La relación del hombre con el destino


Por Alicia y Gustavo Berti

Cuando una persona ha sido señalada por la vida merced a una crisis existencial u otra tragedia, una de las primeras preguntas que se plantea es

¿Por qué a mí; qué es lo que he hecho para merecer semejante desgracia?

Esta pregunta nos conduce directamente a la relación del hombre con el destino. Cuando esa persona se acerca a un Grupo de ayuda mutua, lo primero que se hace evidente, es que esa pregunta debería ser reemplazada por otra:

¿Por qué a nosotros?,

despojando así a la persona del sentimiento, muchas veces  vergonzante, de ser el único ser sufriente, el último y más despreciable ser del universo, lo que debiera producir
algún alivio sin necesidad de discurso previo.
Sin embargo, es tan frecuente escuchar a los integrantes que se acercan, por vez primera, a una reunión grupal insistir, cuando se les concede la palabra,

¿Por qué a mí?,

así como es frecuente escuchar, casi a coro, la respuesta:

¡Por qué no a ti!

Con lo que estamos como al principio. En realidad la pregunta nos remite a la cuestión del destino y es acerca del significado de ese destino que debemos interrogarnos.

Durante nuestra permanencia en los Grupos RENACER de padres que enfrentan la pérdida de hijos, hemos visto, cuan conflictiva es la relación del hombre, no ya con el destino, sino con su propio destino, en la medida en que pareciera afectar sólo a él, una relación difícil, en la que el hombre toma un rol inquisidor, cuestionador, ubicándose, una vez más, de manera equivocada, en el papel de amo del universo.

Para el hombre egocéntrico, que se considera a sí mismo el centro del universo, con las cosas y los hombres girando alrededor suyo, para su beneficio y usufructo, así, el destino no puede ser visto sino como una afrenta personal, frente a la cual no tendrá respuesta alguna.

Dice Elisabeth Luka: “…sólo a partir del momento en que el mundo pueda ser percibido, independiente de las condiciones que prevalecen en el observador, podrá ser compre vida lo más posible para convertirla en valores, en valores de creación, de vivencia o
de actitud”.

Noten que Frankl dice que el destino nos brinda, casi con ternura. Más adelante, nos dice: “El destino le pertenece al hombre como la tierra que lo ata con la fuerza de la gravedad, sin la cual caminar no sería posible. Tenemos que ver nuestro destino como la tierra sobre la que nos movemos, el piso que ofrece el trampolín para nuestra libertad… La tierra sobre la que el hombre se mueve y trasciende ya durante el andar sobre ella, y es tierra sólo en cuanto puede ser trascendida, o sea, que significa una base para el despegue.

Si se quiere definir al hombre, habría que definirlo como el ser que hasta puede liberarse de aquello que lo determina.”

Algo similar nos dice Rilke “El que no acepta de una vez con resolución, incluso con alegría, la dimensión terrible de la vida, nunca disfrutará de los poderes inefables de nuestra existencia, quedará marginado y, a la hora de la verdad, no estará vivo ni muerto”.

Según Nietzsche, para los antiguos, cualquier mal estaba justificado a condición que los dioses se complacieran en mirarlos. Este pensamiento puede enfocarse a la inversa y decir que habiendo acaecido algún mal, está en el hombre ganarse la mirada y
el respeto de su Dios haciéndose sagrado merced a la actitud con la que asume su destino.

El hecho de ver al destino como lo que sale del hombre, reivindica para ese ser, para nosotros, la capacidad de modificarlo, de hacer que no sea algo estático, mecánico, conceptualmente acabado e imposible de ser modificado, sino que, finalmente, sea producto de nuestra propia existencia, de nuestra propia libertad, de nuestra
responsabilidad ante la propia vida y la manera en que la vivimos.
En la medida, en que tanto la libertad como la responsabilidad, son fenómenos que tienen su origen en la dimensión espiritual del hombre, podemos aventurar que el “destino” no es otra cosa que un «llamado» al espíritu humano.

Este concepto del destino como un producto humano, permite elegir que esta realización sea dirigida no hacia lo que recibimos “de”, sino hacia lo que nosotros damos al mundo, permitiendo, eventualmente, cambiarnos y cambiar el mundo.

Por ejemplo: si pierdo un hijo joven en un accidente de moto, y veo su destino como una muerte injusta y mi destino como una vida de sufrimiento, consecuencia de dicha pérdida, en ese instante he renunciado no sólo a mi libertad sino a mi autotrascendencia.

Sin embargo, si considero al destino como aquello que sale de mí, puedo entonces, merced a mi actitud, no sólo dotarlo de sentido, transformándome en un nuevo y mejor ser humano, sino que puedo trasformar una muerte inexplicable, otorgando a mi hijo el papel de catalizador de mi transformación existencial, y convertir su muerte
prematura en un supremo sacrificio, al que yo he elegido dotarlo de póstuma intencionalidad.

Aún en el caso que el hombre entienda al destino como aquello inesperado e indeseado que entra a él, las situaciones límites le ofrecen la oportunidad de lograr la pérdida de la angustia, ante la posibilidad de tener que “elegir”, puesto que ya todo ha sido elegido.
Según Kierkegaard, el ansia o la angustia en el hombre se deben a la necesidad o la obligación de tener que decidir, es el “vértigo de la libertad”.

Siguiendo esta línea de pensamiento, podemos decir que aquello que llega al hombre desde el destino, a modo de algo que ya ha sido elegido, presenta en sí la capacidad de transformarse en una verdadera experiencia liberadora.

Esto no es una mera especulación teórica, dado que en los Grupos de ayuda mutua de padres que enfrentan la muerte de un hijo, muchos de ellos manifiestan haber perdido el miedo ante la incertidumbre, a partir de dicha pérdida. En esos casos, es muy común escuchar:

¿Qué más puede pasarme ya?

¿Qué me queda por perder, si ya ni a la misma muerte le temo?

Para Heidegger, el hombre puede escapar de la lamentable situación en la que se halla sumido, por un acto de libertad, una decisión que consiste en aceptar la realidad de la muerte. Insiste, además, en que el hombre lleva una existencia auténtica, de acuerdo con su propio ser, cuando mantiene siempre ante sus ojos la realidad inevitable de la muerte.

Este mismo acto de libertad, este salto de la inmanencia a la trascendencia, también la da el hombre al enfrentarse a otras situaciones límite. El hombre auténtico, se atreve a desafiar la desnuda realidad del sufrimiento, y es, precisamente, a través de este valeroso y heroico enfrentamiento, que llega a darse cuenta que, verdaderamente, existe, se da cuenta que es un ser y no un ente. Aquí Heidegger plantea el hecho de que el enfrentar la muerte y reconocerla como parte inevitable de la vida, lleva a la transformación del ente en el ser, es decir, hace que el hombre pueda ser auténticamente tal.

El sufrimiento intenso, inevitable, ese sufrimiento que lleva en él la posibilidad de aniquilar al hombre presenta, en cambio, la capacidad de llevarlo a recorrer un camino existencial distinto por su “bidireccionalidad”, dado que puede hacer que seres humanos retrocedan a la categoría de entes, al padecer un sufrimiento al que no han sabido encontrarle un sentido, como una frustración o un malograrse de la existencia humana, pero también puede hacer, que otros seres, que al haber perdido la angustia merced a una decisión que ya ha sido tomada por el destino, y utilizando esa libertad, plenamente, lleguen adquirir un conocimiento del ser tan intenso, tan profundo que los lleva a un estado de iluminación, o de ampliación de la conciencia.

En algún momento de su sufrimiento, el hombre reflexiona sobre el destino y es, entonces, donde la instancia del Grupo es de gran utilidad, en él puede verse reflejado en múltiples espejos y apreciar como algunos pares han sido capaces de forjarlo y convertirse en  artífices de su destino, mientras otros sólo han podido doblegarse ante ese visitante indeseado que llegó sin que lo inviten y, una vez más, vemos que es el propio hombre doliente, quien debe decidir el rol que juega el destino en su vida.

Este reconocimiento de la realidad, esta aceptación de lo que la vida le depara al hombre, está descripta de una hermosa manera por Bernanos en su Diario de un Cura Rural: “Desde el punto de vista de los seres sufrientes, podría definirse al destino como una acción en que la vida o Dios, realizan una situación posible que comprende a un ser humano o un Grupo de seres.

Nuestro destino no podría ser analizado, independientemente, del destino de nuestros seres queridos, que nos rodean. Esto significa, en última instancia, que no podemos hablar de destino individual, sino de cómo esto que nos está sucediendo comprende a cada individuo, pero, a su vez, comprende, también, a los seres que nos rodean, es decir, que aún con nuestra crisis existencial, e inmersos en esa confrontación con un destino que pareciera dominar nuestra vida por completo, aunque no seamos conscientes de ello, continuamos abiertos a otros seres que siguen existiendo, seres que
nos necesitan, que esperan algo de nosotros y esto nos recuerda las palabras de Nietzsche: “El que tiene un porqué vivir, siempre encuentra el cómo hacerlo.”


Publicado originalmente por Enrique Conde en la serie:
 “La palabra de Alicia y Gustavo Berti,  Noviembre de 2007

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