos nacido.
Pero, al igual que en nuestra discusión previa del dolor, debemos reconocer que una cosa es explicar que la mortalidad en general es buena para la gente en general y algo muy diferente decirle a alguien que ha perdido a un padre, una esposa o un hijo que la muerte es buena. No nos atrevemos a intentarlo. Sería cruel y desconsiderado. Lo único que podemos decirle a alguien en un momento como ese es que la vulnerabilidad frente a la muerte es una de las condiciones de la vida. No podemos explicarla como tampoco podemos explicar la vida en sí misma. No podemos controlarla, y algunas veces, ni siquiera posponerla. Lo único que podemos hacer es intentar elevarnos sobre la pregunta” ¿por qué pasó?” y comenzar a preguntarnos
“¿qué haré ahora que pasó?”
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Jueves 15 Enero 2009 a 12:51 am (Kushner, Harold, Material de Lectura)
Fragmento del Capítulo 7 del libro “Dar sentido a la vida” de Harold Kushner.
Si resultaré ser el héroe de mi propia historia o si ese lugar corresponderá a otra persona se sabrá después de recorrer estas páginas.
- Comienzo de David Copperfield, de Charles Dickens -
Una noche de marzo de cada año, decenas de millones de norteamericanos se quedan despiertos hasta tarde para ver la presentación que la industria cinematográfica hace de los premios de la Academia. Los codiciados Oscars se entregan al mejor director, al mejor actor, a la mejor actriz, a la mejor película del año y a los que sobresalieron en otras categorías. Entre los prestigiosos premios entregados cada año, se encuentran dos para la mejor actriz y el mejor actor secundarios.
Siempre me intrigó esa categoría. No sé lo que es dirigir una película. No tengo idea de lo que implica componer la música o diseñar el vestuario. Pero conozco el sentimiento -creo que todos lo conocemos- de ser actor secundario en la película de otro, no estar en el centro de la escena sino hacer cosas que le dan forma y llevan adelante la trama. Una amiga está en tratamiento de quimioterapia por un cáncer y la visitamos, le cocinamos, la llevamos a sus sesiones. Sus días son un drama, una lucha entre la vida y la muerte. Nosotros estamos por detrás, haciendo lo que podemos para que las cosas salgan bien. La iglesia o la sinagoga a la que pertenecemos lleva adelante obras para los pobres y los abandonados. No estamos preparados para dejar a nuestras familias e irnos a Haití o a los Apalaches, pero ayudamos con lo que podemos para que otras personas puedan ir. La víctima de un trágico accidente automovilístico resulta ser donante de órganos y cuatro personas tienen la oportunidad de volver a vivir gracias a ella. Como el David Copperfield de Dickens, podemos anhelar ser la estrella de la película de nuestras vidas, pero muchos de nosotros jamás alcanzaremos el estrellato. Otros estarán en el centro de la acción y nosotros tendremos un papel secundario, haciendo que sucedan cosas importantes en el proceso.
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